El fuego vuelve a marcar las manos de las mujeres cubanas
El carbón tiñe de negro las cafeteras, las manos y hasta la esperanza de las mujeres cubanas en el municipio de Sancti Spíritus, 19 de agosto de 2026. Foto © Alien Fernández.
Reportaje • Lorena Pérez Méndez • 27 de agosto, 2026 • Read in English
Para que su hija almuerce a tiempo, Alicia Gómez empieza a encender el carbón desde las 10 de la mañana, a veces antes.
Acomoda los tizones en la hornilla improvisada que montó en el patio de su casa en Trinidad, en el centro sur de Cuba. Enciende un pedazo de nailon, de cartón, de cualquier material que pueda avivar la llama, y comienza a abanicar como si le fuera la vida en ello. Y en verdad le va. La vida suya, la de su hija de 7 años y la de su madre encamada dependen de que los carbones prendan, crepiten, se quemen lo suficiente como para cocinar, de uno en fondo, los alimentos del almuerzo.
“Una nunca sabe si va a encender rápido o si vas a estar de penitencia abanicando el día entero”, explica Gómez mientras se quita el sudor que le cae sobre los ojos. De paso, con los dedos tiznados hasta la médula, se deja un rastro de ceniza en la frente: la marca de las mujeres cubanas.
No hay estadísticas oficiales que describan el fenómeno de cuántas mujeres están encendiendo un fogón de carbón en la isla ahora mismo. Pero basta con caminar por las comunidades y barrios de Cuba para notar el tizne por todas partes. Sobre todo en el interior del país están brotando hornillas de carbón en los balcones, en los portales, en los espacios comunes de los edificios multifamiliares.
“Mi mamá desbarató una cama en el Período Especial de los años 90 para volverla leña y cocinar con ella”, relata Gómez sobre otra época anterior de crisis, tras la caída de la Unión Soviética y del bloque socialista. “Después tuvimos gas y ollas eléctricas, vivimos un tiempo como las personas. Es muy fuerte tener que regresar a esto”.
Cuando dice “esto”, muestra las llagas en sus manos, la marca de una quemadura reciente, las uñas manchadas de negro.
Acostumbradas a lidiar con la herencia del patriarcado, las cubanas se han echado a cuestas el cuidado del hogar, de lxs hijxs, de lxs ancianxs y hasta de los maridos, que a veces vienen como de visita a la casa y preguntan qué hay para comer.
Una cosa es sobrellevar esa pesada carga y otra, aún más agobiante, es hacerlo sin corriente eléctrica, sin acceso estable al agua, sin posibilidades de refrigerar los alimentos, en medio de la precariedad más absoluta y desigual que haya visto jamás esta generación.
“Hoy ya tengo el almuerzo”, dice Gómez. “Vamos a ver mañana”.
Resiliencia obligatoria
Si en algo han coincidido lxs dirigentes cubanxs y lxs analistas que se les oponen es en calificar este momento que vive Cuba como el más crítico en toda la historia nacional. Cada bando hala la soga para su lado y culpa al contrario: para unxs, la mala gestión del estado cubano ha generado esta debacle sin precedentes; para otrxs, es el bloqueo estadounidense que lleva más de seis décadas. Más recientemente, las sanciones impuestas por el gobierno de Donald Trump han llevado a la isla al borde de la asfixia.
En ese maremágnum, es el cubano “de a pie” quien se lleva la peor parte: sufre en carne propia cortes de electricidad de más de 40 horas ininterrumpidas, la inflación que pulveriza cualquier aumento salarial y, de un tiempo a esta parte, el creciente aumento de la inseguridad ciudadana.
“Más que el cubano de a pie, nadie sufre como la cubana”, dice la psicóloga Mayra Pérez, quien ha investigado el fenómeno desde la metodología académica y, por desgracia, desde la experiencia personal. Pérez explica con términos científicos —capital económico, grupos vulnerables, red de apoyos— procesos que la interpelan como una madre divorciada, la única proveedora de su casa.
“Para llegar a tiempo [al trabajo] primero tengo que levantarme a las cuatro de la mañana, lograr que prenda el carbón y cocinar lo que tenga a mano, porque sé que al regresar a casa no habrá corriente y probablemente tampoco agua”, dice Pérez. “Hay días en que me sorprendo pensando en cómo resolver mis problemas mientras una paciente me cuenta los suyos. Es difícil hasta para los profesionales, que tenemos herramientas para manejar la ansiedad y recomendamos siempre enfrentar los obstáculos con resiliencia”.
Así le llaman los especialistas y eso piden desde el gobierno, resiliencia, pero la gente en la calle le dice “apretarse el cinturón”, “resolver a como sea” o “no queda más remedio”.
No hay muchas opciones cuando la electricidad parece un favor que se otorga unas pocas horas al día y ni siquiera se encuentra un suministro asequible de gas licuado, petróleo o kerosene.
Solo quedan entonces el carbón vegetal o su prima aún más anticuada: la leña.
La precariedad invisibilizada
Las demoledoras secuelas de lo que algunos llaman la policrisis cubana sobre las mujeres vienen siendo documentadas con rigor por diversos medios.
Pero esos efectos “colaterales” no figuran —al menos, de forma pública— en la agenda de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que mantiene un discurso grandilocuente y compara la agonía de hoy con la épica de siglos pasados. “Herederas de mambisas, de valientes y heroicas hacedoras de historias”, así ha calificado a las cubanas Teresa Amarelle Boué, secretaria general de la organización.
La FMC nació a poco más de un año del triunfo de la Revolución, en agosto de 1960. La influencia política que tuvo en sus inicios fue calificada por Fidel Castro como “una revolución dentro de la Revolución”, con avances tangibles para las mujeres en el acceso a la educación, al trabajo y a la participación social. Esta etapa cimentó un relato de emancipación que convirtió a la FMC en un pilar del nuevo estado.
Más de seis décadas después, la organización ha ido perdiendo su impulso primigenio para transformarse en un engranaje más del aparato estatal. Su dependencia del gobierno limitó su capacidad para defender los derechos de las mujeres, lo que ha disminuido ostensiblemente su poder de convocatoria.
La FMC ha guardado silencio ante los casos de feminicidios de los últimos años y ha hecho escasa referencia a la precarización de la cotidianidad de las mujeres.
Dicha falta de autonomía fue denunciada ante el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de las Naciones Unidas en 2024 por una coalición de organizaciones independientes al gobierno cubano.
De ahí que las cubanas ya no se desahogan en las reuniones de federadas, sino en las redes sociales: miles de publicaciones en Facebook de madres agotadas que exigen que se respeten sus derechos en videos en vivo, o los relatos de mujeres que se plantan en medio de la calle con sus hijos para pedir menos apagones y más empatía del gobierno, o las tantas fotos de adolescentes asesinadas por hombres incapaces de asimilar un “no” como respuesta.
Mientras tanto, en un foro virtual, la FMC recalcó que “para las mujeres y las niñas cubanas el bloqueo constituye una forma de violencia directa, al limitar el acceso a servicios esenciales y afectar su bienestar”.
Y es cierto: el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba estrangula la economía nacional, pero no es, en modo alguno, el único culpable.
Incertidumbre que va matando por dentro
A principios de mes, Alicia Gómez gastó dos mil pesos cubanos en un saco de carbón. Una suma significativa en un país donde el salario mínimo, recientemente elevado por el gobierno, es de 3.210 pesos ($83,33) al mes.“Y lo compré feliz —aclara—, porque el mes anterior llegué a pagar 5 mil pesos por un saco igualito a ese”.
No sabe a ciencia cierta qué pasó, si hubo un bache en la producción o si sencillamente lxs carbonerxs y lxs intermediarixs escondieron el carbón para subirle el precio artificialmente. Lo cierto es que en Cuba deberán pagar lo que sea con tal de llevar la comida cocinada a la mesa.
“Todas las noches termino muerta con dolor en las piernas por pasarme el día entero de pie velando el fogón, porque si te descuidas se apaga y tienes que empezar de nuevo,” dijo Gómez en entrevista con Ojalá. “Aunque lo que más me duele es el agobio mental, el no saber qué voy a cocinar mañana, si me alcanzará el dinero, a qué hora me pondrán la corriente… Esa incertidumbre me va matando por dentro”.
Pero Gómez se levanta. De sus manos negras por el carbón dependen su madre, esa mujer fuera de liga que le forjó el carácter mientras rompía una cama para cocinar con leña; y su niña de 7 años, la pequeña por la que se atrevería a agarrar un toro por los cuernos, pero a la que no consigue garantizarle sino el más inmediato presente.
“¿Qué será de mi hija en unos años?”, se pregunta Gómez mientras me enseña sus manos escaldadas. “¿Qué le espera? ¿Esto?”.

