La solidaridad cubana que encendió el huracán Melissa

Vecines ayudan a bajar la carga de donaciones traídas por el proyecto Río Cauto en Nuestras Manos, el 8 de noviembre de 2025, en el reparto Grito de Yara, provincia Granma, Cuba. Foto © Eileen Sosin.

Reportaje • Eileen Sosin Martínez • 9 de enero, 2025 • Read in English

Leonardo Reyes tiene 16 años y anda descalzo por caminos de tierra en el asentamiento rural de Cauto del Paso, en la provincia de Granma, Cuba. Terminó la secundaria y ahora trabaja cortando pasto para alimentar a los caballos. “Me pagan mensual”, dice con cierta satisfacción. Tartamudea ligeramente mientras narra los acontecimientos extremos de la madrugada del 29 de octubre de 2025, cuando el huracán Melissa azotó la región oriental de la isla. 

Melissa dejó anegadas las casas hasta el travesaño de las puertas de Cauto del Paso, una zona de tradición agrícola y azucarera. A medida que Melissa avanzaba, el río Cauto creció y la presa local se desbordó, haciendo que las aguas inundaran toda la zona.

Dos semanas después del impacto del huracán, Cauto del Paso seguía sin electricidad y apenas con señal de teléfono. Puesto que el río Cauto —del cual normalmente se abastecían— estaba contaminado por la crecida, debían esperar a que llegara alguna pipa con agua potable. 

Como en otras situaciones de desastres naturales, emergieron varias iniciativas de solidaridad con las más de 3,5 millones de personas damnificadas. Entre ellas surgió el proyecto Río Cauto en Nuestras Manos, que organizó a empresas estatales y privadas junto con autoridades y pobladores locales, una articulación que no ocurre con frecuencia en Cuba.

Viajé unas 14 horas con el grupo de voluntaries hasta Grito de Yara —y luego a Cauto del Paso—, para documentar esta experiencia de solidaridad y la de las personas afectadas por el ciclón.

Desamparo histórico

Las consecuencias de la pandemia, el incremento de las sanciones de Estados Unidos, el fracaso de políticas de ajuste económico (conocidas como Tarea Ordenamiento) y la dolarización han perjudicado severamente el nivel adquisitivo de la población cubana y el funcionamiento de los servicios públicos. 

Varies especialistas describen la situación como una policrisis, que en su modalidad cubana superpone las crisis económica, migratoria y de cuidados. Todos estos elementos convergieron con la llegada del huracán Melissa a Cuba el año pasado. 

En el camino hacia su casa, el adolescente Reyes me contó cómo fue rescatado junto a su abuelo, Delio Reyes. Los trasladaron en helicóptero a Bayamo, la principal ciudad de la provincia de Granma. Pasaron cinco días en un centro de evacuación y, al regresar, les tocó enfrentarse a la destrucción. 

“Ese frío [refrigerador] estaba tirado ahí a todo lo largo. El televisor también”, cuenta Reyes, señalando dentro de su vivienda. “Desde aquí para allá era un bulto de fango, hubo que sacarlo con pala. El colchón todavía no puedo sacarlo [a secar] porque pesa mucho”. 

Otras familias también exponen sus pertenencias al sol, como una especie de museo de la pérdida: ropa mojada, muebles y electrodomésticos despiezados a la intemperie, en un último intento por recuperarlos. 

Son escenas que, para las personas mayores de la zona, ya se conocen. El abuelo Reyes recuerda el ciclón Flora, que golpeó en octubre de 1963, antes de la construcción del sistema de embalses, provocando una de las mayores catástrofes del siglo XX en el Caribe. Dejó más de siete mil personas fallecidas en Cuba, República Dominicana, Haití y varias islas del Caribe; 62 años después, las lluvias del huracán Melissa pusieron al límite los embalses de la zona. 

“Se demoraron mucho en soltar [aliviar] la presa” después de Melissa, dice Reyes en una entrevista con Ojalá. “No sabíamos que venía esa agua. Cuando pasó el ciclón pensamos que ya estábamos libres”. 

El pueblo salva al pueblo

Leniuska Barrero es oriunda de Cauto del Paso y estaba en La Habana cuando vio que el huracán Melissa iba a golpear su poblado natal. A 700 kilómetros, empezó a tejer la iniciativa que nombraría Río Cauto en Nuestras Manos. 

“Cuando el ciclón se estaba moviendo, yo sabía que eso iba a pasar y me empecé a organizar”, relata Barrero. “Es que nací allí, y conozco a todo el mundo y sé la situación de cada quien”.

En Cuba, el aval o la autorización de una organización política permite que te dejen pasar o no, o que la policía no se detenga a revisar la carga en la carretera. Sin eso, cualquier funcionarie puede cuestionar el proyecto y, en el peor de los casos, frustrarlo. Pero en esta ocasión, los Comités de Defensa de la Revolución apoyaron la iniciativa con autorizaciones para realizar intervenciones en la zona impactada.

Una empresa privada llamada Pedrocaar aportó un ómnibus que trasladaría al grupo de voluntaries y un millón de pesos cubanos (más de $2.400 dólares, al cambio oficial) para adquirir alimentos y productos de aseo.

Iniciativas de este tipo no suelen ocurrir en el contexto cubano, pues luego de décadas de prohibición y estigmatización existe cierto recelo hacia el sector privado y la burocracia institucional paraliza o demora diversos procesos. 

En medio de una profunda crisis nacional, con largos apagones diarios y escasez generalizada, los preparativos tomaron una semana completa. 

“Mientras compraba las cosas, yo dije: ‘Tengo que llevar confituras, porque esos niños nunca ven un caramelo’”, recuerda Barrero, quien también ejerció como trabajadora social en la zona. “Antes ahí las personas quizás no tenían dinero, pero tenían una finquita, vianda, leche, su puerquito, sus gallinitas pero ahora no tienen nada”.

Cuando por fin el tractor de donaciones se detuvo frente a la sala de video del pueblo el 9 de noviembre, enseguida se unieron vecines a bajar la carga. 

Sobre la tierra reseca y cuarteada que la inundación dejó dentro del local se fueron colocando los paquetes de arroz, frijoles, pasta, jabón, y latas de conserva. En el portal se aglomeraban las personas y pasaron primero las madres con infancias pequeñas. El aceite de cocina no alcanzaba y las familias se organizaron de dos en dos para compartir una botella. 

En total, Río Cauto en Nuestras Manos distribuyó 527 bolsas con alimentos, una por hogar, incluyendo los asentamientos cercanos de Yuraguanal, Cauto Embarcadero, Tiguabo y Los Cayos. Priorizaron a quienes presentaban condiciones más críticas, pero la articulación colectiva no alcanza a aliviar otras urgencias. 

“Hay que buscar agua afuera, en guaranda [coche tirado por caballos], a 15 kilómetros, en Cauto Embarcadero. Había 50, 60 gentes ahí. En una semana he ido hasta tres veces”, cuenta Yadisnel Zamora, padre de cuatro hijes, en entrevista en noviembre. “Agua para tomar es lo que le hace falta al pueblo aquí. Que traigan agua”.

Un tractor cargado de alimentos y artículos de primera necesidad avanza hacia el poblado Cauto del Paso a través de los charcos que dejaron las inundaciones del huracán Melissa, en el municipio de Río Cauto, provincia de Granma, Cuba. Foto © Eileen Sosin.

El golpe de la precariedad

En Grito de Yara, un reparto cercano a Cauto del Paso, les vecines y quienes aún permanecían en el centro de evacuación describen lo sucedido de manera casi poética. Hablan del “golpe de agua” en la zona, como le llaman a la inundación repentina, maciza, que provoca el derrame de la presa. Sin embargo, mucho antes habían sufrido otros impactos. 

La precariedad, agravada ahora por el huracán, trasluce desigualdades que históricamente se han mostrado con mayor crudeza en las áreas rurales del este de Cuba. Las carencias de transporte y caminos transitables se traducen en la falta de oportunidades de estudio y empleo y en el acceso a la salud.

“Creo que lo más difícil fue darme cuenta de lo insignificante que es un ser humano ante los problemas de los demás”, dijo Claudia Rafaela Ortiz Alba. “Y, sobre todo, cuando los problemas son estructurales y tú sabes que no se resuelven con la comida de un día”. 

Ortiz Alba se contactó con Barrero luego de recaudar dinero, ropa y medicamentos con varies amigues. Tenía experiencia en la gestión de acciones de solidaridad tras el paso del huracán Óscar por la provincia de Guantánamo, en octubre de 2024.  Destacó que aquella vez las autoridades no les ponían obstáculos, pero tampoco les facilitaban nada a las iniciativas populares. “Entonces todo fue mucho más tortuoso y agotador”, asegura. 

Ortiz notó otra diferencia con estas actividades de ayuda: tras el paso de Melissa, el diagnóstico de las necesidades, realizado a partir de información que aportaron les trabajadores sociales del área y la propia experiencia de Barrero, permitió mayor efectividad en el apoyo.

“El año pasado [en Guantánamo] fue súper difícil tener que mapear desde cero las comunidades en las que trabajamos”, dice Ortiz Alba.  

A pesar de la satisfacción por ayudar, el desgaste emocional también acompañó la iniciativa. “Quisiera que tuvieran una planta eléctrica o paneles solares, quisiera poder ponerles una turbina para que tuvieran agua”, dice Barrero.

Cuenta que en Cauto del Paso las personas tienen que bajar al río —que es como un quinto piso, pero en barranco— para recolectar el agua todavía sucia por las escorrentías. 

A Barrero, la conciencia de las penurias le hace querer volve, y seguir con Río Cauto en Nuestras Manos. Aunque también piensa que quizá tendría que volverse una iniciativa más grande, para enfrentar la magnitud de los desafíos acumulados.

“Tal vez podría cambiarle el nombre al proyecto”, cuenta. ”Ahora es Río Cauto, pero más adelante puede ser otra provincia. Lo que quisiera es que quede un proyecto para ayudar, con todas estas personas”. 

Eileen Sosin

Eileen Sosin es graduada de Periodismo por la Universidad de La Habana. Escribe sobre economía, género, derechos humanos, cultura y medio ambiente. Ha publicado en medios de América Latina y Europa.

Eileen Sosin has a degree in Journalism from the University of Havana. She writes about economics, gender, human rights, culture, and the environment. Her work has been published in Latin American and European media outlets.

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