Desatemos el nudo punitivista

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Opinión • Raquel Gutiérrez Aguilar • 2 de octubre, 2026 • Read in English

El mes pasado, un terremoto arrasó el Programa de Estudios e Intervención Feminista (PEIF) asentado en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA) en el sur de México. El Programa se quedó sin las cuatro profesoras que lo sostienen y le dan continuidad.

El 11 de septiembre —tan cargado de memorias— Teresa Garzón, Delmy Cruz, Karla Somosa y Marisol Anzo Escobar, profesoras investigadoras del PEIF, fueron notificadas que quedaba rescindido su contrato por la presunta comisión de faltas incluyendo la discriminación y la violencia contra una trabajadora del posgrado.

La notificación se hizo a través de un mensaje de correo electrónico que llegó desde la oficina legal de la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), la universidad pública de la cual el CESMECA es parte.

Para estas profesoras no hubo audiencias con alguna autoridad universitaria superior antes de la expulsión y tampoco se les llamó a alguna clase de conciliación tras la queja presentada por una trabajadora administrativa, pese a que dos de las ahora despedidas son profesoras-investigadoras definitivas. La destitución fue sumaria y el programa de posgrado quedó a la deriva.

La destrucción del PEIF afecta de manera grave a la vida académica de más de 20 estudiantes vigentes de la maestría y doctorado en Estudios e intervención feminista. Descoloca, además, a otrxs tantxs colegas que realizaban sus estancias posdoctorales en el PEIF. ¿Por qué tanta urgencia de destruir ese centro de formación e investigación?

La historia es larga y huele mucho a disciplinamiento hacia cuatro profesoras feministas aguerridas, rebeldes e incómodas. Suena a venganza y a escarnio ejemplarizador que se busca disfrazar de justicia, mientras afirma proteger contra faltas claramente condenables: racismo y violencia. 

Maniobra conocida: tramitar desacuerdos sumergiendo la discusión en el añejo dispositivo binario inocencia/culpabilidad absoluta. En este caso, la rectoría de la UNICACH y la dirección del CESMECA, primero castigan —despiden— y luego investigan. Presumen culpabilidad y golpean, revisten todo con el tinte del escándalo para, además, debilitar las posibilidades de defensa legal de las ahora exprofesoras.

El binario inocencia/culpabilidad inserta cualquier conversación en el marco argumental de un tribunal que no tiene como objetivo ni enmendar —en caso de que hubiera alguna falta— ni recomponer aquello que se hubiera fisurado o roto. El par inocencia/culpabilidad empuja hacia el castigo, no hacia verdad y justicia.

Víctima-verdugo-redentor

La técnica para golpear y seguir demoliendo el PEIF tras los despidos ha consistido en colapsar un debate urgente sobre prácticas y luchas antirracistas y antipatriarcales al interior de un centro de trabajo universitario. Así, el asunto se traduce en las redes sociales como escándalo saturado de críticas sobre el comportamiento puntual de ciertas profesoras.

Esto oculta y posterga cualquier debate sobre la gestión académica dentro de los centros de enseñanza y sobre el denso y creciente control administrativo de las actividades de profesorxs y estudiantxs. Cuestión que es, a mi juicio, el fondo del problema que estamos abordando: un asunto estructural de cómo y hasta dónde se pueden subvertir las rigideces universitarias. 

Pero bueno, ¿para qué discutir sobre la brecha salarial entre profesores de tiempo completo y profesores precarizadxs bajo contratos de lo más frágiles y variados? ¿Para qué discutir sobre el futuro de lxs doctorxs jóvenxs que no encuentran trabajo adecuado y satisfactorio tras esforzarse para culminar sus estudios? 

Esos temas no conviene tratarlos, ¡qué mejor que ahogarlos bajo una campaña de desprestigio contra unas profesoras que son expuestas como crueles, arbitrarias y rudas! ¡Claro! Tras el despido se requiere producir legitimidad para cubrir una decisión ilegal.

Por ello, en los primeros días tras la expulsión, se alentaron denuncias que amplifican la imágen de las profesoras como auténticas “verdugas” de estudiantes que, por lo mismo, se instalan en el lugar de víctimas, inocentes y perfectas.

La redención ¡cómo no! viene de arriba: las justicieras autoridades del CESMECA y la UNICACH intervienen evaporando un sitio de pensamiento feminista perseverante y radical con su flamígera decisión de despido sumario. 

¡Fantástico! Con ese triángulo perverso patriarcal de víctima-verdugo-redentor se ha restablecido el orden institucional, se ha desautorizado a quienes, sin ser perfectas y, más bien, estando llenas de contradicciones, pelean por abrir espacios para otras. Además, esa potente creación, el PEIF, fundado hace más de 10 años, queda tocado de muerte.

La tensa historia del PEIF

El PEIF fue fundado en 2014 por Mercedes Olivera, Teresa Garzón y Teresa Ramos. Se trata de un programa que se propone ir más allá de los estudios de género presentándose como un nodo de formación e investigación abiertamente feminista. Además, alienta la intervención feminista, es decir, insiste en ligar el estudio de las luchas y las ideas de las mujeres a la práctica antipatriarcal de modo sistemático.

Olivera (1934-2022) fue una destacada antropóloga feminista mexicana de izquierda que dedicó muchísimos años de su vida al trabajo de formación entre las mujeres. Fue ejemplo de solidaridad, entre otras, con las mujeres indígenas de Guatemala que sufrieron desplazamiento durante los peores momentos del llamado conflicto armado interno, que duró de 1960 a 1996.

El PEIF nunca ha sido un posgrado ni sencillo, ni complaciente ni terso en su funcionamiento interno. Cuando algo avanza a contracorriente no es raro esperar turbulencias intensas.

Algunos años después de su fundación, el PEIF sufrió un desgajamiento cuando Olivera fue desafiada por mujeres más jóvenes, en particular por Garzón. 

Hay pues en este posgrado feminista una historia previa de desacuerdos y conflictos entre compañeras que, al interior del CESMECA, nunca ha cicatrizado bien.

Sin embargo, han sido la propia Garzón junto a Cruz y las otras profesoras expulsadas quienes han sostenido el trabajo hasta ahora. Lo han mantenido, con muchísimo esfuerzo, como espacio de pensamiento y lucha feminista en el sur de México.

¿Dónde nos colocamos?

Calificarnos entre nosotrxs y difundir testimonios acusadores para alimentar un escándalo en redes que debilite la continuidad del PEIF es, a mi juicio, la peor forma posible de abordar el conflicto. Abrir espacios de debate y reflexión sobre este nudo conflictivo entre luchadoras que estudian e investigan podría nutrir la práctica feminista colectiva. En todo caso, creo que conviene colocarse “contra” la práctica del despido sumario y la destrucción del carácter belicoso e incómodo de la herencia de Mercedes Olivera.

Cuando las Mujeres Creando allá por los años 90 comenzaron a llenar las calles de La Paz, Bolivia, con consignas feministas había una que me gustaba particularmente: “¡Tú me quieres vírgen, tú me quieres santa, tú me tienes harta!”.

Era una consigna que, claramente, disputaba la prerrogativa patriarcal de marcar criterios de perfección —virginidad, santidad— a los que las mujeres debían ceñirse.

Si bien la fuerza de aquellos criterios se ha ido desvaneciendo como efecto de las incansables luchas y críticas de muchísimxs feministas, parece que ahora necesitamos estabilizar nuevos términos de aceptación y reconocimiento entre nosotrxs que no se conviertan en exigencias recíprocas de perfección cargadas de arrogancia. 

Criterios que den sentido a algún pacto ético entre distintas, que nombren con claridad lo inaceptable en términos de la convivencia colectiva fértil, sobre todo si ésta es cotidiana y constante como ocurre en las aulas universitarias. Criterios que construyan formas de regulación de las prácticas que compartimos respetando diferencias y que no asfixien la singularidad de cada quien.

Si seguimos el camino de ensanchar listas de agravios que bloquean posibles dinámicas de equilibrio en la convivencia, si nos exigimos unas a otras actitudes ideales y perfectas, paciencia infinita y capacidades inagotables para arropar y cuidar a lxs demás, entonces estaremos reconstruyendo una nueva variante de aquel antiguo ”tú me quieres santa, tú me quieres virgen”. 

Tengamos presente que a lo largo de todos estos años hemos ensayado muy diversas acciones de des-normalización de las violencias patriarcales que se imbrican limitando nuestras posibilidades creativas. 

Recordemos que con mucho esfuerzo emprendimos acciones colectivas de creación y sostenimiento de espacios para nosotrxs. Algunos dentro de instituciones tan añejas como las universidades, otros en calidad de proyectos autogestivos que se han dedicado a ensayar formas diversas de cooperación y cuidado de la potencia recíproca.

El problema que no hay que olvidar es que nada de lo que creamos está a salvo. 

Es lenta la erosión de los pactos patriarcales y, sobre todo, de la cultura dominante con sus marcas patriarcales y coloniales reiteradas. A veces, desesperantemente lenta. Por eso reaparecen persistentes acciones de drenaje, negación, desconocimiento y destrucción de lo que mujeres y disidencias construimos y sostenemos. 

Además, en ocasiones esto ocurre volviendo contra nosotrxs las herramientas que hemos construido colectivamente para criticar el sistema imbricado de opresiones y explotaciones que asfixia a las sociedades. 

En el caso de las profesoras despedidas del PEIF, pareciera que para llamarse feministas y para tener derecho a un trabajo estable donde continuar sus tareas de formación e investigación, las compañeras debieran ser santas y perfectas. 

No conviene proceder con lógica de bandos. Y si hay tanto malestar en el PEIF quizá sea fértil que otras académicas feministas comprometidas ayuden a resolver los conflictos, que se pongan límites en determinadas conductas, que se aliente la elaboración de ese pacto ético que parecemos estar necesitando. 

Por mi parte, elijo sostener a las colegas que hoy están arbitraria e injustamente despedidas. Y eso no significa, de ninguna manera, garantizar su “santidad”.

Simplemente es ser coherentes en la lucha contra las injusticias.

Raquel Gutiérrez Aguilar

Ha sido parte de variadas experiencias de lucha en este continente, impulsando la reflexión y alentando la producción de tramas antipatriarcales por lo común. En Ojalá, es editora de opinión. 

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