8M en Caracas, por la insistencia en imaginar
Izquierda: Un pañuelo morado en el cuello de una activista durante la manifestación por el Día Internacional de la Mujer. Right: Activista feminista de la organización Pan Y Rosas asiste a la manifestación por el Día Internacional de la Mujer en la plaza Brión en Caracas, Venezuela, el 8 de marzo, 2026. Foto © Andrea Hernández Briceño.
Opinión • Colectiva Mujeres, Cuerpos y Territorios, Venezuela (Mucyt) • 9 de abril, 2026 • Read in English
En nuestras casas de Caracas hay tuqueques. “Lagartija tira besos”, le dicen en otros lugares de Latinoamérica. No cantan, vocalizan rítmicamente. Los machos lo hacen más frecuentemente cuando se enamoran, como decían las abuelas. ¡Chuck-chuck-chuck!
Las hembras lo hacen con menos frecuencia, sólo si están amenazadas. Las tuquecas son más finas y pequeñas, menos llamativas. Se esconden rápidamente en rendijas, detrás de cuadros y en grietas de las casas.
Salen normalmente cerca de la luz a cazar insectos. Caminan sigilosas. Son casi imperceptibles para evitar depredadores. Como mujeres venezolanas, a veces nos sentimos como las tuquecas, con la necesidad de escondernos y ser sigilosas para que no nos noten. Sin embargo, nuestras voces siguen rítmicas, constantes e indignadas. Estamos molestas, tenemos derechos.
En el corazón de una Venezuela herida, donde la vida a veces parece un rompecabezas al unísono tono de la tristeza y la alegría, las mujeres han decidido dejar de ser sólo “el sostén” para convertirse en las arquitectas de su propio destino.
La autonomía no es un permiso que se pide, sino un territorio que se habita con el cuerpo y la memoria. La autodeterminación es una palabra que nos grita en los sueños, cuando en ellos el alma colectiva recuerda nuestra historia de emancipación como pueblos.
Reencontrarnos en la herida
Ha pasado ya un año desde nuestro reencuentro para habitar las calles caraqueñas cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, para mirarnos a los ojos nuevamente y abrazar a nuestra compañera en la felicidad de haber logrado su libertad, luego de haber sido perseguida y secuestrada por fuerzas represivas desatadas en estos últimos años.
Abrazamos a la que fue amenazada en redes sociales, a quienes vinieron por primera vez a plaza Brión, en el centro de la ciudad, encantadas por la juntanza de las pancartas y las pinturas para la calle. Éramos las compañeras del año pasado, pero también vimos nuevos rostros.
Esta vez las calles fueron nuestras: en vez de convocar a una marcha, el gobierno se dispuso a concentrarse en un llamado a consulta popular del sector de las comunas este año.
Hubo marcha desde la plaza Altamira de Caracas. El río de manifestantes caminó y coreó consignas por la libertad, los derechos y el retorno de la democracia en un país muy fracturado. Mujeres y disidencias de colores y de luchas polifónicas caminamos juntxs a lo largo de la avenida Francisco de Miranda.
Organizaciones y colectivas feministas hicimos también una concentración y una asamblea en la plaza Brión de Chacaito. El llamado convocó ampliamente a sectores de mujeres trabajadoras, político-partidistas, activistas feministas y madres de presos, presas y presxs políticxs.
El 3 de enero aprendimos a conjugar la mentira más piadosa del mundo, escribiendo “todo está bien” con los dedos temblorosos y el rostro empapado en llanto. Somos las hijas de un asedio que no pidió permiso, algunas susurran: sobrevivimos a un bombardeo.
Somos diversas en la herida, pero iguales en el temblor. Algunas arrastramos en la memoria el eco antiguo de las ráfagas de sonidos de la guerra, de golpes de estado, de saqueos en las calles, sonidos de acero que muerden la infancia. Otras, en cambio, jamás habíamos sentido el latido herido de los helicópteros profanando el techo de nuestros amores.
Nunca el horizonte nos había devuelto ese brillo cruel: ráfagas que no eran estrellas, sino cicatrices de luz rasgando la madrugada.
Y al mismo tiempo, como las tuquecas, salimos nuevamente de las grietas detrás del cuadro de nuestras sonrisas y lamentos. La vida golpea con puño de hierro, la marcha es dura, pero en el centro del caos, nos buscamos, nos hallamos y nos celebramos vivas.
Izquierda: Una camisa con el mensaje “Si te pasa algo, lo quemamos todo” durante la manifestación por el Día Internacional de la Mujer. Derecha: Dos amigas asisten a la manifestación por el Día Internacional de la Mujer en la plaza Brión en Caracas, Venezuela, el 8 de marzo, 2026. Foto © Andrea Hernández Briceño.
Una mirada contra-extractivista
El gran consenso extractivista nos asusta. “¿Cómo vamos a salir de la crisis sin petróleo?”, dicen unxs. “¿Cómo vamos a desaprovechar las riquezas de esta ‘tierra de gracia’?”, dicen otrxs.
Que ese dinero sea para esto o para aquello, discuten. ¿Dinero de qué?, ¿de dónde? ¿Producido por quién? La soberanía ya fragmentada se reparte en pedazos de tierra y cuerpos en sacrificio.
Hay una preocupación en el aire, como la mermelada que se ha cocido a fuego lento en el fogón de la angustia.
Nada de aumento de salario. Nada que hay liberaciones plenas de compañeras. Nada de justicia ni de dignidad para las mujeres en las cárceles.
Hay madres en todos lados, madres de migrantes, de personas privadas de libertad, madres cosechadoras del agua que se preocupan por la sequía, madres indígenas que no pueden moverse para llevar sus cultivos a la ciudad y se acuestan con la malaria.
Madres todas que hoy unen hilos de demandas por el aire y se conectan con buscadoras en México o con quienes piden justicia por sus hijxs asesinados en Colombia. Madres todas, sigilosas, llevan el ritmo de la dignidad. Marchamos con ellas.
Fue difícil ponerse de acuerdo sobre la concentración y la marcha del 8M: la repolarización de la sociedad en Venezuela tiene más silencio que nunca.
Si la pisas por un lado, como el cuero seco, se levanta por el otro. Entonces mejor no se diga esto, mejor no se diga lo otro, porque todo está en un no se sabe bien qué. Son muy pocas personas las que no caen en zona blanca o negra, quienes tratan de ver el gris en el humo del reacomodo.
Izquierda: Una mujer alza un pañuelo verde en la manifestación por el Día Internacional de la Mujer. Derecha: Activista de la organización Mujeres Cuerpos y Territorios durante la manifestación por el Día Internacional de la Mujer en la plaza Brión, en Caracas, Venezuela, el 8 de marzo, 2026. Foto © Andrea Hernández Briceño.
Sostenemos la protesta
Hay confusión y ganas de que cambie todo de manera radical. Y hay quienes siguen bailando sobre los restos de las bombas y los misiles.
Nosotras vemos cómo renace “el Dorado” (petrolero y del oro) en la boca de la gente, cómo se acomodan las élites mientras las madres siguen en todos lados con sus demandas.
Las madres trabajadoras sostienen la protesta, ¿salario pa cuando?
Las abuelas jubiladas y pensionadas, con las manos marcadas por décadas de oficio, se resisten a que el epílogo de sus vidas sea sólo una espera por teléfono. No quieren que el fruto de sus años sea la palabra remesa, sino el derecho a una vejez digna y serena.
Se acerca el primero de mayo y la sociedad del bono está agotada. En Venezuela existe un sistema de bonificación precario que ha sustituido al salario y, por ello, ha eliminado de facto los beneficios laborales de la clase trabajadora.
¿Cómo nos vamos a recuperar de esto?¿Cómo se puede revertir ese sueño neoliberal consumado de los empresarios, la eliminación del salario?
La política venezolana se ha vuelto un tablero de sombras donde la polarización no es ya una postura, sino un abismo que divide hasta los silencios en la mesa.
En ese espacio agrietado, la negociación con el gobierno y los hilos que se tienden hacia el norte se sienten como un juego de equilibrios. No se trata sólo de acuerdos firmados bajo luces artificiales, sino de un pulso constante entre la soberanía y la urgencia, donde cada palabra pactada pesa tanto como el destino de quienes esperan.
Desde abajo del tablero, donde se encuentran las comunidades, nos enfrentamos a escenarios complejos y muchas veces difíciles de entender.
Venimos de un asedio sostenido, de sanciones extendidas bajo la forma de un bloqueo y de amenazas constantes de invasión militar norteamericana. Cuando las bombas se presentan hoy como excusa para la “liberación” de los pueblos, sabemos que esa liberación no va a llegar del cielo y que sólo se cambian los rostros de los verdugos de turno.
No serán quienes lanzan las bombas, ni quienes negocian el petróleo, ni quienes le dan la mano a la ultraderecha en el mundo, quienes liberen al pueblo venezolano de la pobreza, de la incertidumbre, de la devastación de sus territorios, del autoritarismo de estado.
La lógica de la necropolítica continúa en un escenario de guerra, donde un país se convierte en un negocio y moneda de cambio para extractivistas, sin importar su título ideológico.
Por ello, el 8 de marzo nos juntamos por un canto a la soberanía de ser, un recordatorio de que incluso en los tiempos más oscuros, la libertad de las mujeres es la llama que mantiene encendida la posibilidad de un mundo distinto.
Nos juntamos por la insistencia en imaginar que es posible un porvenir diferente en nuestro país, en nuestros cuerpos y territorios.

