Disputar la reproducción social en tiempos de ultraderecha

Reproducción social, técnica mixta, 17 x 20 cm © verteselva.

Opinión • Claudia Hernández • 22 de mayo, 2026 • Read in English

En Chile llevamos 50 años viviendo en una sociedad en la que todas sus instituciones públicas nos recalcan día a día que cada quien sale adelante gracias a su propio esfuerzo. 

Que la familia —“el núcleo fundamental de la sociedad”, como dice la Constitución vigente y heredada de la dictadura de Pinochet— debe arreglárselas sola. Que es el mercado el encargado de organizar aquello que necesitamos para vivir. 

Han sido 50 años en los que los derechos sociales fueron convertidos en negocios para inversionistas privados. El Estado chileno, en vez de garantizar efectivamente el acceso a estos derechos como la salud, la vivienda, la educación, las pensiones, el agua o el medio ambiente, se ha encargado más bien de que sigan siendo nichos rentables para la acumulación capitalista.

Sabemos que este modo neoliberal de reorganizar la reproducción social se sostiene en una larga arquitectura colonial y patriarcal, que ha buscado naturalizar la idea de que la vida debe resolverse de manera privada y en el seno familiar. Eso ha significado que, históricamente, la tarea recae sobre el trabajo de las mujeres y los cuerpos feminizados.

Cada vez que el orden dominante entra en crisis, vuelvan a reforzarse los mismos pilares ideológicos: la familia, la propiedad privada, el orden y la seguridad (para el capital) como fundamentos incuestionables, nos dicen, de la sociedad.

Hoy, el gobierno ultraderechista de José Antonio Kast se empeña en continuar esta misión mediante una agenda de políticas públicas y de reestructuración del Estado. Su objetivo es reinstalar esos supuestos “valores fundamentales” del orden social a través del alarde mediático y discursivo. Su estilo es un poco menos estridente que el de Javier Milei o Donald Trump, pero igual de reaccionario.

Detrás de esas retóricas y políticas públicas, lo que efectivamente se profundiza es más precarización, más represión y criminalización, más racismo y producción de odio en el tejido social.   

Esta contraofensiva se dirige directamente contra tramas comunitarias y territoriales. Más allá de la familia nuclear heteropatriarcal, de los mercados capitalistas y de esos supuestos “valores fundamentales”, se reivindican y producen otras formas de organizar las relaciones con les demás y con el entorno en el que se habita. Desde allí, persisten en construir lo común y disputan las condiciones materiales para reproducir la vida.

En este sentido, hablar de la disputa por los términos en que se organiza la reproducción social permite hacer un giro político hacia una dimensión más profunda de la crisis que vivimos. Porque lo que está en juego no es únicamente un modelo económico determinado ni simplemente responder a la contraofensiva ultraderechista. Se trata de una disputa sobre qué tipo de relaciones, vínculos y formas de organización hacen posible la sostenibilidad de la vida misma. 

La vida de las personas no se sostiene sola

Uno de los mayores triunfos ideológicos del neoliberalismo en Chile ha sido institucionalizar la creencia de que no necesitamos ni dependemos de nadie para salir adelante. Es parte del lenguaje del gobierno y de las élites dominantes la trillada frase del esfuerzo propio. Como si la pobreza y la precariedad pudieran resolverse con ese “esfuerzo” y no fueran consecuencia de las grotescas desigualdades estructurales.

En Chile, esa creencia también se nos ha metido por los poros. Vivimos en una sociedad en la que está mal visto depender de otres. No ser capaces de resolver por nuestra cuenta lo que necesitamos para existir se ve como un fracaso personal.

Y si esto pasa en el plano de las relaciones humanas, más distancia y fragmentación sentimos con el territorio y el entorno en el que vivimos. ¡Como si tampoco dependiéramos de la naturaleza ni fuéramos parte de ella! 

Pero la falacia del individualismo se desmorona cuando miramos atentamente a nuestro alrededor. Sencillamente, nadie podría sobrevivir sin el cuidado de otres. Somos vulnerables y dependemos de otras vidas humanas y no humanas para sostener las condiciones materiales y simbólicas que permiten reproducir la existencia.

El mundo capitalista neoliberal, colonial y heteropatriarcal se erige precisamente sobre la negación permanente de nuestra vulnerabilidad y de nuestra condición de interdependencia. Sólo a partir de esa negación gobiernos como este pueden sentirse autorizados para hablar del “esfuerzo propio” e invisibilizar el hecho de que, en realidad, son entramados colectivos e interdependientes los que hacen posible sostener la vida.

Neoliberalismo autoritario como “reconstrucción nacional” 

Con apenas dos meses de gobierno, la administración ultraderechista de Kast ha anunciado una serie de medidas y políticas que permiten reconocer con claridad el carácter de la actual contraofensiva reaccionaria, conservadora y autoritaria. 

Dichas medidas se presentan en el marco de los discursos de austeridad. Dicen que el “Estado está en quiebra” y hablan de seguridad y de “reconstrucción nacional”. Entre ellas, intenta eliminar programas de alimentación escolar en las escuelas públicas y recorta la salud pública y avanza con el retiro de protecciones ambientales. A esto se suma una producción mediática constante de miedo y odio, especialmente dirigida contra la población migrante, las disidencias sexuales y los sectores empobrecidos. 

A ello se suma la política migratoria del gobierno de Kast, que pretende que los hospitales, consultorios y escuelas se transformen en espacios de denuncia obligatoria de personas en situación irregular. 

Sí, allí donde debería garantizarse una condición mínima de acceso a la salud y la educación, pretenden instalar la lógica de la vigilancia y la persecución.

El escándalo que ha generado el anuncio de cada una de estas medidas ha hecho que algunas retrocedan. Sin embargo, dejan ver la continuidad y la actualización de un proyecto conservador autoritario con raíces históricas en Chile. 

No resulta casual que el gobierno de Kast haya nombrado su principal propuesta de megarreformas como “Plan de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social” —el mismo nombre que el impulsado por la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet, en 1973. 

Aunque las condiciones sociales no son las mismas, este gesto político resulta determinante. Usando el mismo lenguaje, el gobierno chileno vuelve a centrar la falsa promesa neoliberal de que la inversión privada y la expansión del mercado terminarán beneficiando al conjunto de la sociedad.

Debilitar las regulaciones ambientales, expandir el extractivismo, recortar el gasto fiscal, desmantelar lo poco y nada de políticas sociales, son formas de trasladar a las familias el peso de sostener materialmente la existencia. Y es precisamente allí donde la disputa por la reproducción social deja ver su profundidad política. 

No es casual que la dictadura cívico-militar haya dirigido parte importante de su violencia hacia sindicatos, organizaciones territoriales, espacios comunitarios y formas colectivas de organización popular. La implantación del neoliberalismo también buscó destruir esas capacidades colectivas y comunitarias que se propusieron producir y defender lo común. Aunque no lo logró por completo.

Nuestras capacidades colectivas son peligrosas para las élites dominantes. Porque tienen el valor de demostrar empíricamente que la reproducción social puede organizarse de otras maneras, aunque sea por momentos, por instantes y de manera parcial y contradictoria. Porque existen capacidades colectivas y situadas para sostener cuidados, territorios, vínculos y condiciones materiales de existencia que no se subordinan plenamente a los designios del capital. Y es precisamente esa posibilidad de expandirlas la que la contraofensiva reaccionaria busca fragmentar, disciplinar y desarticular. 

Ciclos de sostener lo común

La contraofensiva de Kast en Chile no tiene reparos en relucir sus aspiraciones pinochetistas. Pero vale la pena recordar que durante esas cruentas décadas de dictadura (1973-1989) fue la economía popular y solidaria la que, a través de sus ollas comunes, redes de abastecimiento, fondos solidarios y financiamientos colectivos, la que hizo posible enfrentar el hambre, la pobreza y la represión vivida. 

La revuelta de octubre de 2019 tampoco apareció de la nada. Porque bajo décadas de neoliberalismo persistieron memorias, saberes y capacidades organizativas que volvieron a emerger cuando millones de personas salieron a las calles. 

¿Cómo se explica, si no, que en apenas unas semanas se multiplicaran las ollas comunes, las redes de cuidado, las brigadas de salud, las colectivas artísticas y las múltiples formas de organización capaces de paralizar Chile?

Lo vemos también hoy en las diversas experiencias y economías que persisten, con altos y bajos, contra viento y marea, sosteniendo lo común. 

Desde Wallmapu, por ejemplo, muchas prácticas y economías, como las redes de solidaridad y justicia por las defensoras mapuche desaparecidas, las recuperaciones territoriales y las redes de producción comunitaria han resistido al despojo, el extractivismo y la militarización permanente.  

Todas esas prácticas colectivas vienen insistiendo en algo fundamental: el territorio. Que sostener y defender lo común también implica sostener y defender territorio.

Lo común no aparece como una abstracción vacía ni como una simple forma de convivencia. Se produce como una práctica histórica, surgida de las experiencias concretas de quienes han debido organizar colectivamente la vida frente al despojo, la precariedad y la violencia. 

Es en esa persistencia de formas de producir, sostener y defender lo común donde sigue jugándose hoy una de las disputas políticas más decisivas del presente chileno.

Claudia Hernández Aliaga

Nacida en Santiago de Chile, descendiente mapuche con corazón de weichafe. Actualmente, investigadora militante en luchas antipatriarcales. Vive en Puebla, México.

Born in Santiago de Chile, with Mapuche roots and a weichafe heart. Currently an activist researcher interested in anti-patriarchal struggles based in Puebla, México.

Next
Next

La lucha por el espacio público en Guadalajara en vísperas del Mundial