Una victoria reñida para la derecha colombiana

Dos jóvenes se abrazan minutos después de escuchar el preconteo de los votos que arrojó una estrecha victoria para el candidato de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, en Bogotá, 21 de junio, 2026. Foto © Marina Sardiña.

Opinión • Sandra Rátiva Gaona • 26 de junio, 2026 • Read in English

El domingo 21 de junio vivimos en Colombia la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Después de una campaña intensa, esa misma noche, Abelardo de la Espriella y el andamiaje político mediático que lo acompaña comenzaron a proclamar su triunfo con los datos que arrojaba el preconteo.

Por su parte, la campaña de Iván Cepeda y Aida Quilcue decidió esperar al escrutinio oficial de los jueces electorales para reconocer el resultado final de esa segunda vuelta. El 24 de junio, en horas de la mañana y tras una tensa espera, el candidato del Pacto Histórico y la Alianza por la Vida ha aceptado los resultados y reconoce la derrota electoral. 

Según la registraduría, De la Espriella gana las elecciones con el 49,66 por ciento  de los votos, mientras Cepeda alcanzó el 48,70 por ciento y el voto en blanco el 1,62 por ciento. La diferencia de menos de uno por ciento entre los dos candidatos y las masivas denuncias de compra de votos y de alteración de los formatos de conteo, llevaron al candidato Cepeda y al mismo presidente Gustavo Petro a tensionar la situación.

Sin embargo, el sistema electoral colombiano —a pesar de las controversias que el presidente ha denunciado— es un sistema que cuenta con enorme legitimidad. Con las mismas reglas, le dieron la victoria al progresismo hace cuatro años a Petro. Lo que resulta revelador es que en esta segunda vuelta tuvimos la diferencia porcentual de votos más pequeña de la historia  colombiana desde 1958.

Y aunque perder por 250 mil votos (0,96 por ciento) igual es perder, y tendremos resaca electoral varias semanas, los datos son realmente reveladores. Las izquierdas y movimientos políticos populares alcanzamos la votación más alta en la historia del país, casi 13 millones. Hace apenas 20 años la izquierda perdió la contienda presidencial por 2,6 millones de votos (22 por ciento) del escrutinio de aquel momento contra Álvaro Uribe Vélez.

Dos proyectos de país

En mi columna anterior, mencioné que resulta impresionante cómo, desde el referendo de paz en el 2016, estamos repitiendo un mapa electoral que evidencia claramente la polarización y la desigualdad del país. 

Por una parte, el electorado del proyecto político de la paz, la justicia y del progresismo se ubica en las regiones donde la guerra, la violencia del narcotráfico, de la minería ilegal, la ausencia de escuelas, hospitales, carreteras y agua potable son el día a día, junto con las clases populares de Cali y Bogotá

Por otra parte, el electorado del proyecto político que prioriza la seguridad, la libertad y los valores tradicionales se ubica en aquellas regiones que ya han alcanzado el bienestar mínimo y que podemos nombrar como  “regiones normalizadas” por su infraestructura, conectividad y oferta institucional. Entre ellas resaltan Medellín, los Santanderes y los barrios ricos de Bogotá.  

Eso indica que más que una polarización ideológica (como señalan algunxs analistas), hay una marcada contradicción histórica y económica. El proyecto político que Cepeda representa mira hacia las regiones azotadas por la desigualdad estructural, mientras que el de De La Espriella mira a los Estados Unidos.

Estas enormes diferencias también se reflejan en cómo hacer vida social y vida política. 

En las tres semanas que mediaron la primera y la segunda vuelta, todo el país se volcó a la campaña. La campaña de De la Espriella, también llamado “El Tigre”, ratificó su presencia digital, el uso de la inteligencia artificial para producir contenidos que calificaban a Cepeda de guerrillero y despreciaban a la candidata vicepresidencial Quilcué por su origen indigena y por no tener títulos. También arreciaban contra los errores del gobierno de Petro, entre ellos el fracaso de la Paz total, los escándalos de corrupción y la frágil situación fiscal que tiene el país 

Mientras tanto, la campaña de la Alianza por la vida remontó su repliegue digital (que había caracterizado la campaña hasta la primera vuelta), moderó algunas de sus banderas, como la de impulsar una Asamblea Nacional Constituyente y entró en diálogos programáticos con las candidaturas de centro que se quedaron en la primera vuelta. 

Simultáneamente, pudimos ver muchos grupos de juventudes haciendo murales y pedagogía en el transporte público, movilizaciones que terminaron en conciertos improvisados, ollas comunitarias en los barrios populares, concentraciones en municipios y ciudades pequeñas y todo tipo de stickers, memes, videos, reels, podcasts y estampados en las camisetas de la selección colombiana de fútbol.

Una niña sostiene un afiche que dice: “Me la juego por la vida”, lema de la campaña de Iván Cepeda, durante una marcha organizada por colectivos sociales el día antes de la segunda vuelta electoral en Colombia, en Bosa, Bogotá, 20 de junio, 2026. Foto © Marina Sardiña.

Las transformaciones de Colombia 

Las cifras en el arco temporal desde el referendo por la paz hasta estas elecciones son importantes, no porque las elecciones del país sean el centro de la vida política, sino porque muestran una serie de transformaciones importantes. 

Hoy la sociedad colombiana se siente abocada a participar en política, quizá una señal de que dejar la guerra es una opción, y eso es un cambio fundamental. Durante esta jornada electoral no hubo hechos violentos; y puede parecer un dato obvio, pero en un país con un conflicto armado de más de 70 años, las elecciones habían sido momentos de altísima tensión armada.

En este sentido, hay cambios que celebramos: una izquierda que participa en la política institucional con una fuerte representatividad, una normalización del ejercicio electoral en desmedro de la violencia política y una consolidación de formas políticas que confirman que la organización y la movilización social de las últimas décadas, la firma del acuerdo de Paz con las FARC en el 2016 y la construcción de un proyecto político institucional han abonado a mitigar algunas de las causas estructurales de la guerra y la desigualdad en el país.

Lo que no ha cambiado y que es una enorme deuda histórica y una forma de violencia estructural, racista y clasista, es que millones de personas aún no puedan votar. Lo más triste y conmovedor de esta jornada fue ver a través de redes sociales cómo miles de personas deben organizarse, autogestionar recursos para gasolina, transporte, mulas, para poder bajar de las montañas, de las zonas altas de los ríos en Chocó, Caquetá, Cauca, Nariño, y Putumayo —entre otras regiones— para poder llegar a su puesto de votación. 

Mientras tanto, las personas que solo esperan tranquilidad —ni siquiera subsidios o tierras o carreteras, solo tranquilidad— los medios hegemónicos de comunicación las han caricaturizado como personas coaccionadas, despreciándoles una vez más. 

Periodistas y analistas políticos del establishment, desde sus cabinas en Bogotá y sus casas en Miami, les catalogan como “el voto fusil”. Cuando esas personas no solo se merecen el respeto y la consideración del resto del país, sino que se merecen una disculpa histórica por no poder ejercer ese derecho básico que es depositar sus votos. 

Un día antes de la segunda vuelta presidencial cientos de personas salieron a marchar en la localidad de Bosa convocadas por el colectivo político Creamos en apoyo a Iván Cepeda en Bosa, Bogotá, 20 de junio, 2026. Foto © Marina Sardiña.

Derechas locales subordinadas

Al ver los resultados en Perú y en Colombia, confirmamos la injerencia de los Estados Unidos en la región a través de sus elecciones, además del chantaje comercial y de la presión militar. 

Es un patrón que se consolida y aunque se veía venir, es muy preocupante. 

Primero, porque estas intervenciones norteamericanas representan un nuevo momento y una nueva forma en el modelo de acumulación, donde las élites y las derechas latinoamericanas pasan a ser el eslabón dominado de las élites globales dominantes. Son élites para quienes la libertad y la democracia no son compatibles, la libertad de mercado es su único proyecto importante.

Es claro que las derechas electorales representan solo una parte de la estrategia social y política de imponer un orden por la fuerza, un orden en la región que contiene las mayores reservas de petróleo, las mejores reservas de minerales críticos y una enorme reserva de mano de obra barata y clientes de deuda y de consumo digital.

Así que si bien hoy celebramos la democracia liberal en Colombia (desde el lado de los perdedores), también es importante mantenerse alerta ante un presidente electo que tiene la ciudadanía norteamericana. De la Espriella votó por Donald Trump y ha prometido abiertamente reducir el estado hasta un 40 por ciento para darle garantías a las inversiones extranjeras para “hacer fracking a lo que dé”.

Desde mi punto de vista, hay una segunda razón para preocuparnos mucho, y es que esta injerencia debemos verla como una reacción a las demandas de la agenda antineoliberal y por la vida que los movimientos populares han impulsado en los últimos años.

Desde los estallidos sociales de Puerto Rico, Nicaragua, Chile, Colombia, Ecuador, hasta las movilizaciones recientes de los sectores populares en Bolivia, en el Chile de Kast y en México de Sheinbaum (con las respuestas pusilánimes a los maestros y a las madres buscadoras). 

Todas estas movilizaciones están relacionadas con asuntos que no terminaron de ser resueltos por el sueño del estado de bienestar del siglo XX. Empeoraron con el neoliberalismo y después de este segundo ciclo progresista en la región las condiciones básicas de existencia tampoco han encontrado satisfacción. 

Iván Cepeda, candidato de la izquierda a la presidencia de Colombia junto a su fórmula vicepresidencial, la mayora indígena, Aida Quilcué, en un acto de campaña en la localidad de Ciudad Bolívar, Bogotá, 21 de marzo, 2026. Foto © Marina Sardiña.

La salud como sistema social de cuidado, la educación como mecanismo de movilidad social y de mejoramiento de la vida, los alquileres o la posibilidad de adquirir una vivienda, las pensiones como derecho ganado, el trabajo mismo como condición de vida digna y autónoma siguen siendo promesas no cumplidas. 

La conjunción de unas élites globales que ven mercados en todas partes y unas sociedades sin satisfacción de sus necesidades vitales configura un escenario donde podemos terminar siendo clientes de un sistema aún más desigual y perverso. 

Sin duda, estamos ante un momento donde se abre una disputa a una escala aún mayor, donde los territorios y los tejidos sociales siguen en riesgo, pero donde las nuevas tácticas algorítmicas y las subjetividades de clientes digitales amenazan ya no solo la democracia, sino la vida misma.

Sandra Rátiva Gaona

Ambientalista, madre y feminista colombiana. Es maestra en Sociología por la Universidad Autónoma de Puebla. Investigadora en el área de la ecología política. Ha sido cooperativista, activista y educadora ambiental.

Sandra Rátiva Gaona is a Colombian environmentalist, mother, and feminist. She has a master's degree in sociology from the Autonomous University of Puebla. She’s a researcher in political ecology and has worked as a cooperative member, activist, and environmental educator.

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