Repensamos la reproducción social

"Red", ilustración digital para Ojalá © Verte Selva.

Opinión • Raquel Gutiérrez Aguilar• 8 de mayo, 2026 • Read in English

Cuando hablamos de la reproducción social, nos referimos a la manera en que se organiza el sostenimiento cotidiano y a mediano plazo, a distintas escalas yuxtapuestas, de la vida colectiva. 

Recordando a la economista feminista Amaia Pérez, se trata de considerar, de manera concreta, cómo organizamos colectiva e individualmente la satisfacción de esa combinación de necesidades y deseos a la que ella sugiere llamar desesidades.

Estamos presenciando una lucha encarnizada y prolongada por el derecho a determinar la reproducción social —sobre los modos de satisfacer nuestras desesidades— y es hora de comprender y reconstruir ese derecho de forma colectiva y general.

Es importante jamás olvidar que la vida colectiva o social no es en absoluto homogénea o uniforme. 

No es lo mismo habitar una ciudad crecientemente mercantilizada teniendo trabajo estable y techo propio, que vivir en una condición de precarización permanente encarando alquileres en ascenso. 

No es lo mismo vivir en el país donde una ha nacido, disponiendo de certificado de nacimiento y de alguno que otro derecho, que haber atravesado la experiencia de migrar a otras tierras y habitar la condición de ilegalidad sistemática a la que se condena a gran parte de la población trabajadora migrante. 

Los contrastes, jerarquías y divisiones son enormes. 

Para hablar de reproducción social desde una perspectiva transfeminista de la interdependencia que apuesta por lo común, es útil seguir un camino en dos pasos que no pierda de vista las diversas escalas y ritmos de los distintos ciclos de sostenimiento.

Primero, hace falta registrar las distinciones y divisiones que nos confrontan a una escala que llamaremos local. Local no remite a un tamaño específico donde ocurren las actividades reproductivas inmediatas, sino que alude a los espacios concretos donde se concentran cuerpos diversos, también jerarquizados, que quedan sujetos a otros bucles y ciclos de explotación que exceden esa escala. 

Se requiere, pues, de entrada, entender cómo se diseña y actualiza el mapa social como un mosaico de fragmentos yuxtapuestos, confrontados y en tensión.

Segundo, en una escala más amplia, ocupamos entender tanto las separaciones y distinciones que se imponen entre muy diversas unidades de reproducción, como los distintos procesos de ensamblaje de tales unidades a procesos productivos de escala mucho mayor. 

Tanto desde Ojalá como en el trabajo de La Laboratoria, hemos puesto empeño, desde hace años, en contribuir a este mapeo.

Ahora nos proponemos avanzar en el segundo paso. Requerimos descifrar y estar al tanto de la manera en la que se produce y mantiene ese desordenado ensamblaje sobre los términos de la reproducción local. 

Militarización, extractivismo y financierización

Sabemos ya que la violencia directa o difusa sobre cuerpos y territorios que confunde y oculta a los perpetradores, así como la militarización creciente ha sido un camino por el que varios países de Abya Yala —como México, El Salvador, y Ecuador— se han enfilado en la última década. El discurso de la seguridad, que entendemos como vigilancia y control armado de territorios ha sido la coartada para el incremento desmedido de la violencia.

Tal militarización de extensos territorios está fuertemente imbricada con intereses extractivos —tanto de minerales como de agronegocio— y de superexplotación laboral. También conecta con las cada vez más diversas formas de saqueo financiero a través tanto de la deuda pública de los países como del endeudamiento de las personas previamente precarizadas, victimizadas o ilegalizadas.  

Ahora, además, debemos también tomar en cuenta las maneras en que a lo largo de los últimos años y meses se está desarrollando un intenso conflicto internacional en torno a los usos y flujos de la energía, el dinero, los minerales, el agua y los alimentos. Las actuales guerras abiertas, que continúan la asfixia y el genocidio en Gaza expandiendo la destrucción hacia Líbano e Irán, entre otros, son expresión de esta feroz confrontación.

Mientras en esas guerras se disputa qué empresas de qué países y en qué moneda han de lucrar con el régimen extractivo y cómo se seguirán financiando tales negocios, consideramos que es urgente seguir apostando por lo común. Toca ir preparándonos para condiciones de sostenimiento cotidiano y a mediano plazo cada vez más duras e impulsando el enlace de las luchas en defensa de la vida, cuya necesidad se incrementa. 

Procesos y ciclos de circulación 

Si hacemos un recorte temporal desde el final de la Segunda Guerra Mundial, podemos distinguir entre al menos tres formas de gestionar los flujos materiales antes mencionados que, en primera instancia, se supone que deberían satisfacer las distintas desesidades de las muy diversas unidades de reproducción concretas.

Tales flujos se pueden organizar, de entrada, como servicios y/o derechos públicos o como negocios privados. 

Por ejemplo, la construcción de redes de distribución de agua potable a escala amplia, o de generación y distribución de energía eléctrica en casi todos los países se llevó a cabo como empresas públicas que proveían servicios al menos a una parte de la población. En algunos países de América Latina, el acceso a largo plazo de la tierra se estableció como derecho y su intercambio se dejó fuera del mercado. 

Después vino el embate privatizador de corte neoliberal que hemos conocido en los últimos 40 años. De los servicios públicos pasamos a los negocios privados.

En ambos casos, en términos de las unidades reproductivas, el dinero ha sido necesario para el acceso a tales bienes: son servicios, bienes o productos, públicos o privados, que requieren ser comprados. De ahí el empuje y la expansión del trabajo asalariado en su conjunto —hoy cada vez más precario y escaso— como forma rectora de organización del sostenimiento colectivo.

Ahora bien, existe una tercera manera de gestionar conocimientos, capacidades y trabajo para satisfacer desesidades de la cual se habla mucho menos, a pesar de constituir una parte relevante del sostenimiento colectivo cotidiano y a mediano plazo. Se trata de patrones de reciprocidad, de cooperación y ayuda mutua que se practican sistemáticamente tanto para el cuidado y sostén diario, como para organizar el gozo colectivo. 

Por lo general, estas prácticas y patrones de reciprocidad se invisibilizan, en otros momentos se ilegalizan. Suelen negarse, estudiarse de manera exotizante y su abordaje es reducido a prácticas desarticuladas y anómalas, esto es, que se desvían de la norma impuesta del trabajo asalariado y el consumo mercantil. 

Todas estas economías marginadas, constituidas a través de prácticas colaborativas —que, a fin de cuentas, son flujos de energías vitales múltiples— están en la base misma de los procesos de sostenimiento colectivo, sobre todo en las unidades reproductivas clasificadas como de “bajos ingresos”.

Nos referimos a la importancia de tomar en cuenta, a la hora de entender los diversos procesos de la reproducción social, lo aportado por toda esa gama de redes de apoyo específicas para fines concretos que surgen en las economías populares —mal llamadas informales— a través de vínculos, con frecuencia conflictivos aunque estables en el tiempo. Toman forma de ayuda mutua y cooperación en las más distintas labores, en las múltiples formas asociativas para sostener trabajo productivo y navegar los problemas que se presenten de manera conjunta.

Esto es lo que pretendemos analizar en profundidad a través de una nueva serie de artículos en Ojalá, relacionando siempre estas formas con las formas en que se gestionan los flujos materiales. Estos flujos son el fundamento de los ciclos de la reproducción social. Hoy, están abiertamente en competencia y en conflicto directo por las facciones más agresivas del capital.

Exacerbación de las violencias y las guerras

Militarización, extractivismo y finanzas dibujan hoy un triángulo que cerca y drena, aquí y allá, cualquier posibilidad satisfactoria de estabilización de la reproducción social. 

Desde las élites y los gobiernos los conflictos surgen para establecer quiénes, qué empresas, de qué países, lucrarán con todo ello. Sin embargo, mirando desde los transfeminismos que apuestan por lo común la cuestión es si lograremos detener las peores arremetidas destructivas de tales acciones y si podremos defender y conservar otros usos y fines acordes a las desesidadesmás inmediatas y urgentes.

Bajo esta perspectiva, considero que la creciente militarización de territorios nos alerta sobre amenazas inminentes de endurecimiento a las condiciones de la reproducción social. El costo del endeudamiento extraordinario de los gobiernos de muchos países para financiar los gastos militares crecientes recae sobre las mujeres, las disidencias y lxs trabajadorxs en general.

También está la intensa disputa por los hidrocarburos y sus usos. Sabemos que estamos ya en un momento de declive de la disponibilidad global del petróleo y sus derivados. Es decir, aunque todavía hay, nunca habrá tanto petróleo como hubo en el último medio siglo

Las crecientes deudas de los hogares —cuyxs miembrxs están atrapadxs entre el pluriempleo y el pago de deudas personales— están alcanzando niveles dramáticos, como en Argentina.

El régimen global que hoy atravesamos busca imponer —a la energía, el agua, los minerales, la producción de alimentos y los territorios— fines y usos contrarios a las necesidades de la reproducción social de la vida en su conjunto. 

Por todo esto, es urgente reflexionar y conversar, de manera transfronteriza, sobre la amplia constelación de luchas en defensa de la vida que ya están en marcha y sobre cómo podemos contribuir, aun si poco a poquito, a enlazarlas y expandirlas.

Raquel Gutiérrez Aguilar

Ha sido parte de variadas experiencias de lucha en este continente, impulsando la reflexión y alentando la producción de tramas antipatriarcales por lo común. En Ojalá, es editora de opinión. 

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