Crear sentido en medio de la tormenta
Un cartel que dice “Sin lucha no hay derechos” durante una movilización por la salud y la educación públicas en Buenos Aires el 12 de mayo, 2026. Foto © Susi Maresca.
Opinión • Valen Iricibar • 16 de julio, 2026 • Read in English
Decir que el 2026 ha golpeado fuerte a Abya Yala no es una novedad —ya en marzo hablábamos de una región sitiada—, pero eso no disminuye el azotamiento ni quita sus efectos. Militarismo rampante, represión cotidiana, retrocesos preocupantes y lucha, siempre lucha.
Estamos presenciando eventos históricos que golpean sin dar tregua y desde Ojalá queríamos brindar un espacio para respirar, reconocer y reflexionar sobre los acontecimientos y procesos de los que somos testigues.
Colapso con huellas estadounidenses
El 3 de enero quedó ya como una fecha infame con la invasión estadounidense de Venezuela, el bombardeo de Caracas y la remoción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
La crónica que recibimos el Día Internacional de la Mujer (8M) desde Caracas se destaca en nuestra cobertura como un retrato de una comunidad en profundo duelo. Aun en esa jornada de reclamar la soberanía popular, el movimiento transfeminista venezolano tenía que luchar contra los rezagos de represión y censura que no se borraron con el bombardeo que sobrevivieron. Pero la lucha sigue.
El cimbronazo del ataque a Venezuela quedó de alguna manera enterrado a nivel global pese a sus fuertes repercusiones, entre ellas la agudización dolorosa de la crisis en Cuba al quitarle el acceso al petróleo venezolano—recurso que está abriéndose cada vez más a otros intereses extranjeros mediante una nueva reforma.
Cuba ya estaba atravesando una policrisis desde antes de la invasión de Venezuela de Donald Trump, con narrativas deshumanizadoras que niegan la pobreza preexistente, pero la situación se desbarrancó desde que este redobló la apuesta cruel al imponer nuevos aranceles a fines de enero. Las luces siguen apagadas y los servicios básicos recortados al extremo mientras les cubanes tratan de sobrevivir.
Entre este colapso forzado que amenaza a toda Abya Yala, nos golpeó la noticia tremenda del doble terremoto devastador que azotó Venezuela el 24 de junio.
Ahora tal vez no sea el momento de reflexiones pausadas en Venezuela, sino de rescate, reconstrucción y solidaridad activa. Sabemos que todas las luchas se entrelazan y reafirmamos nuestro compromiso con nuestros seres queridos, amigues y compañeres en el país y la diáspora.
Nuestres colegas de Ceiba, periodismo con memoria están recolectando fondos para las tareas de rescate comunitario: si está en tus posibilidades y no lo has hecho aún, por favor, considerá hacer una donación.
Avance reñido de la ultraderecha
El avance de la ultraderecha se vio afianzado este año por las victorias electorales recientes en Perú y Colombia—en ambos casos, contiendas llamativamente reñidas.
La llegada de Keiko Fujimori a la presidencia de Perú es una consolidación preocupante del poder de su movimiento en el país pese al terrible legado de su padre, el dictador Alberto Fujimori. El fujimorismo y sus aliades ya tenían poder en el Congreso, y sus candidaturas anteriores revelaban que su discurso securitista mantenía cierto atractivo para un sector del electorado.
Mientras tanto, a fines de junio, Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta de las elecciones por un margen históricamente estrecho en Colombia. La votación reveló divisiones y desigualdades tanto en sus visiones políticas como en su territorio, con deudas históricas por saldar.
Estos nuevos mandatos de Fujimori y De la Espriella pesan, pero, nuevamente, al escuchar las voces locales, vemos evidencia de movilización e ideas sobre cómo seguir. En Perú, salir a las calles y trabajar en preservar la memoria para evitar que se olvide el verdadero peligro del fujimorismo, y en Colombia, luchar por la visión del país desde las bases pese a la resaca electoral.
Personas celebran el Inti Raymi, año nuevo andino, en medio de la revueltas de Bolivia en Santa Cruz de la Sierra, el 21 de junio, 2026. Foto © Susi Maresca.
Redes y enredos: la respuesta popular
Estas embestidas no han ocurrido en un vacío y, como ya vimos, desde las historias que compartimos en Ojalá, Abya Yala tiene un amplio abanico de resistencia, aunque muchas veces confuso y disgregado.
En Argentina, donde las comunidades se rehúsan a ser doblegadas bajo la administración de Javier Milei, hemos cubierto la respuesta popular en dos registros. Por un lado, marchas masivas con convocatoria nacional, desde las ya establecidas como el 8M y Ni Una Menos hasta la segunda edición de la Marcha del Orgullo LGBTIQNB+ Antifascista y Antirracista en febrero. También cubrimos las reiteradas manifestaciones para defender la emblemática Ley de Glaciares que sacudieron al país de muchas maneras, incluida la demanda colectiva más grande de la historia argentina.
Por otro lado, también desde Argentina hemos publicado historias de resistencia más acotadas o “micro”, pero no por ello menos profundas. Los procesos de replantear la transición energética por parte de mujeres rurales en Córdoba y de reafirmar la identidad mapuche mediante un radioteatro local en Puel Mapu muestran esfuerzos colectivos locales y vitales que le hacen frente a décadas de represión, despojo y extractivismo.
Mientras tanto, los bloqueos de Bolivia nos trajeron un choque complejo en el que todas esas capas de resistencia entraron en juego a la vez. A principios de año cubrimos cómo, pese a sus promesas electorales, desde el inicio de su presidencia, Rodrigo Paz optó por afianzar políticas neoliberales y continuar medidas represivas a favor del extractivismo.
Un enorme repudio popular, con marchas encabezadas por organizaciones indígenas y campesinas, logró en mayo la abrogación de la Ley 1720, que buscaba debilitar las protecciones históricas de la pequeña propiedad agraria colectiva. La posición de Paz parecía cada vez más delicada al calor de semanas de protestas y veíamos una esperanza frágil en el torbellino diverso de sectores movilizados.
Luego de semanas de escasez, represión y la declaración de un estado de excepción, se levantaron los bloqueos entre preguntas durísimas y cierta desarticulación de las bases. ¿Cómo reorganizar el entramado desmantelado de la resistencia organizada y abrir el diálogo entre fuerzas para enfrentar las crisis entrelazadas?
Quizás no existan respuestas prolijas, pero son preguntas a las que estamos todes atentes como región.
Familiares de Ana Amelí García Gámez, desaparecida el año pasado, y colectivos de búsqueda instalaron un antimonumento en la glorieta del Ángel de la Independencia, Ciudad de México, que dice “México campeón mundial en desaparición: +135,000 en 2026” el 12 de julio, 2026. Foto © Jessica Mejia.
Un cáliz envenenado
La Copa Mundial es una capa más de distracción mediática —y, para muches, una dosis necesaria de alegría colectiva— en la cual estamos sumides actualmente. Esta edición viene marcada por un fuerte repudio a la corrupción grotesca de la FIFA y, en particular, por críticas a Estados Unidos, uno de los países anfitriones junto a México y Canadá.
Pero debajo de los discursos hegemónicos, cubrimos cómo una variedad de movimientos y organizaciones —trabajadoras sexuales, docentes en huelga y familiares de desaparecides— sostuvieron una resistencia popular en México que peleaba con uñas y dientes contra una fachada de nacionalismo pulcro en los estadios.
Antes de que sonara el primer silbato, exploramos el cercenamiento de los espacios públicos, la embestida de la gentrificación y la militarización en alza.
Activistas, víctimas de violencia y trabajadores se aliaron y unieron sus demandas, desde familias buscadoras hasta miles de maestres en huelga, saliendo una y otra vez para visibilizar sus luchas mientras el mundo tenía la mirada puesta en México.
Como argentine, sé bien que el fútbol va mucho más allá de los goles y que el deporte conlleva fuertes aristas sociopolíticas. Si pudiera hacer un pedido encarecido: al momento de señalar el racismo argentino, por favor, centrar las voces de las comunidades afro, indígenas y migrantes. Argentina no es blanca.
Replicar discursos que la presentan como tal deshumaniza y de hecho envalentona el racismo particular de un país que, a nivel estatal, históricamente ha buscado borrar sus raíces y su diversidad actual. Y eso bajo un gobierno que precariza de manera consistente a sus poblaciones más vulnerables, como podemos apreciar en nuestra cobertura.
El mundial muestra de forma clara cuántas realidades yacen bajo discursos nacionalistas y miradas ajenas que simplifican y achatan. Nuestra tarea de explorar esas luchas continúa luego del partido final.

