Feministas en Chile se movilizan contra el Kastigo derechista
“Contra Kast, abajo el imperialismo yanqui”. Miles de personas protestan con un muñeco de Donald Trump en Santiago de Chile el 8 de marzo, 2026. Foto © Nicole Kramm Caifal.
Reportaje • Yasna Mussa • 20 de marzo, 2026 • Read in English
El 8 de marzo, las mujeres y colectivos disidentes salieron a las calles a lo largo de Chile y cubrieron todo de morado y verde. Fue una convocatoria urgente. El 11 de marzo, José Antonio Kast, militante del Partido Republicano, de extrema derecha, ultraconservador y antiderechos reproductivos, asumió la presidencia de Chile.
Ante su inminente llegada, las mujeres se esparcieron con fuerza por el espacio público, se convirtieron en lava volcánica. Lo decían en los mensajes que cargaban: “¡Tenemos rabia!”. Su rabia la transformaron en arte, música, poesía.
Salieron en casi todas las ciudades, vistiendo corpóreos, cargando letreros e interpretando escenas performáticas que replicaban los temas más importantes de la agenda nacional e internacional: los archivos de Epstein, la invasión de Irán, el cambio climático, la impunidad de Donald Trump, el genocidio en Palestina, los feminicidios y las resistencias de sur a sur.
“En momentos de conflicto, las mujeres y los derechos reproductivos quedan de lado ante la supervivencia”, dijo Antonia Pérez, obstetra descendiente de palestines en Chile, vistiendo la camiseta del equipo de fútbol Palestino y cargando la bandera palestina. “Ellas tienen que sobrevivir a una situación que viene de décadas y entonces todo lo que significa el parto, la dignidad de las niñas, las violaciones, todo eso queda en segundo plano y nadie se preocupa”.
El rojo, verde, negro y blanco de Palestina se replicaban en cada bloque de la marcha. Más adelante, otres cargan afiches con los mismos colores con los nombres y edades de mujeres y niñas asesinadas por el ejército israelí.
Miles de personas marchan en conmemoración del Día Internacional de la Mujer en Alameda, calle principal de Santiago de Chile, el 8 de marzo, 2026. Foto © Nicole Kramm Caifal.
Punta Peuco y la impunidad patriarcal
La marcha del 8M en Santiago se abre, da paso a comparsas, sale de los márgenes, se toma las veredas. A la altura de la Pontificia Universidad Católica, un lienzo llamaba la atención y muches posaban y se hacían selfies: “Ojalá odiaran a los pedófilos y criminales como odian a las feministas”.
Martina Cuevas sostenía el letrero de una de las esquinas. No pertenece a ninguna agrupación, pero dijo que se considera súper feminista y que tiene planeado militar en el Partido Comunista de Chile. Tiene 19 años y espíritu de artista, por lo que aprovechó para plasmar sus ideas sobre un letrero que pintó con su hermana y sus amigas.
“Quería demostrar que siempre he notado que hay más odio a mujeres feministas que luchan por sus derechos que contra los abusadores”, dijo Cuevas. “También apunta a lo que pasa hoy en día con lo de Punta Peuco, que están indultando a violadores de derechos humanos”.
El proyecto de ley conocido coloquialmente como Ley Punta Peuco busca conmutar penas para reos de avanzada edad o con enfermedades graves y puede beneficiar a personas condenadas por violaciones a los derechos humanos o delincuentes sexuales. Kast ha defendido el proyecto, que fue aprobado por el Senado días antes del 8M, falta que pase por una votación en la Cámara de Diputadas y Diputados para ser ley.
En esa misma línea marcha Marianela Chamorro, militante del Frente Feminista del Frente Amplio, una coalición política de izquierda y centroizquierda a la que pertenecía el gobierno saliente de Gabriel Boric. Pañuelo verde al cuello, los brazos en alto, un letrero que decía “Hoy marcho por las 14 niñas de Alto Hospicio. Por sus madres y su memoria. ¡No a la impunidad! Senado cómplice de violadores y asesinos”.
Su denuncia apuntaba al caso de 14 mujeres —la mayoría de ellas adolescentes— que fueron abusadas, asesinadas y desaparecidas durante 1998 y 2001 en la localidad de Alto Hospicio, cerca de la ciudad de Iquique, en el norte de Chile. Las víctimas y sus familias fueron revictimizadas por los medios y las instituciones que, en aquella época, culpaban a las mujeres por los ataques, con acusaciones machistas y clasistas, sin prestar atención a tiempo para impedir que estos crímenes siguieran repitiéndose. De aprobarse la Ley Punta Peuco, podría quedar libre el feminicida múltiple.
“Me preocupa mucho, como a muchas mujeres, que hoy día se esté pensando en legislar y ya esté avanzado ese trámite”, dijo Chamorro. “A pesar de que todos sabemos que hay una intención política solapada, [de] liberar a los presos de Punta Peuco, violadores de derechos humanos”.
Una multitud reunida frente al Palacio de la Moneda sobre Alameda, calle principal de Santiago de Chile, el 8 de marzo, 2026. Foto © Nicole Kramm Caifal.
Cuidado comunitario
Los 26 grados golpeaban sobre los más de 500.000 cuerpos que salieron a marchar ese domingo de final de verano. A diferencia de años anteriores, la llegada de la extrema derecha no era una advertencia sino una realidad. Los eslóganes y consignas apuntaban a no retroceder y mantener la lucha firme contra la impunidad. Aunque las organizaciones feministas entregaron cifras similares a las de años anteriores, las calles se sentían más llenas, ruidosas y expansivas.
“No te vayas a desmayar. Toma tu agüita. Come tu fruta”, vociferaba una mujer pegada a un megáfono. La Olla Común Huelén había montado una larga mesa en medio de la vereda: ofrecía agua helada, trozos de sandía, arándanos, fresas, melones, dispuestos al lado de una caja en la que recibían aportes voluntarios. El centro social y cultural fue formado por vecines durante el estallido social del 2019, y desde entonces cocina para la comunidad con convicción y amor.
Aunque en la organización también participan varones, en este último 8M solo participaron mujeres, quienes comparten labores de cuidados y se complementan con sus saberes intergeneracionales.
“Nosotras siempre estamos aquí por nuestros derechos y nos paramos de manera firme”, dijo Magaly Valencia, una profesora jubilada que participa en la olla común. “Una vez al mes, hacemos una comida para la gente sin hogar gracias a los aportes voluntarios que juntamos y salimos a repartirla por las calles”.
Recalcó la importancia del rol social e histórico que las ollas comunes han desempeñado en Chile, iniciativas autogestionadas de alimentación colectiva surgidas durante la dictadura y replicadas en contextos de crisis económica, huelgas o emergencias sanitarias, y casi siempre lideradas por mujeres pobladoras.
Valencia, quien en las últimas elecciones apoyó a la candidata de izquierdas Jeannette Jara, aseguró que no entiende que la gente haya preferido votar por un presidente como Kast, que advertía desde un inicio su intención de reducir los programas sociales, los derechos de las mujeres y la educación pública, eligiendo “retroceder con este gobierno de extrema derecha”.
Una batucada marcó el ritmo de la manifestación mientras se acercaba a la Biblioteca Nacional. Más adelante, caminando por la Alameda, un letrero rezaba: “Quiero que todas las niñas sepan que pueden ser científicas. Más mujeres en la ciencia, menos en las estadísticas de violencia”. Lo sostenía Violeta Villarroel, de 10 años, quien marcha cada 8 de marzo junto a su madre, Diana Reyes.
“Creo que las niñas tienen que tener voz y tienen que entender desde chiquititas que estos espacios también son de ellas, entonces yo la traigo desde los dos años,” dijo Reyes. “Ella también se siente parte y cree que puede ser capaz de hacer cosas para cambiar este mundo y que sea un lugar mejor”.
“Estoy acá para que las mujeres podamos ser libres, se respeten nuestros derechos y seamos escuchadas”, agregó la pequeña Violeta.
Arriba del techo de una parada de buses, un grupo de manifestantes coreaba “El violador eres tú”, que se volvió un himno feminista en plena revuelta social de 2019. Fue entonces que el colectivo feminista Las Tesis presentó su performance que dio la vuelta al mundo y situó la vergüenza en el lado correcto, al apuntar al patriarcado.
Manifestantes marchan con fotografías de mujeres palestinas en el marco del Día Internacional de la Mujer en Santiago de Chile el 8 de marzo, 2026. Foto © Nicole Kramm Caifal.
Resistencia transfeminista
Un grupo de jóvenes se detuvo en la vereda norte de la Alameda. Hicieron fila para fotografiarse con la mujer que admiran: Emilia Schneider, exdirigenta estudiantil, activista y la primera diputada transgénero en la historia de Chile. Schneider hoy es un referente y sus seguidoras se lo hacen saber.
A un costado desfila un corpóreo con la cara del presidente y el mensaje: “No merecemos este Kastigo”.
Los colectivos disidentes, la comunidad LGTBQ+ y las organizaciones feministas están preocupados ante el escenario que se avecina, con la extrema derecha en el poder y líderes que han manifestado sin pudor sus discursos homofóbicos y transfóbicos.
Entre la multitud se abría paso un vehículo con parlantes y activistas coreando cánticos feministas. Era la camiona Mónica Briones, bautizada así en honor a una pintora y escultora víctima de feminicidio en plena dictadura, considerado el primer caso documentado de un crimen de odio lesbofóbico en Chile.
De la camiona colgaban banderas trans con trazos celestes, rosa y blancos. Por el otro lado, aparecían los retratos de otras víctimas de lesbicidio como Nicole Saavedra y Anna Cook. Mientras el vehículo avanzaba lentamente, una activista, megáfono en mano, demanda: “salud trans para Chile”.
Kast pasó años advirtiendo su postura frente a derechos sociales y reivindicaciones feministas antes de convertirse en presidente. No solo está en contra del aborto libre, sino que ha asegurado que espera retroceder en materia de derechos sexuales y reproductivos.
En febrero, recién elegido presidente, aprovechó una gira en Europa para reafirmar su rechazo a lo que cataloga como “feminismo ideológico”. Además, ha manifestado su oposición a la adopción homoparental, el matrimonio igualitario, la ley de Identidad de género y los derechos de niños, niñas y adolescentes trans.
El recorrido por esos kilómetros en los que avanzaba la marea parecía una revisión de una pauta urgente. Un mundo hostil en el que, porfiadamente, emergen ideas y denuncias, pero también belleza y humor. El 8 de marzo es un momento clave de reflexión antes de que escalen los conflictos y las minorías deban salir con más fuerza, con mayor urgencia y convicción para defender los derechos conquistados y avanzar, sin tregua, en lo que aún nos falta.

