Radio contra el despojo en Puel Mapu
Un niño observa, desde los cerros, el pueblo de Sierra Colorada, Río Negro, Argentina, el 9 de junio de 2026. Foto © Carolina Blumenkranc.
Reportaje • Carolina Blumenkranc • 8 de julio, 2026 • Read in English
“Querido diario”, dice Azul Rondeau frente a un micrófono dorado y un equipo de grabación casero en Sierra Colorada, en la provincia patagónica de Río Negro, Argentina. “Los Jalil dijeron que en 10 días pasarán a buscarme para llevarme al pueblo a trabajar con ellos”.
Al lado de Rondeau, una joven de 19 años, está Josefa Paillacoy. La historia que ambas ñañas (mujeres mapuche) interpretan se inspira en la infancia de Paillacoy. Lleva por título La Niña Choique, por el ave autóctona similar al avestruz, también conocida como ñandú petiso.
Así transcurre una de las grabaciones de Radioteatro de la Estepa, una propuesta que recupera recuerdos, relatos y formas de habitar el Puel Mapu —hoy conocido como Patagonia Argentina— para transformarlos en ficciones sonoras interpretadas por las propias voces de quienes viven allí.
Han abierto conversaciones intergeneracionales sobre la historia de las familias rurales, los desplazamientos forzosos, la pérdida del territorio y las formas en que el genocidio sigue marcando la vida cotidiana. Memorias que durante décadas permanecieron silenciadas por políticas estatales de asimilación y por la discriminación contra las identidades indígenas.
Del genocidio al silencio
A fines del siglo XIX, el estado argentino perpetró un genocidio contra los pueblos mapuche y tehuelche para apropiarse de sus territorios e incorporarlos al proyecto nacional.
Este proceso, conocido oficialmente como Campaña del Desierto, implicó no sólo la avanzada militar, el intento de exterminio y el saqueo de tierras. Diversas investigaciones históricas y referentes indígenas sostienen que sus objetivos y efectos persisten hasta la actualidad.
Las políticas estatales racistas y patriarcales configuraron trayectorias individuales, familiares, colectivas y relaciones de poder que se han naturalizado. Uno de sus efectos más duraderos es el silenciamiento de la identidad mapuche.
“A muchos les cuesta decirse mapuche. Por ahí dicen: ´Mi abuela, mi tatarabuela era mapuche’”, dice Noe Valenzuela, integrante de Radioteatro de la Estepa y voz de la Tejedora. “Y yo les digo: ‘Entonces vos también lo sos, en presente’”.
Aunque Valenzuela reivindica públicamente su identidad indígena, creció viendo cómo el racismo convertía esa pertenencia en motivo de vergüenza.
“A mi mamá, cuando llegaba a la escuela, le tiraban talco en la cabeza porque asumían que estaba sucia y llena de piojos por ser del campo”, dijo Valenzuela en entrevista con Ojalá. “Entonces, ¿qué ganas iban a tener las personas de contar su historia?”
El episodio protagonizado por La Tejedora —una mujer que sueña con confeccionar la matra más grande del mundo para abrigar a todo el pueblo— produjo algo inesperado en Sierra Colorada.
Durante la escritura del guión comenzaron a reunirse las historias de distintas tejedoras, movilizando la palabra. Después de las escuchas, las conversaciones siguieron creciendo: mujeres del pueblo volvieron a nombrar a sus tías y a sus abuelas, recordaron los lawen (plantas) con los que teñían la lana —como el molle y la jarilla—, el significado del laboreo y los dibujos que aparecían en el telar mapuche mientras las ñañas cantaban y tejían.
Incluso una mujer anciana se acercó al grupo después de una escucha colectiva realizada durante el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y les señaló: “Ahí falta la historia de mi abuela”. A través de este trabajo, Radioteatro de la Estepa crea un espacio para que esas historias le ganen al silencio.
Azul Rondeau es una joven integrante del Radioteatro de la Estepa en Sierra Colorada, Río Negro, Argenina el 9 de junio de 2026. Foto © Carolina Blumenkranc.
Desplazamientos forzosos
En La Niña Choique, Rondeau interpreta a una adolescente nacida al pie de una montaña, en la zona rural de Sierra Blanca. No sabe dónde está su padre. Vive con su abuela y, por alguna razón que tampoco termina de comprender, debe irse con una familia que la recibirá como servidumbre.
La trama se desarrolla en un episodio de radioteatro, pero se ha construido a partir de la decisión firme de Paillacoy de narrar su verdad, aunque eso le removiera tristezas. “Sacándolo afuera, pude sanar mi niñez y, sobre todo, quitarme la vergüenza”, explica.
Durante gran parte del siglo XX, el avance de la propiedad privada, los alambrados y distintas formas de fraude, endeudamiento y presión sobre las familias mapuche sobrevivientes profundizaron los procesos de despojo iniciados por las campañas militares.
En ese contexto, las familias se veían obligadas a dejar las tierras, a salir del campo o a quedarse como peones en su propio territorio. También a entregar a sus niñas a un supuesto mejor destino: la casa del patrón. En muchos casos las familias apropiadoras les cambiaron los apellidos, las abusaron física y sexualmente y ejercieron violencias de todo tipo.
Como no existe registro oficial de los procesos de apropiación de infancias mapuche, ni durante la campaña militar ni después, no se conoce el número total de víctimas de estos desmembramientos familiares. Pilar Pérez, Lorena Cañuqueo y Laura Kropff han estudiado el tema con fuentes como las memorias orales, el nütram o la conversa, y les siguen el rastro más allá del documento histórico.
Una de sus fuentes, la centenaria Manuela Puelman, conservaba en la memoria familiar el relato de sus padres y abuelos sobre el genocidio: “se llevaban a los chicos [...] cautivados, los llevaban lejos”. Úbeda Catalán describe una modalidad más actual de ese mismo desarraigo: comerciantes de la región “se encargaban de llevar chicas a Buenos Aires [...] mandaban seis chicas, cinco chicas” para trabajar como empleadas domésticas.
La niña del episodio quiere convertirse en choique, un ave caminante de la zona patagónica que llega a levantar altas velocidades trotando por la estepa.
Quiere escapar del destino violento que se le impone como infancia indígena. El relato escoge al animal cuya danza es honrada por el pueblo mapuche en las ceremonias, como clave narrativa sobre lo sanador que es encarnar —finalmente— la propia identidad territorial.
En nombre del progreso
Argentina vive una fuerte retracción de las políticas públicas, entre ellas las destinadas a la cultura, la comunicación y los medios estatales. Los recortes presupuestarios impulsados por el gobierno de ultraderecha de Javier Milei han afectado espacios de producción y circulación cultural en todo el país.
Aún en este contexto desfavorable, el actor y comunicador Rodrigo Ramírez Castiglia decidió impulsar de forma totalmente autogestiva el Radioteatro de la Estepa. Pese al esfuerzo que significa, el grupo se encuentra entusiasmado y satisfecho; no porque hayan conseguido los financiamientos necesarios ni los reconocimientos, sino porque hasta las más pequeñas devoluciones sobre las escuchas les confirmaron la necesidad latente de poner en conversación estos temas.
“Nos dijeron que nuestra cultura, saber milenario y forma de vivir eran de pobres; que había que ir tras el ‘progreso’”, dice Valenzuela, señalando que aquella narrativa está arraigada en el genocidio. “Este recupero de historias nos hace recordar y darnos cuenta de que no, que no era así. Que el saber ancestral es el que siempre necesitamos”.
La disputa por la memoria apela al pasado, pero define también qué futuros son imaginables.
Durante más de un siglo, el Puel Mapu fue presentado por los gobiernos nacionales como un territorio vacío, atrasado o improductivo que debía ser incorporado al progreso. Esa narrativa justificó primero el genocidio y luego distintos ciclos de ocupación económica del territorio al servicio del capital.
En una región donde nuevas iniciativas mineras —afirmadas en la idea de la transición energética global— vuelven a presentarse como destino inevitable del desarrollo, las conversaciones abiertas por el radioteatro reactivan preguntas sobre quiénes habitan el territorio, qué memorias fueron silenciadas y qué formas de vida se consideran prescindibles.
Recuperar historias locales, genealogías familiares y memorias de resistencia es una manera de disputar el sentido del territorio y el derecho a permanecer en él.
Rodrigo Ramírez Castiglia, impulsor del proyecto, con Azul Rondeau, Josefa Paillaco y Noe Valenzuela, actrices del radioteatro el 9 de junio de 2026 en Sierra Colorada, Río Negro, Argentina. Foto © Carolina Blumenkranc.
Nuevxs niñxs choique
“Primero nos quitaron las tierras fértiles, nos empujaron a vivir en los pedreros, nos relocalizaron en zonas áridas y ahora que encontraron oro aquí, nos quieren volver a correr”, dijo Fernanda Neculman, werken (vocerx) del Parlamento Mapuche-Tehuelche de Río Negro en 2024.
Las rocas de la región son ricas en oro, plata, cobre, plomo, zinc, molibdeno, indio, vanadio, litio. En un radio relativamente pequeño, se despliega una constelación de emprendimientos extractivos: El Bagual, Cerro La Mina, Cerro Choique, Toruel, La Luz, Dos Lagunas, Esperanza. Nombres que avanzan sobre los mapas de la estepa como una nueva cartografía del progreso.
Son más de 66 proyectos mineros distribuidos en la provincia de Río Negro. Una cifra que habla del cambio de la matriz productiva. Allí donde durante generaciones se intentó convencer a las comunidades de que habitaban un desierto improductivo, ahora se les dice que el subsuelo es una promesa de salvación.
La Niña Choique narra el desplazamiento que marcó la infancia de Paillacoy. Y su figura sigue apareciendo allí donde una familia debe abandonar el campo para acceder a la educación o donde una comunidad es despojada de su agua en nombre de la transición energética.
Pero al convertirse en un relato compartido, también encarna la capacidad de una memoria viva para actualizarse y disputar sentidos. La niña choique aparece también donde alguien rompe el silencio y vuelve, después de varias generaciones, a nombrarse mapuche.

