Una comida compartida y un abrazo colectivo
Randa Alagha sirve dulces árabes a asistentes de un almuerzo solidario por Palestina en Santiago, Chile, el 27 de junio de 2026. Foto © Sofía Yanjarí.
Reportaje • Yasna Mussa • 20 de agosto, 2026 • Read in English
Hasta unos meses antes de aterrizar en Chile el 10 de septiembre de 2025, Randa Alagha y su familia no podían ubicarlo en un mapa. La primera vez que escuchó su nombre cuando vivía en Gaza, Palestina, su tierra natal, tuvo que buscar “Chile” en Google.
Desconocía que el idioma principal de Chile es el castellano, que está en el sur de América y que es un estado laico, aunque la mayoría profesa el cristianismo. Tanto Alagha como su marido, Mohammed Tabal, jamás imaginaron que en territorio chileno reside la mayor cantidad de palestinos fuera del mundo árabe.
Pero, casi de la noche a la mañana, en medio del caos que atravesaba la barbarie del genocidio en Gaza cometido por Israel, no sólo tuvo que conocer lo esencial sobre Chile en tiempo récord, sino también lidiar con que su lejanía significaba también una oportunidad. Los 11 mil kilómetros que separan Chile de Palestina aseguran una vida tranquila y a salvo para la pareja y sus cuatro hijos, apartados de las bombas, la ocupación, la aniquilación y deshumanización del pueblo palestino.
Compartir el pan y la sal
Es el domingo 26 de abril, algunos meses atrás. Santiago, capital de Chile, está cubierto por una luz cálida de sol otoñal. En el frontis del Colegio de Psicólogos, una asociación gremial, hay globos y banderas de Palestina. Lo que habitualmente es el salón principal está atravesado por una mesa repleta de comensales que conversan y ríen como si estuvieran en una celebración familiar. Al fondo, en la cocina, Tabal saluda sonriente con un gesto afable, sin quitar su atención a las ollas que humean sobre la cocina.
Cada una de las mesas dispuestas está llena. Solo queda disponible un pequeño espacio en uno de los patios interiores. Allí, compartiendo con personas desconocidas, nos instalamos sin saber muy bien cómo funciona este Maklube Palestino Solidario. Al igual que muchxs de lxs presentes en este almuerzo, supimos de esta iniciativa a través de las redes sociales.
“Te invitamos a ser parte de una experiencia única: un almuerzo tradicional palestino preparado por la familia Tabal”, decía el afiche publicado en Instagram. “El plato central será Maklube (مقلوبة), una receta emblemática de Palestina cuyo nombre significa ‘dar vuelta’: arroz, verduras, carne y especias, cocinado con paciencia y tradición”. La meta era juntarnos para compartir, pero también recaudar fondos para la familia Alagha-Tabal
Se acerca a nuestra mesa el pequeño Ghaith, de 8 años, el tercero de los hijos de esta familia palestina oriunda de Gaza. Convertido en mesero improvisado, nos pregunta si queremos beber jugo o gaseosa. Su español es tímido, pero parece ser el intérprete de su familia. Con esa espontaneidad que brota en las infancias, en poco tiempo ha aprendido el idioma de su nueva residencia y es el anfitrión natural que recibe a los comensales.
Cuando la comida está lista, Tabal, que en Gaza se dedicaba a la venta de automóviles pero a quien el exilio convirtió en cocinero, toma la olla por las asas. Lxs asistentes se ponen de pie, se acercan al mesón y activan expectantes las cámaras de sus celulares: el chef voltea la enorme cacerola y la retira lentamente.
La magia aparece. Una enorme torta de arroz húmea y lxs presentes aplauden, emocionados, dispuestxs a probar por primera vez este plato tradicional palestino o a rememorar los sabores ya conocidos que se preparaban en casa, según sea el caso. La comida como intercambio entre culturas. Los sabores como recuerdo de una tierra despojada a la que muchxs añoran volver.
Randa Alagha, refugiada palestina en Chile, durante un almuerzo solidario por Palestina en Santiago, Chile, el 27 de junio, 2026. Foto © Sofía Yanjarí.
Decir adiós a Palestina
El 7 de octubre de 2023, el día en que todo cambió para esta familia procedente de Jan Yunis, la segunda ciudad más grande de la Franja de Gaza, Alagha tenía tres meses de embarazo. La alegría de esperar a su cuarto hijo se fue empañando con el miedo, la incertidumbre, la tristeza y la desesperanza.
Hoy, instaladxs en un departamento gestionado por el estado chileno que les entregó el estatus de refugiadxs bajo el gobierno de Gabriel Boric, Alagha dice —en inglés— que le cuesta aprender español porque su mente y su corazón siguen en Gaza. Con su familia, que sigue viviendo allí y que sobrevive a circunstancias extremas. Y con su madre, que está sola, hospitalizada en Egipto.
Aunque su cuerpo se subió a un par de buses y a tres aviones para llegar hasta este otro rincón del planeta, esta profesora de árabe de 38 años se siente en una especie de limbo que no le permite estar cerca del resto de sus seres queridos ni instalarse por completo en su nuevo país. Mientras hablamos, cuando Alagha olvida alguna palabra, Yacoub, su hijo mayor de 18 años, interviene para completar la oración.
“Nos cuesta mucho pensar en el futuro. Creo que aún estamos en estado de shock. Nosotros teníamos planes y sueños, pero ahora tuvimos que empezar nuestra vida de cero, entonces es difícil imaginar el futuro”, dice Yacoub cuando le pregunto sobre cómo imaginan su vida en la tierra que los recibió.
Entrevisté a Alagha el viernes 17 de julio, en pleno invierno austral, cuando se cumplen 10 meses desde que llegaron a Santiago. Me sirve té árabe endulzado, jugos de frutas, unas masas rellenas con queso y manakish, una masa de pan cubierta con una mezcla de za’atar y aceite de oliva. En su relato va y viene entre el horror de sus últimos meses en Gaza y el agradecimiento infinito que siente por Chile. Por el recibimiento cargado de solidaridad y preocupación de estos meses.
Los recuerdos de esos días en Gaza en pleno genocidio reflejan la experiencia común de haber conocido el espanto: bombardeos masivos, folletos lanzados desde el cielo anunciando que serían atacadxs, la desesperación de salir apenas con lo básico y buscar un refugio en medio del pánico colectivo.
Luego vendría la escasez. La dificultad para encontrar abrigo, una ducha, comida, lo esencial.
Con esa hospitalidad tan palestina, Alagha me insiste en que coma y que beba el té antes de que se enfríe. De pronto, corriendo con torpeza, aparece Yaman, el menor del grupo. La madre me cuenta que hace un mes que asiste a un jardín infantil en su comuna, mientras Ghaith y Kenan, sus hermanos de ocho y 15 años, van a la escuela islámica en otra comuna de Santiago. Por su parte, Yacoub, el mayor, acaba de rendir de manera remota y con éxito el Tawjihi, el examen de egreso de la educación secundaria palestina y espera estudiar medicina.
Mohammed Tabal sirve los platos de comida a asistentes de un almuerzo solidario por Palestina, en Santiago, Chile, el 27 de junio, 2026. Foto © Sofía Yanjarí.
Yaman, con la energía y curiosidad con que los niños descubren el mundo, irrumpe en el salón y quiere tomarlo todo, sonriente y travieso. Le pregunto en español cuántos años tiene y su madre no da crédito a lo que ve. El más pequeño de sus hijos, de quien no sabía que ya entendía algo de español, que lxs adultxs aún no comprenden, levanta sus dedos índice y medio mostrándome un dos.
Alagha se emociona. Ese niño de cabello rizado, alegre y juguetón llegó al mundo en las circunstancias más adversas, después de que la madre pasara más de la mitad del embarazo huyendo de la muerte, enfrentando condiciones infrahumanas en medio del invierno del Levante.
El día que Yaman nació, estaban viviendo en una tienda de campaña, sin abrigo y anegándose cada vez que llovía. Allí, Alagha tuvo una cesárea sin insumos médicos básicos, como gasas o sábanas quirúrgicas, ni condiciones de higiene adecuadas. Era la vida extendiéndose más allá de lo posible. Lo bautizaron con el nombre de Yaman, cuya traducción del árabe es bendecido, portador de bondad, bendiciones y felicidad.
Ante ese milagro, la familia Tabal-Alagha decidió buscar la manera de salir de Gaza. Mediante otrxs palestinxs que conocieron durante el año y medio que llevaron desplazadxs, mudándose cada vez que Israel decidía atacar una nueva zona de la franja, supieron que Chile, ese país desconocido, podría ser un intento, una posibilidad.
No hubo tiempo para despedidas ni para asimilar lo que eso significaba. En un lapso de 10 días recibieron la luz verde y las instrucciones: debían salir con lo puesto. Ni siquiera una mochila, ni un bolso, ni pañales para Yaman, ni leche para su biberón. Todas sus pertenencias en Gaza estarían reducidas apenas a sus documentos de identidad dentro de una bolsa transparente. Eran las condiciones que imponía la ocupación israelí.
Hay pocas convicciones tan poderosas como la de aferrarse a la vida. La familia Tabal-Alagha se subió a un bus que los llevó a la frontera con Cisjordania. Allí tomaron otro bus hasta Ramallah, donde los esperaba el embajador de Chile. En el camino les entregaron pañales y alimentos. Siguieron la ruta hasta la capital jordana. En Ammán otro diplomático chileno les daba la bienvenida, preocupado no sólo por la coordinación, sino también por entregarles ánimo y asegurarse de que todo estaba en orden: maletas con ropa nueva, kits de higiene, accesorios básicos para los niños, pañales, un biberón.
Lo que más llamó la atención de todos fueron las reacciones de Yaman frente a sus primeras veces: la primera vez que vio automóviles, la primera vez que vio y comió un huevo, la primera vez que vio la televisión.
Mohammed Tabal, refugiado palestino en Chile, durante un almuerzo solidario por Palestina en Santiago, Chile, el 27 de junio, 2026. Foto © Sofía Yanjarí.
Solidaridad al otro lado del mundo
En estos 10 meses de estadía de la familia gazatí, que llegó junto a más de 50 personas acogidas como refugiadas, aún no ha podido conocer mucho de Chile. La excepción fue un viaje a Viña del Mar, una ciudad ubicada en la costa, a unos 120 kilómetros de la capital.
“Nos encantó y nos impresionó. Se parece mucho a Gaza antes de la guerra. Sobre todo, la avenida que cruza la costa con sus edificios y palmeras”, dice Alagha.
La hospitalidad que han recibido de las autoridades y de lxs ciudadanxs no dejan de conmoverlxs. En un gesto de reciprocidad, el sábado 27 de junio organizaron un Almuerzo Solidario por Palestina dentro de un encuentro comunitario en la Casa de la Memoria. Allí, junto con el Colectivo Sumud Qum —que en árabe significa resistir y levantarse— Tabal preparó una mujaddara palestina, un plato tradicional a base de lentejas y arroz. Todo lo recaudado iría en ayuda de sus familiares que continúan viviendo en medio de la destrucción de Gaza.
Pero el encuentro en esta casona no es sólo un espacio para compartir esta comida popular palestina. Son también los muros que sostienen una exposición fotográfica sobre la resistencia en Chile. Retratos de detenidxs desaparecidxs durante la dictadura. Artesanía árabe. Repostería palestina. Música, guitarra e infancias jugando entre lxs comensales.
Un tímido Kenan, el segundo hijo, cubierto con un keffiyeh, toma el micrófono y lee un papel. Con la voz nerviosa pronunciando palabras que recién ha aprendido, en un idioma que de a poco hace suyo, comienza a declamar su primer poema en español:
Mi nombre es palestino
No lo susurres
Dilo como se dice la verdad, alto y sin miedo
Mi nombre es palestino,
no un eslogan,
no una pancarta de temporada.
Mi nombre es palestino.
No soy un número en una fila de espera,
no soy una foto doblada después de las noticias
Soy hijo de una tierra solitaria.
Mi nombre es Palestina.
Cuando lo pronuncio,
las preguntas rugen,
los rifles flaquean
y la historia despierta de su falso sueño.
Dijeron: Se acabó.
Dije: Es el principio.
Dijeron: ¿Cuándo olvidarás?
Dije: Cuando la tierra olvide su propio nombre.
Mi nombre es palestino.
Si lo invoco, la tierra responderá.
Si lo niegan, la sangre lo probará.
No tomo prestada mi identidad,
no explico mi dolor,
no pido permiso para estar aquí.
Mi nombre es palestino,
escrito con tinta que nunca se seca,
manchado con la paciencia de las madres
y la ira de los niños
que crecieron
antes de tiempo.
No morimos
solo somos pospuestos.
Al final,
no me pregunten quién soy.
Soy palestino.

