Contra la militarización, estrategias colectivas y transfronterizas

Ilustración digital para Ojalá por @Pazconadie.

Opinión • 23 de julio, 2026 • Dawn Marie Paley • Read in English

La larga trayectoria del militarismo está estrechamente ligada, desde sus manifestaciones más tempranas, a la reiteración de nudos problemáticos que se extienden hasta la actualidad: conquistas, colonización, formación de estados y ciudadanías, crecimiento y expansión del capitalismo.

En el siglo XXI, y con renovado ímpetu desde el comienzo del segundo mandato de Donald Trump, la militarización está en auge. Hoy en día gran parte del mundo está en guerra.

Desde febrero, el Departamento de Guerra de Estados Unidos ha llevado a cabo repetidos ataques en Irán, incluido uno que mató a al menos 165 estudiantes en marzo. Israel sigue aterrorizando a la población de Palestina y del Líbano con el apoyo total de Washington y sus aliados, a plena vista del mundo entero. Campañas militares y paramilitares en la República Democrática del Congo y Sudán, respaldadas por corporaciones y países ávidos de recursos, han causado terrible sufrimiento. Y para rematar, ha seguido la campaña de conquista armada de Vladímir Putin en Ucrania.

En Abya Yala, esta escalada está adoptando la forma de una “guerra contra las drogas” intensificada, ahora denominada “guerra contra el narcoterrorismo”, la cual promete ser exponencialmente peor que la ya terrible violencia de las últimas décadas.

Los bombardeos estadounidenses contra pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico han matado ya a más de 200 personas en el mar, lo que ha tenido un impacto trágico en familias costeras de Ecuador, Colombia y Venezuela, mientras las autoridades en Washington afirman que tales ataques están aumentando la seguridad de la población estadounidense.

De esta manera, las aguas internacionales se han convertido en un nuevo espacio en el que la administración de Trump busca convertir en algo habitual los asesinatos extrajudiciales de civiles por parte de las fuerzas armadas de EE.UU. Urge considerar el significado y las repercusiones de estos bombardeos en el contexto de una geografía marítima a través de la cual, en diferentes momentos de la historia, lxs migrantes del Caribe han huido en barco.

En Ojalá, consideramos que la militarización —y el paramilitarismo que puede generar— se encuentra entre las amenazas más apremiantes para la reproducción social y los movimientos populares, comunitarios e indígenas. Existen muchas formas de definir militarización, pero lo haremos de manera simple: el despliegue de fuerzas estatales centralizadas con entrenamiento militar, ya sea que se propongan el control armado del territorio o la participación en obras públicas y labores de administración, o en funciones policiales.

Por ende, desde Ojalá hacemos un llamado a escritorxs y activistas de diversas regiones para que participen y nos ayuden a documentar las formas en que la militarización está afectando a sus comunidades y cómo estas están haciéndole frente.

La exportación del terror de estado

Washington y el Pentágono organizan y exportan el terror de estado por todo el mundo. Hoy son una pieza clave para la generación de riqueza extrema para una élite ínfima a costa de la mayoría de la población mundial. El país cuenta con el ejército más numeroso del mundo y con el sector de fabricación de armas y maquinaria bélica más grande del mundo, que ahora abarca buena parte del sector tecnológico.

Trump se ha servido de nuevas presiones militaristas, utilizando diferentes tácticas en distintas partes del mundo. Sería negligente no señalar la intensificación de la militarización interna, especialmente a lo largo de la frontera sur de EE.UU. y a través del régimen hiperviolento de control migratorio del Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en inglés). El despliegue de fuerzas militares en activo dentro de EE.UU. se justifica alegando motivos de seguridad nacional que presentan a las personas migrantes como terroristas en potencia.

Los países de la OTAN, antiguos aliados de EE.UU., están siendo presionados para que aumenten su gasto militar al cinco por ciento de su PIB bajo la amenaza de aranceles. En diciembre, el parlamento alemán votó a favor de exigir a todos los varones de 18 años que optaran por participar o no en el servicio militar, en un intento por aumentar el número de tropas. Y Canadá anunció una “estrategia industrial de defensa” que tiene como objetivo impulsar la producción nacional de armas.

Pensando desde el sur

En América Latina se formó en marzo una coalición de estados a la que en ocasiones se denomina “Escudo de las Américas”. Los 17 países signatarios manifestaron su disposición a aceptar una mayor participación de EE.UU. en la militarización de su seguridad interna bajo el pretexto de controlar los flujos de narcóticos y migrantes hacia el norte.

Colombia, un país asolado por la violencia que durante mucho tiempo ha sido el mayor receptor de apoyo militar estadounidense en el hemisferio, no se sumó al Escudo de las Américas durante la presidencia de Gustavo Petro. Sin embargo, es probable que lo haga una vez que el presidente electo de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, asuma el cargo el 8 de agosto en una ceremonia que, según insiste, se llevará a cabo en una guarnición militar.

Ecuador se ha convertido en el campo de pruebas de lo que eufemísticamente se denomina “operaciones conjuntas” entre las fuerzas estadounidenses y el ejército local. La enorme asimetría entre las fuerzas estadounidenses y las nacionales deja claro que, en los hechos, no se trata de operaciones conjuntas. En el caso de Ecuador, es mejor entenderlas como una renuncia total a la soberanía por parte de un gobernante impopular que ni siquiera finge buscar el apoyo de lxs votantes. En cambio, Daniel Noboa, heredero latifundista, garantiza su poder mediante la fuerza militar y su cercanía a Washington.

La militarización ha cobrado fuerza en México durante los últimos ocho años, a medida que sus gobiernos de izquierda han presentado el aumento en el tamaño, alcance y poder de las fuerzas armadas mexicanas —así como su participación en asuntos económicos, incluyendo infraestructura de transporte, megaproyectos y la administración de puertos y aduanas— como un bastión contra la privatización y el expansionismo estadounidense. La soberanía se invoca en el discurso contra la amenaza de una invasión estadounidense, mientras el entrenamiento de fuerzas mexicanas por parte de EE.UU. y las transferencias de equipo militar continúan sin cesar. 

La expansión de la actividad militar bajo gobiernos de izquierda no es exclusiva de México. Bajo el mandato de Gabriel Boric, Chile envió tropas al Wallmapu, en el sur del país, en un intento de controlar a las comunidades mapuches, y al norte para controlar la migración. Esto sentó las bases para que dicha actividad se intensificara bajo el mandato del conservador y derechista José Antonio Kast.

En Perú, la compra de 12 aviones de combate F-16 estadounidenses, por un valor de 3,5 mil millones de dólares, sólo puede interpretarse como un intento de congraciarse con Washington. “La cooperación entre las bases industriales de defensa de EE.UU. y sus aliados siempre ha sido una fuente compartida de seguridad y beneficios económicos”, afirmó Mike Shoemaker, vicepresidente de Lockheed Martin, tras el anuncio. Lo que Shoemaker describe como cooperación puede entenderse mejor como coacción: el embajador de EE.UU. en Perú desempeñó un papel fundamental para impulsar el acuerdo.

En otros lugares, la militarización se está dando principalmente en las fuerzas policiales, a las que se les proporciona equipamiento y capacitación a menudo para llevar a cabo la llamada “guerra contra las drogas”. Este es el caso de Costa Rica y Uruguay.

El trágico doble terremoto que sacudió a Venezuela en junio es una herida abierta que está siendo aprovechada para impulsar la militarización. Los sismos ocurrieron menos de seis meses después de que fuerzas especiales de EE.UU. bombardearan Caracas de forma artera y secuestraran al presidente Nicolás Maduro y a su pareja Cilia Flores. El ataque del 3 de enero representó una grave escalada de la intervención directa de EE.UU. en la región.

En julio, el jefe del Comando Sur de EE.UU., Francis J. Donovan, se reunió con tropas estadounidenses a bordo del USS Fort Lauderdale, un buque de transporte anfibio, frente a la costa de La Guaira, la región más afectada por los terremotos. Esa reunión se produjo tras la llegada de fuerzas de combate estadounidenses al país. Los informes sobre la interferencia del ejército venezolano en las labores de rescate también son muy preocupantes.

Un futuro feminista requiere estrategias antimilitaristas

En este aterrador escenario regional y global, tenemos mucho que aprender de los movimientos antimilitaristas del pasado y presente. Entre ellos se encuentran las exitosas movilizaciones para cerrar el campo de entrenamiento naval estadounidense en Vieques, Puerto Rico; la lucha multisectorial en curso para impedir la renovación de los contratos de arrendamiento de instalaciones militares en Hawái; y el trabajo de activistas ecuatorianxs para someter a plebiscito la presencia de las bases estadounidenses.

¿Qué podemos aprender de estas y otras estrategias contra la guerra y la militarización? ¿Qué es importante entender sobre el momento presente y, en particular, cuál es el papel de las luchas feministas en la organización antimilitarista?

Ojalá busca reportajes y artículos de opinión de escritorxs y activistas que exploren estos y otros temas. Estos artículos serán editados por nuestro magnífico equipo en colaboración con sus autorxs, traducidos al inglés o al español según sea necesario, y acompañados de ilustraciones originales. 

Si te interesa proponer un artículo para esta serie, consulta aquí nuestras indicaciones para el envío de propuestas e incluye “Propuesta sobre militarización” en el asunto de tu correo electrónico.

Dawn Marie Paley

Es periodista freelance desde hace casi dos décadas y ha escrito dos libros: Capitalismo Antidrogas: Una guerra contra el pueblo y Guerra neoliberal: Desaparición y búsqueda en el norte de México. Es editora responsable de Ojalá.

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