De la resaca electoral a la organización popular en Colombia
Decenas de personas se reunieron para pintar un mural que dice “La muerte no volverá”, en Bogotá el martes 2 de junio, 2026 como protesta contra los resultados electorales. Foto © Mariana Mora.
Opinión • Sandra Rátiva Gaona • 5 de junio, 2026 • Read in English
El lunes 1 de junio, lxs colombianxs amanecimos con un guayabo moral inocultable: tristes y enojadxs.
El día anterior, lxs colombianxs votaron en la primera vuelta presidencial. El binomio de Iván Cepeda y Aida Quilque, quienes representan la continuación del proyecto de Gustavo Petro y Francia Márquez, lideraba ampliamente las encuestas, pero solo logró casi el 41 por ciento de los votos. Y Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo Abondano, de extrema derecha, casi el 44 por ciento. La segunda vuelta presidencial tendrá lugar el 21 de junio.
Muchas personas nos preguntamos cómo era posible que De la Espriella, representante de un proyecto político tan agresivo, hubiera logrado semejante respaldo en la primera vuelta electoral.
Es una pregunta que sigue abierta y puede dar para otra columna completa. Lo que muestran los resultados es una polarización profunda en Colombia. No se trata de una polarización entre extremos equivalentes, sino que es una polarización producida y desplazada hacia la derecha.
En la contienda electoral había dos proyectos conservadores, uno de ellos liderado por Paloma Valencia, con rasgos institucionales, y el otro mucho más radical, violento y desinstitucionalizante, que fue el que avanzó a la segunda vuelta con De la Espriella a la cabeza.
Algunas personas dicen que fue el uribismo jugando a dos bandas, yo digo que el uribismo agoniza y estas elecciones sepultan la piel del centro democrático como expresión política. El problema es que nos queda algo quizá peor.
Un segmento importante de la sociedad, de las clases populares incluidas, está atravesada por el miedo a “convertirse en Venezuela”, el resentimiento y la disposición a sacrificar derechos ajenos en nombre de la seguridad propia. Es el 44 por ciento de la sociedad colombiana que acepta la propuesta de aniquilar al otro 41 por ciento de la sociedad. Esto es triste. Descorazonador.
El miedo que sentimos en el campo popular y democrático es a la capacidad armada y mortífera de los ejércitos irregulares del paramilitarismo y de la mano negra que persiste en el país y que responden al proyecto político de la extrema derecha.
A pesar del guayabo moral y del desconcierto, resulta importante observar algunos territorios específicos que nos muestran que no es solo un asunto de nombres de hombres.
Cepeda y Quilcue ganaron la primera vuelta en toda la periferia del país, zonas afectadas por la guerra y el empobrecimiento histórico. Específicamente en ciudades y municipios como Barrancabermeja, Puerto Wilches, los municipios mineros del Cesar y diversas localidades de Huila, Córdoba y Sucre, que constituyen mensajes políticos relevantes.
Es allí donde se dice “No” al fracking, donde se entregaron tierras, donde las comunidades experimentaron directamente los efectos de ciertas políticas públicas. Allí aparecieron respaldos significativos a propuestas vinculadas con la transición energética justa, la reforma agraria y la economía popular, y estas fueron victorias del proyecto político por la vida.
Por eso mismo resultó desafortunada la reacción de Petro al desconocer el escrutinio, no porque no haya fraude, sino porque ratifica el tono patriarcal de la política presidencialista.
Para rematar, De la Espriella respondió aún más agresivo, cerrando el espectáculo bochornoso de la política de “quién la tiene más grande”. Una política organizada alrededor de egos masculinos que compiten por demostrar quién posee más poder, más fuerza o más autoridad.
Una política que ya no responde a las necesidades de nuestro tiempo.
Los logros del progresismo
Los logros materiales de estos cuatro años del primer gobierno de izquierda en Colombia, que se inauguró con Petro y Márquez en agosto de 2022, son difíciles de negar. Entre ellos están la reducción de la pobreza multidimensional hasta el 9,9 por ciento, el aumento del salario mínimo legal en un 23 por ciento para este año y la redistribución de la renta del estado hacia poblaciones históricamente excluidas, especialmente ancianxs que no alcanzaron pensión.
También se logró la recuperación de derechos laborales, por ejemplo, el pago por recargo nocturno o dominical que Álvaro Uribe Vélez había recortado.
Uno de mis logros favoritos, es la formalización de más de 2 millones de hectáreas, que implicó la entrega de tierras productivas y grandes fincas a organizaciones campesinas y víctimas del conflicto armado. No se hizo a través de la expropiación (como cantaban las sirenas neoliberales), sino a través de la compra a grandes hacendados y de la recuperación de cientos de propiedades de los narcotraficantes vía la extinción de dominio.
Este es sin duda un hecho histórico que va directo al corazón de la guerra en Colombia: la desigualdad en la propiedad y uso de la tierra.
Sin embargo, los cambios más profundos no son necesariamente los que aparecen en las estadísticas. El principal logro político de este gobierno ha sido la reactivación de amplios sectores populares que durante décadas fueron tratados como objetos de administración, en el mejor de los casos, o como objetos de represión y no como sujetos políticos.
Todo esto tiene que ver con una narrativa alternativa sobre el país. No es de Petro, y ni siquiera su movimiento político electoral, el Pacto Histórico, es una narrativa que ha construido el campo popular y democrático por décadas en tensión con el modelo económico que el neoliberalismo oligárquico de Colombia construyó e impuso a sangre y fuego.
La nueva narrativa de país es un proyecto de futuro centrado en la famosa frase de que “Colombia es el país de la belleza”. No solo nos conmovió la autoestima nacional (y ojo que no es nacionalismo, es trauma colectivo por la guerra), sino que articuló en un proyecto económico la idea de que somos un país que tiene potencial de economías de naturaleza. Que nuestra bailadera y nuestro buen comer y buen beber son rentables. Y que hay economías productivas (y no solo rentistas) e innovaciones asociadas a la conservación, que si logramos consolidar la defensa de los páramos y la Amazonía en realidad estamos abriendo una ventana de prosperidad y bienestar en el futuro cercano de la crisis climática.
Sería ingenuo ignorar las limitaciones. Como ocurrió con otros progresismos latinoamericanos, el gobierno del Cambio terminó reproduciendo una lógica profundamente presidencialista. El carisma del presidente Petro ocupó muchas veces el lugar que debieron ocupar los espacios de deliberación democrática. Un proyecto que hablaba de democratizar el poder terminó dependiendo excesivamente de una figura individual que fácilmente encarnó al “macho progre”: transformador en el discurso, pero centralizador en la práctica.
Una persona sostiene un cartel que dice “Sí a los derechos, no a las derechas” durante una pinta de mural en Bogotá el martes 2 de junio, 2026. Foto © Mariana Mora.
La izquierda colombiana, organizada
La campaña de Cepeda y Quilcue fue relativamente cerrada. Diversos sectores organizados intentaron acercarse, aportar ideas, construir puentes, pero encontraron dificultades para hacerlo.
Hubo una tendencia al repliegue, al círculo de confianza reducido, a una comunicación más preocupada por tener razón que por producir entusiasmo. Se ha sentido casi como desconfianza dentro de la casa, lo cual se entiende ante los nefastos escándalos que le ha implicado Petro su apertura a personajes politiqueros.
Cepeda es un senador y un político intachable, una persona admirable y muy querida en las izquierdas. También ha resultado poco permeable a sectores distintos de su tradición política y es, culturalmente, muy bogotanocéntrico, incluso si su fórmula vicepresidencial es la dirigente Nasa Quilcue.
Aunque gran parte del entusiasmo electoral provenía de los resultados del gobierno en turno y de que las encuestas alimentaron un cierto triunfalismo, es verdad que nos faltó imaginación política, alegría estratégica y capacidad de convocar más allá de lxs convencidxs.
Aun así, sería injusto reducir esta experiencia a sus limitaciones. Las plazas llenas durante la campaña son una imagen histórica: miles de personas organizadas, provenientes de tradiciones políticas populares se encontraron para defender un proyecto común.
No podemos olvidar que este escenario es una conquista histórica del movimiento popular, de la minga social y comunitaria del 2008, del Congreso de los Pueblos y de la Marcha patriótica que nacieron en 2010, del paro agrario de 2013, de la Cumbre étnica, campesina y popular que paró el país en 2016, de la firma del acuerdo de Paz en el 2016, del estallido juvenil del 2019 y del estallido social del 2021.
Todos estos momentos que han sembrado las bases de la movilización y la organización actual.
Una persona muestra un cartel que dice “Con el pueblo, para el pueblo, nada sin el pueblo” durante una pinta de mural en Bogotá el martes 2 de junio, 2026. Foto © Mariana Mora.
Nadie nos quita lo bailado
El lunes ocurrió algo extraordinario después del guayabo moral. En sindicatos, colectivos feministas, organizaciones campesinas, comunidades de fe, grupos de amigas, chats familiares, redes de migrantes, espacios barriales y círculos estudiantiles comenzaron a multiplicarse reuniones, llamadas, conversaciones y asambleas improvisadas.
Circularon y se desahogaron el miedo, la tristeza y la frustración, pero inmediatamente después, también se desató la imaginación política.
La segunda vuelta será del pueblo autoconvocado, que no pide permiso, y que sabe que es con amorcito, con palabras dulces, con quereme y con mucho trabajo cuerpo a cuerpo que este proyecto político avanzará.
Tenemos muchas razones para tener miedo: la derecha colombiana es una derecha armada, apoyada por Donald Trump, por Javier Milei, por Miami. Élites que han tenido que oír los reclamos históricos que se negaron a escuchar por décadas y que sobre todo no quieren que el modelo de país, extractivista, rentista, bogotacéntrico y blanqueado, cambie.
Pero cuatro años no son suficientes. Ningún gobierno podía resolver en un solo período las heridas acumuladas por generaciones.
Nosotras sabemos de los errores de Petro y de este —nuestro— primer gobierno, así que la campaña hoy no es solo por la presidencial, es por un futuro de país, por un futuro para la vida, es un pueblo organizado, y aquí nadie nos quita lo bailado.

