Herencias de lucha en Argentina

Una joven en la movilización de Ni una Menos lleva escrito en su rostro “el femicida sos vos”, el 3 de junio, 2026, en Buenos Aires, Argentina. Foto © Susi Maresca.

Opinión • Susi Maresca • 17 de junio, 2026 • Read in English

En toda Argentina, el Ni Una Menos se conmemora en junio de cada año con una serie de marchas en las que se exige el fin de los femicidios y la violencia de género.

La primera de ellas tuvo lugar el 3 de junio de 2015. Aquella marcha nació del dolor por el femicidio de Chiara Páez de Rufino, Santa Fe. Tenía 14 años y estaba embarazada cuando fue asesinada por su pareja, Manuel Mansilla, quien enterró su cuerpo en el patio de su casa. 

El contexto de la marcha del 3 de junio (3J) de este año estuvo marcado por un femicidio con características impactantemente similares. Agostina Vega también era una adolescente de 14 años quien presuntamente fue asesinada por un hombre cercano a su familia y cuyo cuerpo fue hallado desmembrado el 30 de mayo luego de una semana desaparecida. El asesinato de Vega es un nuevo recordatorio de una herida profunda que sigue abierta.

En un comienzo Ni Una Menos no se autodefinía como feminista, pero se convirtió en una de las bases —junto con los Encuentros Plurinacionales— que configuró el movimiento feminista que hoy nos atraviesa. 

Una base inspirada en la enseñanza de las Madres de Plaza de Mayo, quienes supieron traspasar el sentido de su lucha a las nuevas generaciones.

Violencia, ajuste y retrocesos

Este año, la convocatoria del 3J fue masiva y federal bajo la consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”. Hubo más de 80 puntos de convocatoria en todo el país y llegó en un contexto de hondo pesar. 

En el centro de la escena de este 3J estuvo la conmoción por tres femicidios que estallaron en los medios de comunicación días antes de la marcha: Agostina Vega, Noelia Carolina Romero y Dulce María Beatriz.

El caso de Vega reavivó el reclamo histórico de “paren de matarnos”. 

Una multitud de jóvenes sostienen carteles con los nombres de las mujeres asesinadas en los últimos meses. “Justicia por Agostina” dice el cartel que lleva una de ellas, el 3 de junio, 2026, en Buenos Aires, Argentina. Foto © Susi Maresca.

Su familia denunció demoras e irregularidades desde la misma noche de la desaparición, cuando la madre acudió a la justicia sin obtener respuesta. El acusado tenía denuncias previas por violencia de género que la justicia había desoído. 

Según el reciente informe de Mujeres de la Matria Latinoamericana, entre el 1 de enero y el 30 de mayo de 2026 se registraron en Argentina 105 muertes violentas por razones de género, a las que se suman estos tres casos recientes. 

El documento leído en la jornada del 3J de este año ayuda a pensar cómo la violencia machista está atravesada por múltiples violencias que nos afectan como sociedad. Violencias previas detentadas por el poder corporativo, instrumentadas por el estado y ejecutadas por las fuerzas represivas.

En Argentina, esto se manifiesta a través del desfinanciamiento de la educación y la salud, los desalojos violentos de poblaciones históricamente vulneradas —tanto en la ciudad como en la ruralidad— y la modificación de la Ley de Glaciares y de la Ley de Tierras para abrir paso al extractivismo. 

También pesa un retroceso simbólico menos visible pero de alto impacto: la instalación del mito de las “denuncias falsas” mediante la presentación de proyectos de ley y ataques mediáticos, pese a la falta de evidencia empírica

La estrategia consiste en difundir, de forma repetida y como si fuera un problema central, la idea de que una gran cantidad de mujeres denuncian violencia que no ocurrió, solo para “vengarse” o “perjudicar” al denunciado. 

Al igual que otros objetivos oficiales de desmantelamiento legal, como eliminar la figura del femicidio, esto no resuelve ningún problema de acceso a la justicia. Busca disciplinar, sembrar dudas y desalentar a quienes ya enfrentan mayores obstáculos para denunciar. 

Después de tanto camino, que el gobierno describa el asesinato de Agostina Vega como un “homicidio” y volver a discutir si las mujeres mienten al denunciar es otra forma de violencia institucional. 

Vista panorámica de la plaza de los dos Congresos durante la movilización del 3J, el 3 de junio, 2026, en Buenos Aires, Argentina. Foto © Susi Maresca.

Vertientes de odio

El gobierno de Milei, que ya cumple dos años y medio en el poder, ha atravesado dos fases en su ofensiva contra el movimiento transfeminista. La primera fue de odio antitrans y anticuir oficial y explícita. 

El discurso de Milei en el foro de Davos en enero de 2025, en el que vinculaba la homosexualidad con el abuso infantil y el feminismo con un cáncer, encendió una llama que venía conteniéndose por el shock de todo lo que estaba sucediendo en Argentina. 

Fue entonces cuando la primera Marcha Federal del Orgullo Antifascista y Antirracista LGBTQIA+ tomó el protagonismo, convocando a toda la organización feminista en Argentina y alrededor del mundo en respuesta a las declaraciones del presidente.

Es importante poner de manifiesto que tales discursos de odio habilitaron una violencia desmedida en la sociedad. El triple lesbicidio de Barracas es un claro ejemplo de ello.

El brutal crimen ocurrió el 6 de mayo de 2024 en una pensión del barrio porteño de Barracas, en Buenos Aires. Un vecino arrojó una bomba molotov a la habitación donde vivían cuatro mujeres lesbianas, matando a tres de ellas. En mayo comenzó el juicio contra el vecino acusado y el colectivo Ni Una Menos acompaña ese proceso.

En ese momento, la comunidad LGTBIQNB+ advirtió que las violencias aumentaban bajo la administración de Milei, en parte, por discursos deshumanizantes. En la primera mitad de 2025, aumentaron un 70 por ciento los crímenes de odio por la orientación sexual, la identidad o la expresión de género.

Esa confrontación discursiva por parte del gobierno actual cedió lugar a un segundo momento, el desmantelamiento. Ahora el argumento es que no hay plata para nada, mucho menos para las políticas públicas vinculadas al género. La intensificación de las medidas de austeridad, que afectan con mayor dureza a las comunidades marginadas, fue el tema central de la segunda Marcha del Orgullo LGBTIQNB+ Antifascista celebrada a principios de este año.

Dos jóvenes con pañuelos violeta en la cabeza, símbolo de Vivas nos queremos, se enfrentan al cordón policial desplegado en el Congreso de la Nación argentina, el 3 de junio, 2026, en Buenos Aires, Argentina. Foto © Susi Maresca.

Historia de lucha viviente

Cuando en 2015 desbordaron las plazas por el primer Ni Una Menos, la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito cumplía 10 años. Diez años más tarde, el aborto legal es ley y en cada Ni Una Menos flamean las banderas verdes mientras exigimos que se cumpla. 

El 3J nos hermana porque toca una fibra íntima y primigenia. Expone un sistema de opresión histórico hacia las mujeres y diversidades que nos interpela directamente. 

Es imposible no sentir empatía, no sentirse convocade por la consigna. Todas hemos sufrido la violencia machista en mayor o menor medida, o conocemos a una amiga, una hermana, une hije, una pareja. Los varones tampoco están exentos.

La socióloga María Pía López señaló hace poco que muches de les jóvenes que protagonizaron este 3J tenían 3, 4 o 5 años en aquel primer Ni Una Menos. 

Su formación política está atravesada por estas luchas y encontró ahí un espacio de construcción.

Les pibes salen, buscan, preguntan, marchan. En ese espacio que llamamos transfeminismos, se sienten abrazades por un mundo adulto que muchas veces ignora sus dolencias. Un movimiento que sacude subjetividades y teje una trama que perdura. No es poca cosa. 

“Marcho para que mi mamá y hermana nunca falten” dice un cartel que sostiene en sus piernas un joven trans junto a sus amigues en la movilización de Ni Una Menos, el 3 de junio, 2026, en Buenos Aires, Argentina. Foto © Susi Maresca.

Dentro de las discusiones actuales del movimiento Ni Una Menos, se consolida también la conciencia de que no se puede separar el cuerpo de las mujeres y diversidades del territorio, de los cuidados cotidianos. 

La opresión patriarcal funciona como un modelo violento y extractivista que vulnera la vida en todas sus expresiones. El endeudamiento es una consecuencia de esta misma explotación.

Lo que discutimos hoy desde los transfeminismos, como dice Rita Segato, es un modelo de humanidad: estamos disputando de qué modo queremos vivir. No es casual el coletazo de la derecha mundial contra nuestra persistencia. Si se reorganizaron, fue porque estaban perdiendo poder frente a nuestra organización.

Estamos frente a un momento histórico que, como nunca antes, muestra la relación entre quienes perpetraron la explotación, la usurpación y las desigualdades, y quienes sostenemos la vida para que todo lo demás funcione. 

El momento es desesperante, sí. Falta mucho por hacer, sí. El transfeminismo tiene que escuchar a las comunidades indígenas que defienden los territorios del extractivismo, sí. Hay que seguir despunitivizando el movimiento, ampliando nuestro enfoque para que no quede nadie afuera, también.

Pero algo es seguro, seguimos juntas y juntes, y eso ya es una batalla ganada. 

Susi Maresca

Susi Maresca es fotoperiodista para diversos medios nacionales e internacionales. Coautora de libro "La ruta del litio: voces del agua".

Susi Maresca is a photojournalist with various national and international media. She's co-author of the book “La ruta del litio: voces del agua” (The Lithium Path: Voices of the Water).

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