Las huellas de la tortura en las reclusas de México

Vicki tomando la mano de su novia durante la entrevista. Toma de una entrevista en video con Vicki, prisión de Tepepan, Ciudad de México, 14 de junio, 2024. Imagen © Lexie Harrison-Cripps.

Reportaje • Lexie Harrison-Cripps • 15 de enero, 2026 • Read in English

“Pues yo quiero que se vea todo este asunto de la justicia e injusticia”, dijo Vicki, mirando a lo lejos, las manos apretando los muslos.

Llevaba 13 años cumpliendo una sentencia de 27 años en el Centro Femenil de Reinserción Social “Tepepan”, una prisión especial para reclusas con problemas de salud física o mental situada al sur de la Ciudad de México.

“Quiero que se den cuenta que no es simplemente las personas que estamos aquí que somos realmente las personas delincuentes; que, así como yo, hay muchísimas mujeres aquí dentro que sufrieron de una tortura, de una violación”, añadió con voz tranquila, amplificada en la celda larga y vacía. El sol entraba por el enrejado de las ventanas, creando grecas de sombras sobre las losetas sucias del piso.

La madre de 33 años iba vestida con el color obligado: pantalón azul de mezclilla, playera azul y una liga azul que le sujetaba una melena castaña con puntas rebeldemente teñidas de rubio y morado que le llegaba hasta el regazo. Uno de sus tenis se movía con nerviosismo al final de su pierna cruzada, contradiciendo su voz tranquila.

Vicki fue condenada luego de una “confesión” obtenida tras días de violación y tortura por parte de miembros de la Marina que la dejaron 43 días en el hospital, donde fue sometida a una cirugía reconstructiva y fue diagnosticada con VIH. Después de 16 meses de correspondencia con Vicki y el Gobierno mexicano, finalmente obtuve permiso para filmar su testimonio bajo la mirada vigilante de una burócrata malencarada.

A finales de 2025, Vicki era una de las 15.893 mujeres encarceladas en México. Su historia es similar a la de miles de mujeres que han sido torturadas y detenidas injustamente por las autoridades, normalmente acusadas de robo, secuestro, delitos relacionados con las drogas o crimen organizado. La población de mujeres encarceladas ha ido aumentando desde 2017, cuando había 9.088 mujeres detenidas.

Según la estadística gubernamental más reciente, a finales de 2024 casi la mitad de las reclusas (46,3 por ciento) aún no habían sido condenadas, a pesar de llevar años esperando tras las rejas. Muchas de las que han sido condenadas son, de hecho, inocentes.

Un diagnóstico realizado en 2022 entre mujeres reclusas reveló que el 73 por ciento había sido víctima de violencia por parte de las autoridades penitenciarias para luego ser condenadas en un sistema penal que, hasta 2016, presumía la culpabilidad por encima de la inocencia. Los jueces se basaban en pruebas escritas, a menudo reducidas a supuestas “confesiones” obtenidas bajo coacción, con escasas posibilidades de una debida defensa.

Desde 2016, todos los estados han pasado a un sistema acusatorio, en el que la defensa y la fiscalía presentan sus argumentos. El objetivo de su implementación era otorgar más derechos a la parte acusada, pero para entonces ya era demasiado tarde para Vicki.

Vicki en el patio de concreto en medio de la prisión. Toma de una entrevista en video con Vicki, prisión de Tepepan, Ciudad de México, 14 de junio, 2024. Imagen © Lexie Harrison-Cripps.

Interrupción violenta

La vida de Vicki se vino abajo en 2011, cuando aceptó ayudar a su nuevo novio a mudarse de casa. Su hijo de tres años le rogó que no saliera de la casa esa noche, donde vivían con su madre y su hermano menor, pero Vicki, de 19 años, se fue de todos modos, con la esperanza de ganar algo de dinero.

Apenas unos minutos después de haber llegado, agentes de la Marina irrumpieron en la casa vacía y los obligaron a ella y a su novio a tirarse al suelo. Le pusieron una bolsa en la cabeza y la arrastraron por las habitaciones de la casa, haciéndole preguntas sin sentido y golpeándola antes de llevarse a la pareja a un lugar desconocido.

Vicki permaneció con los ojos vendados durante los cuatro días siguientes, tiempo en el que sus otros sentidos comenzaron a adaptarse, dejando grabados en su memoria los hechos que aún hoy la atormentan. El sonido de las voces de sus captores, el olor que dejaban en ella, el eco de las habitaciones vacías y los gritos de su novio mientras suplicaba que los dejaran ir. Recuerda al hombre que dijo ser de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que se encontraba allí para poner fin a su martirio y documentar sus lesiones. Él también la violó.

En esa época, el país estaba en crisis. Felipe Calderón, presidente entre 2006 y 2012, había desplegado al ejército para librar una guerra contra los cárteles de la droga. Pero no la ganó. Durante su mandato, la tasa de homicidios se triplicó y los secuestros se hicieron más frecuentes. La policía federal triplicó su tamaño hasta alcanzar los 37.000 agentes y ese crecimiento vino acompañado de un aumento consiguiente de las denuncias por abusos contra los derechos humanos (802 en 2012 frente a 146 en 2006, según un informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de 2013).

Es probable que muchos abusos no se hayan registrado en un contexto en el que la confianza en la policía era escasa o nula. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2013 solo el 12 por ciento de los delitos fueron denunciados. En 2014, el 70 por ciento de las personas encuestadas consideraban que la policía era “poco” o “nada efectiva” en la lucha contra la delincuencia. Al mismo tiempo, la población carcelaria aumentaba y pocas de las personas detenidas eran condenadas.

Vicki fue una de las 12.264 mujeres que fueron enviadas a prisión en 2011, año en el que solo 1.200 fueron condenadas, mientras Calderón daba prioridad a la guerra contra las drogas por encima de la reforma del sistema judicial y los derechos humanos.

Durante su mandato, se aprobaron el 95 por ciento de las solicitudes de arraigo presentadas por la Procuraduría General de la República, una forma de “arresto domiciliario” temporal en edificios gubernamentales conocidos coloquialmente como hoteles, donde se retiene a las personas acusadas durante la investigación. El Dr. Luis de la Barreda Solórzano, experto en derecho penal de la Universidad Nacional Autónoma de México, argumentó que este hecho “sugiere que la mayoría de los jueces no cumplieron con su deber de proteger los derechos de los acusados”.

Al igual que Vicki, muchas de las personas detenidas injustamente siguen hoy en prisión.

Vicki sentada para la entrevista. Toma de una entrevista en video con Vicki, prisión de Tepepan, Ciudad de México, 14 de junio, 2024. Imagen © Lexie Harrison-Cripps.

‘Siempre estoy luchando contra mi ira’

Visitar a Vicki no es tarea sencilla. La prisión de Tepepan se encuentra al final de un camino sinuoso e inclinado, rodeada de muros de concreto y álamos, lejos del transporte público y a cientos de kilómetros de su familia en Veracruz. Una reja metálica pintada de azul y una jacaranda morada separan el pintoresco mundo exterior de las mujeres encarceladas que viven bajo normas arbitrarias.

“No puedes usar esas botas aquí”, me espetó la guardia mientras sus ojos recorrían mi vestido rojo y mis botas Caterpillar durante una de mis visitas. El vestido rojo era aceptable, ya que las reglas de la prisión exigen que las visitas vistan de rojo o rosa para distinguirse de las reclusas, pero yo no sabía que las botas estaban prohibidas. Convenientemente, la policía se ofreció a prestarme un par de zapatos para hombre grandes de cuero.

Aferrándome al pollo rostizado, el arroz y los artículos de higiene personal que Vicki me había pedido, atravesé una serie de controles, incluido un intimidante cubículo privado para un registro íntimo, antes de recibir finalmente una tarjeta de plástico roja que venía con una advertencia que provocaba claustrofobia: “En caso de pérdida, no podrá salir”.

Una reclusa me acompañó a la gran sala de visitas, llena de familiares vestides de rosa y rojo reunides alrededor de mesas con comida. Miré por la ventana y observé una triste cancha de basquetbol y un sube y baja roto, mientras ella colocaba un bonito mantel azul con lunares sobre la mesa frente a nosotras.

Vicki, alta y sonriente, cruzó la sala para darme un largo y amistoso abrazo antes de iniciar una conversación tranquila que se vería interrumpida dos veces: primero, cuando la directora de la prisión llamó a Vicki a su oficina y, luego, por un terremoto que hizo que las reclusas, sus familiares y el personal de seguridad salieran corriendo en diferentes direcciones. Salí tropezando, los zapatos puestos al revés, a un patio descuidado donde una chica vestida de azul me miraba con los ojos llenos de confusión.

Cuando reanudamos nuestra conversación, Vicki estaba temblando de rabia. La prisión le había revocado sus derechos de visita, lo que le había provocado, según sus propias palabras, una crisis.

“Siempre estoy luchando contra mi ira”, confesó, “pero estoy aprendiendo a controlarla”. Vicki debe reprimir su frustración por haber sido condenada injustamente y vivir bajo las impredecibles reglas de la prisión. A pesar de que al principio buscó alivio en las drogas y luego de varios intentos de suicidio, ahora está luchando.

A pesar de todo lo que le ha sucedido, Vicki se ha volcado a las actividades que ofrece la prisión y las organizaciones de la sociedad civil que la visitan. Participa regularmente en las rutinas de baile organizadas por Mujeres Unidas por la Libertad, una organización creada por exreclusas que regresan para apoyar a las que siguen en prisión.

A Vicki, el baile le cambió la vida. Y, durante un breve periodo de tiempo, también lo hizo el huerto de la prisión, que ahora no es más que un pedazo de suelo cubierto de hierba. Ella le devolvió la vida al huerto al describir cómo ella y sus compañeras pasaban días enteros encorvadas cultivando alimentos en la tierra.

Como parte del recorrido, señala la entrada a la prisión y añade en voz baja que le gusta quedarse al aire libre por la noche, mirando las estrellas. “Muchas veces me pregunto: ¿será el mismo aire [el] de la calle, de la libertad, a este aire que estoy respirando? ¿Se sentirá igual o tiene algo diferente?”, dijo.

Ante la impaciencia de la funcionaria del gobierno, me acompaña a la salida, no sin antes sugerir que la entrevista y el relato de la tortura eran demasiado perturbadores para publicarse.

Pero Vicki se niega a que la callen. “Hay mucha gente con un uniforme allá afuera que realmente hacen maldad y que siguen allá afuera como si nada [...]. Creo que debe de haber una consecuencia para todos”, insistió.

Unos días más tarde, el Gobierno revocó mi permiso para grabar, pero para entonces ya era demasiado tarde. La historia de Vicki ya había quedado registrada.

*Vicki dio su consentimiento para que su nombre y rostro aparecieran en videos y artículos, pero desde entonces he perdido el contacto con ella, por lo que no he incluido aquí su nombre completo.

Una versión resumida de esta historia ganó el concurso “City Writes” de la City St George's, Universidad de Londres en diciembre de 2025.

Lexie Harrison-Cripps

Lexie Harrison-Cripps es periodista multimedia. Lleva dos años trabajando en una película sobre las mujeres encarceladas en México y su investigación para este reportaje ha sido financiada en parte por una beca de One World Media. Sus artículos se han publicado en medios internacionales como Al Jazeera, The Guardian, CBS y The Telegraph.

Lexie Harrison-Cripps is a multi-format journalist. She has been working on a film about women in prison in Mexico for the past two years and her research for this story was partially funded by a fellowship from One World Media.  She is published in international outlets including Al Jazeera, The Guardian, CBS and The Telegraph. 

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