Energías vivas de cara al extractivismo
Paisaje de Pampa de Pocho. Foto © Daniela López.
Reportaje • Natalia Concina y Daniela López • 14 de mayo, 2026 • Read in English
Pampa de Pocho es una zona rural de la provincia de Córdoba, en el centro de Argentina, donde no llega el gas por tuberías ni la electricidad por cables. Allí, las mujeres campesinas lavan la ropa a mano, juntan leña y mantienen el fuego prendido para calefaccionar la casa o cocinar.
Son tareas clave para el hábitat digno y la reproducción de la vida. También son invisibilizadas en las discusiones sobre la energía y la transición energética, es decir, la búsqueda de fuentes alternativas —como la solar y la eólica— para enfrentar la crisis climática.
“Acá no hay energía eléctrica así que es un tema que está presente desde la simple necesidad de querer tener un foquito de luz”, cuenta a Ojalá Romina Soria, una campesina de 32 años que reside en la Pampa de Pocho, una llanura con bajas temperaturas en invierno, pocas lluvias y abundancia de vientos y sol durante todo el año.
En su casa, un pequeño panel solar alcanza para iluminar durante la cena y cargar los celulares. La heladera y la cocina funcionan a gas envasado y el pan se hace sobre un fuego que se mantiene encendido constantemente y donde se calienta el agua para el mate. El calefón es a leña. Para sacar agua de la perforación utiliza un generador eléctrico a nafta.
La leña que Soria históricamente recolectaba en sus alrededores ahora escasea y se compra. La nafta —20 por ciento más cara que en la Ciudad de Buenos Aires— tiene que buscarla en centros urbanos.
“Los pueblos están a 17 o 20 kilómetros de acá, por lo que gastamos mucho en combustible, así que aprovechamos cada viaje para traer cosas a otras vecinas”, dice Soria.
Mientras, cría a sus hijes, les lleva a la escuela, se ocupa de la huerta, alimenta a los animales y trabaja por un salario en una despensa.
El repaso de todas las energías que Soria utiliza —incluyendo su cuerpo—, sale con mucha facilidad. Esa conciencia es el resultado de un trabajo colectivo que ella, junto a otras mujeres campesinas y académicas, realiza desde hace cuatro años en el marco de Energías Vivas, un proyecto que nació con el objetivo de visibilizar la desigualdad en el acceso a la energía y su impacto en la vida de las campesinas.
Romina Soria se encarga de gestionar la energía de su hogar en la Pampa de Pocho, una tarea que comparten la mayoría de las mujeres rurales de la zona. Foto © Daniela López.
Por la vida sobre el lucro
En 2022, investigadoras de Córdoba que integran la Red de Estudios de Hábitat Rural iniciaron un proyecto de investigación junto a la organización Nuestras Granjas Unidas (NGU), a la que pertenece Soria.
“El objetivo era repensar cómo incidía el acceso a las nuevas fuentes de energía en la vida cotidiana de las mujeres en la ruralidad”, cuenta a Ojalá la trabajadora social e investigadora Guadalupe Huerta. “Costó [inicialmente] que las campesinas hablaran de energía, pero, a la vez, la preocupación energética es algo cotidiano en la ruralidad, todo el tiempo se está pensando y gestionando cómo calentar la casa, lavar la ropa, cargar los teléfonos celulares, etc., y estas tareas recaen en las mujeres y cuerpos feminizados”.
Para llevar adelante el proyecto de investigación se realizaron varios talleres entre académicas y campesinas en los que se pudieron reconocer la variedad de estrategias individuales (desde cuándo lavar ropa para que se seque sin llenarse de tierra hasta cuántos animales se puede tener por hectárea para que no se destruya el suelo) y colectivas (sembrar con otras familias, aprovechar el viaje de una al pueblo para traer cosas para el resto).
Las conclusiones trascendieron la publicación de trabajos académicos. El proyecto derivó en la conformación tanto de un colectivo como de un concepto: Energías Vivas.
“Vivimos en un mundo energívoro, que se come la energía de una manera depredadora porque depreda territorios, depreda cuerpos”, dijo Huerta. “En cambio, pensar en energías vivas es poner en el centro la vida; es mirar la energía no desde el lugar de la ganancia y de cómo hacemos para seguir consumiendo, sino para cuidar la vida y las condiciones que la permiten. Y, en el caso de nuestro proyecto, la vida en la ruralidad”.
Una primera acción de Energías Vivas fue elaborar una cartilla de divulgación que, a partir de una guía de preguntas sencillas, permite abrir un diálogo sobre la matriz energética de los territorios. Hoy el grupo sigue produciendo materiales de divulgación, haciendo talleres de formación e intentando destacar a las mujeres rurales en la narrativa sobre la transición energética.
Un campo cambiante
Nora del Valle Nievas tiene 58 años. Toda su vida transcurrió en la Pampa de Pocho, cerca de la laguna, donde también crió a sus hijes. Cuando era chica, el trabajo rural se hacía todo a pulmón.
“Mi papá pasaba el arado tirado por caballos o mulas y con mis hermanos íbamos atrás con los granitos de maíz y los tirábamos en los surcos”, cuenta Nievas.
Al igual que en gran parte de América Latina, los campos del noroeste de Córdoba, donde se encuentra la Pampa de Pocho, tuvieron una fuerte transformación a partir de los 90.
La soja transgénica tolerante al glifosato —aprobada en Argentina en 1996— se extendió por todo el territorio colonizando y desplazando otros cultivos y monte nativo. Este cultivo favoreció la concentración de la producción agrícola en nuevos actores: los pools de siembra, grupos de inversores que alquilaron las tierras y las máquinas y concentraron cada vez más unidades de producción.
Al desmonte se sumaron el cierre de caminos rurales, la alteración del trazado y del flujo de las cuencas hídricas y la afectación de la salud de las comunidades debido al uso de agrotóxicos.
Para sobrevivir, además de mantener chacras mixtas de pequeña escala como la de Nievas —tierras donde conviven la agricultura y la ganadería— las comunidades tuvieron que organizarse.
“NGU surgió hace 14 años por la necesidad de ayudarnos entre todos”, cuenta Soria sobre los orígenes del colectivo. En algún momento sembramos juntos porque teníamos máquinas que compartíamos y cuando cosechábamos hacíamos pequeñas silobolsas (sistema de almacenamiento hermético de granos y forraje en seco)”.
Nievas —quien también integra NGU— agrega que al principio eran 12 familias y hoy quedan nueve porque tres migraron. Según Huerta y su equipo, la migración se debe a que las comunidades campesinas perdieron el acceso a recursos básicos como el agua y la leña, fundamentales para sostener la vida cotidiana.
Así, las políticas de estado propiciaron durante décadas tanto en Córdoba como en el resto de Argentina un territorio funcional al modelo de agronegocio. Esto se agravó con la decisión del gobierno de Javier Milei de eliminar programas clave para la agricultura familiar en la ruralidad.
Nora del Valle Nievas lleva toda su vida en Pampa de Pocho y 14 desde que formó con otras mujeres una red de trabajo de ayuda mutua. Foto © Daniela López.
Combatir la dependencia y la marginación
“En el campo es la mujer la que sabe si falta el gas, la leña o la nafta porque es la que lleva adelante la casa”, dice Nievas. Las mujeres también son las productoras de la primera fuente de energía humana: el alimento.
Aun así, las cooperativas de luz están conformadas por varones y enfocadas en la producción agrícola a gran escala. Prácticas intensivas como el riego mecanizado consumen mucha energía de la red y dejan sin luz a las comunidades cercanas, y poques cuestionan el sistema o consideran mejorar el acceso doméstico.
A nivel global, gran parte del debate energético —del que participan estados, investigadores y empresarios— centra su narrativa en conceptos como “economía verde”, “desarrollo sostenible” e “innovación tecnológica”, que siguen inmersos en una concepción mercantilizada del ambiente y la energía”, explica Huerta.
“Lo que observamos es que la transición energética no se está pensando desde los cuerpos y las personas”, dice Huerta. “La pregunta es si realmente se busca cuidar el planeta o si sólo se trata de obtener más energía para producir ante el encarecimiento o la escasez de combustibles fósiles”.
En contraposición, proyectos como Energías Vivas centran la discusión en la reproducción de la vida rural. La experiencia de las mujeres mayas en el municipio de Ixil, en la península de Yucatán, México, muestra que una transición energética situada conlleva una apropiación de tecnologías que inciden en la defensa del territorio.
Con paneles solares, las mujeres de Ixil empezaron a gestionar sus propios sistemas de bombeo para el cultivo de flores y hortalizas. Lograron reducir la dependencia de combustibles costosos y consolidar un dominio técnico y una autonomía económica que fortalecieron su presencia política frente a las presiones inmobiliarias en la zona.
“Integrar la perspectiva local desde el inicio de una transición energética redefine el éxito del proyecto”, asegura Alejandra Vega Camarena, investigadora del Instituto de Geociencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien trabajó junto a las mujeres de Ixil.
“Las transiciones energéticas controladas por la comunidad y lideradas por mujeres indígenas ofrecen vías transformadoras para la adaptación climática que priorizan la justicia social, la continuidad cultural y la soberanía territorial”, dijo Vega Camarena.
Estos esfuerzos en México, Argentina y otros países son cruciales para asegurar que la gestión y tecnología energéticas beneficien a quienes más las necesitan.
“En definitiva —concluye Huerta—, pensar una transición energética justa, situada y feminista implica pensar la energía, para quién y para qué, poner en el centro la vida, y tiene que permitir el acceso de todos y todas a una energía de calidad, que permita la reproducción de la vida y de una vida digna”.

