El machismo militar marcha en Brasil y Argentina
Ilustración original para Ojalá por @pazconadie.
Opinión • Marcela Gottschald • 1 de octubre, 2026 • Read in English
Este es el segundo de una serie de artículos sobre la militarización organizada por Ojalá—Eds.
El militarismo latinoamericano no desapareció cuando terminaron las dictaduras, entre finales de los años setenta y comienzos de los noventa. En Brasil y Argentina, cuyas dictaduras terminaron en 1985 y 1983 respectivamente, las fuerzas armadas perdieron terreno como actores políticos directos, pero la asociación entre fuerza, disciplina, autoridad y orden, y una determinada idea de masculinidad sigue presente en el discurso político hasta el día de hoy.
En Brasil, esta asociación es particularmente evidente en el bolsonarismo. Jair Bolsonaro convirtió su defensa de la dictadura y vergonzoso pasado militar —que incluyó conflictos con sus superiores y su salida del ejército después de ser acusado de participar en planes para realizar atentados con explosivos— en elementos centrales de su identidad política.
Durante el gobierno de Bolsonaro, la reivindicación de las fuerzas armadas convivió con un discurso oficial que exaltaba la autoridad, la violencia y una idea tradicional de masculinidad.
Su derrota en las elecciones de 2022, en las que Luiz Inácio Lula da Silva ganó la presidencia, provocó que miles de personas instalaran campamentos frente a cuarteles militares en todo el país a modo de protesta para pedir a los militares que impidieran la transición democrática. También hubo escenas tristes y cómicas a la vez de hombres mayores marchando como si fueran militares. Poco después, el 8 de enero de 2023, miles de bolsonaristas invadieron y destruyeron las sedes de los tres poderes en Brasilia. Muchos de los participantes fueron posteriormente procesados y condenados, mientras algunos permanecen en prisión preventiva a la espera de una decisión judicial.
Argentina atraviesa un proceso semejante de discursos cada vez más militarizados, pero con diferencias marcantes debido a la forma en que el país lidió con su última dictadura. Tras el retorno de la democracia, Argentina juzgó a los principales responsables de la dictadura. Aunque ambos países promulgaron leyes que protegieron a los militares de los juicios, en Brasil aún rige la Ley de Amnistía de 1979, mientras que en Argentina se derogaron sus leyes de impunidad en 2003.
A pesar de que Javier Milei no reivindica a las fuerzas armadas con la misma intensidad que Bolsonaro, su gobierno ha fortalecido su rol y socavado sistemáticamente las políticas dirigidas a combatir la violencia de género. Ambas dimensiones forman esa visión que exalta la autoridad, la fuerza y una idea tradicional de masculinidad.
En Chile y Argentina hay intentos constantes por parte de gobiernos de derecha de reescribir el pasado dictatorial. En Argentina, eso ha tomado la forma de discursos que relativizan los crímenes de la dictadura, cuestionan las cifras de víctimas y presentan el terrorismo de estado como una respuesta legítima a la violencia de las organizaciones armadas.
Pero nada de esto ocurre por casualidad. No es que Milei, Bolsonaro y tantos otros dirigentes de extrema derecha simplemente se hayan despertado un día y hayan decidido que hacía falta más masculinidad en los hombres y más poder para las fuerzas armadas. El momento histórico y las semejanzas discursivas muestran una convergencia alrededor de ciertas ideas sobre masculinidad, autoridad, fuerza y orden.
Pasados diferentes, discursos parecidos
La socióloga argentina Verónica Gago y la antropóloga brasileña Rosana Pinheiro Machado vinculan el ascenso del resentimiento masculino al deterioro de las condiciones económicas. En ambos países, ese resentimiento ha encontrado un blanco en quienes luchan contra una de las grandes formas de desigualdad que atraviesan nuestras sociedades. Es allí donde el feminismo puede convertirse en un chivo expiatorio retórico, en un enemigo del progreso social y económico.
Gago lo explica de forma bastante directa en una entrevista para El País. La ultraderecha toma frustraciones sociales, como la falta de trabajo, vivienda y oportunidades para les jóvenes, y las transforma en resentimiento contra las mujeres y disidencias. En lugar de discutir por qué esas condiciones se deterioraron, se ofrece una explicación mucho más sencilla: alguien obtuvo lo que debería haber sido suyo.
Es lo que Pinheiro Machado llamó la “crisis del macho”, vinculada a la pérdida del potencial económico y al cuestionamiento del papel tradicional del hombre como proveedor. Para ella, esta crisis alimenta directamente al bolsonarismo y sus expresiones violentas y autoritarias.
En Argentina, un informe de la Fundación Heinrich Böll sobre masculinidades entre jóvenes varones que votaron por el partido gobernante, La Libertad Avanza, y comparten su agenda cultural, muestra una dinámica similar.
Algunos de los entrevistados enfatizan la imposibilidad de alcanzar el modelo de vida que tuvieron sus padres al hablar de sus dificultades económicas. En algunos de sus testimonios, las mujeres y las disidencias aparecen como parte del problema. Si los hombres tienen más dificultades para conseguir trabajo, algunos consideran que se debe a que las mujeres tienen ventajas que antes no tenían. La frustración económica vuelve a convertirse así en una disputa entre hombres y mujeres.
Por eso, el imperativo percibido de luchar contra el “virus mental de la ideología ‘woke’”, usando las palabras de Milei en el Foro de Davos en enero de 2025, gana fuerza. La idea de que los hombres perdieron algo que les pertenecía ha transformado una frustración económica en una disputa por el lugar que ocupan dentro de la sociedad. Y es justamente allí donde el discurso sobre la masculinidad empieza a encontrarse con una determinada idea de autoridad.
El militarismo de ultraderecha
En Brasil, Bolsonaro convirtió a las fuerzas armadas en parte de su proyecto político, lo que llevó a que miles de militares pasaran a ocupar cargos civiles durante su gobierno. También utilizó a las fuerzas armadas en operaciones de seguridad en la Amazonía.
En 2022 las fuerzas armadas participaron en la fiscalización del proceso de votación que llevó a Lula da Silva a la presidencia del país, mientras Bolsonaro ponía públicamente en duda la seguridad del sistema electrónico de votación. Aunque los militares ya participaban en tareas relacionadas con las elecciones, su intervención en 2022 tuvo una dimensión política que fue más allá de sus funciones tradicionales.
Pero esto no estuvo acompañado por un aumento del presupuesto militar. Según el Ministerio de Defensa, cuando se corrige por la inflación, el gasto fue menor en 2022 que en 2019. Lo que cambió con Bolsonaro fue el lugar que los militares ocuparon dentro del gobierno.
A su vez, en Argentina, Milei actuó sobre las restricciones que habían limitado la intervención militar en asuntos de seguridad interna. En 2025 el gobierno inició la Operación Presidente Julio Argentino Roca en la frontera norte y noreste del país, donde las fuerzas armadas ejecutaron tareas de “vigilancia y control”. El propio Milei afirmó que estaba “reconciliando las fuerzas armadas con la política” y, en diciembre de 2025, reemplazó al civil Luis Alfonso Petri al frente del Ministerio de Defensa por el entonces jefe del ejército, el teniente general Carlos Alberto Presti. Es la primera vez desde el retorno de la democracia que un uniformado ha llevado a las fuerzas armadas al nivel del gabinete.
Tanto en Brasil como en Argentina, la ultraderecha ha ampliado el espacio político de las fuerzas armadas, ya sea mediante su incorporación al gobierno o mediante la extensión de sus funciones dentro del territorio nacional.
La masculinidad como autoridad
El hombre que aparece como respuesta a esa supuesta pérdida económica y de estatus social no es solamente el proveedor que recupera su lugar en la familia. También es el hombre que manda, que no acepta ser desplazado y que está dispuesto a enfrentarse a sus enemigos. En ese sentido, la masculinidad que reivindica la extrema derecha tiene mucho en común con la imagen tradicional del militar.
No es necesario que todos los hombres que comparten el discurso antifeminista quieran un gobierno militar. Tampoco que todes les seguidores de Milei o de Bolsonaro tengan la misma relación con las fuerzas armadas. La pregunta es qué tipo de autoridad aparece como deseable cuando el mundo en el que esos hombres esperaban vivir parece haberse desmoronado.
Los hombres acampados frente a los cuarteles después de la derrota de Bolsonaro ofrecen una imagen bastante clara de esa relación. No eran militares, pero marchaban como si lo fueran y esperaban que las fuerzas armadas intervinieran. La escena podría parecer ridícula, y realmente lo era, pero también mostraba una identificación con una institución que, para ellos, representaba algo que la democracia ya no parecía garantizar: suficiente fuerza para recuperar un orden que consideraban perdido.
Aunque no sean sinónimos, antifeminismo y militarismo están vinculados y pueden expresar una reacción similar ante transformaciones sociales que cuestionan roles y jerarquías tradicionales. El rechazo a los feminismos, la nostalgia por una familia tradicional y la defensa de jerarquías más rígidas expresan, en distintos grados, una reacción frente a los avances en los derechos de las mujeres, como el derecho al divorcio, la autonomía reproductiva y la igualdad legal.
Las transformaciones en las relaciones de género dejan de ser parte de un proceso social más amplio y pasan a ser presentadas como una pérdida masculina. La democracia, a su vez, puede presentarse como incapaz de recuperar aquello que supuestamente se perdió.
En ese escenario, la figura del hombre fuerte adquiere una utilidad política que trasciende a Bolsonaro o Milei. Es una forma de imaginar una autoridad específica capaz de devolver la estabilidad a un mundo que dejó de ofrecer las certezas del pasado. El militar aparece como una de sus representaciones más claras, pero la misma lógica puede encontrarse en la exaltación del líder que no negocia, del padre que manda o del hombre que no acepta ser desplazado.
El militarismo no desaparece cuando los militares dejan de gobernar. Ha perdurado como una idea de autoridad, como una nostalgia por jerarquías que parecían naturales y como la promesa de que alguien, finalmente, volverá a poner las cosas en su lugar. Y cuando el electorado cree que esa promesa es el antídoto contra su miedo al cambio, los líderes autoritarios u “hombres fuertes” dejan de pertenecer al pasado. Se convierten nuevamente en una amenaza para nuestro presente y futuro.

