Ecoturismo y enclaves en Costa Rica

"Mango", Acrílico, 2022, 80x80cm © Bhiany Guzmán (@verteselva).

Opinión • Liz Carrigan • 5 de febrero, 2026 • Read in English

Guanacaste se encuentra en el noroeste de Costa Rica, cerca de la frontera con Nicaragua, donde el Pacífico se extiende a lo largo de una costa escarpada y blanqueada por el sol.

Las playas de arena negra llevan la huella de sus orígenes volcánicos. Los ríos atraviesan bosques secos y sabanas, los lagos se acumulan en cuencas y los parques nacionales protegen un ecosistema tropical seco, una biorregión única que comienza en México y se extiende hasta Guanacaste. Durante décadas, este paisaje ha sido celebrado por su belleza natural y Costa Rica considerada un modelo de vida respetuoso con el medio ambiente.

Esa promesa atrae a olas de visitantes en busca de la selva y un ritmo de vida más tranquilo, pero también atrae capital. A lo largo de la costa, los caminos de tierra hoy están llenos de carteles en inglés que dicen “Se vende”. Camionetas deportivas levantan polvo al pasar por accesos cerrados con palmeras y seguridad privada.

Detrás de muros altos, aparecen casas de lujo en paisajes que históricamente han estado ligados a fuentes de ingresos locales, aunque dichas formas de sustento quedan cada vez más desplazadas. 

El lenguaje de la sostenibilidad está por todas partes, mientras que la vida cotidiana en la región se ve cada vez más afectada por la escasez de agua y el aumento de los costos de la vida. 

Estas presiones han aflorado como conflictos socioecológicos, especialmente en torno al agua, en los que las comunidades rurales se enfrentan al turismo y a los proyectos inmobiliarios respaldados por el estado para acceder a recursos cada vez más escasos.

La imagen de Guanacaste como paraíso intacto es una narrativa sesgada. Desde los años 70, se ha promovido a través de campañas turísticas estatales y se ha reproducido en empresas inmobiliarias, plataformas de alquiler a corto plazo y construcciones de lujo. El guion visual casi nunca cambia: las playas parecen vacías, los paisajes deshabitados, la naturaleza despojada de vida social.

Alejandro Alcázar Fallas, activista de Iniciativa ciudadana contra la gentrificación en Costa Rica, considera que la imagen de Costa Rica como un paraíso es una ilusión.

“Costa Rica se ha vendido, o se ha presentado, por muchísimos años, décadas, como un fenómeno sui géneris, ¿verdad? Como lo que es una isla”, dijo en entrevista a fines del año pasado. “Porque estamos en medio de Panamá, que era un territorio ocupado por Estados Unidos y Nicaragua, un país con conflictos internos y revoluciones desde hace mucho tiempo”.

Para Alcázar Fallas, la narrativa de excepcionalidad nutre la idea de Costa Rica como un paraíso ecológico. “Y me parece que ese imaginario de Costa Rica como un paraíso, que además suena como algo bíblico, es un imaginario que es útil para la industria del turismo en tanto que asegura que hayan personas que sigan viniendo y compren esa idea, ese producto”.

Aunque se presenta como un oasis democrático y ecológico que se distingue de una región marcada por la violencia de la guerra contra los Contras desde la década de 1980, Costa Rica comparte muchas de las mismas desigualdades y continuidades estructurales de sus vecinos, incluida su posición periférica en la economía mundial y su dependencia de las industrias extractivas, entre ellas el turismo.

Un excepcionalismo cuidadosamente mantenido

Es innegable que el turismo ha transformado la región de Guanacaste. Pero, en paralelo, se ha producido una transformación similar y más perjudicial. Desde principios de la década de 2000, y con mayor intensidad tras la pandemia de COVID-19, Guanacaste se ha convertido en un destino para nómadas digitales y “migrantes de estilo de vida”, en su mayoría procedentes de Norteamérica, cuya presencia está transformando la economía local y el uso del suelo.

A medida que se privatizan los espacios públicos y comunitarios, el paisaje visual y físico está cambiando abruptamente. Las playas que antes se percibían como espacios compartidos se reorganizan en torno al uso comercial.

Las familias que han vivido y trabajado en estas zonas durante generaciones se ven excluidas por los precios o desplazadas, mientras que quienes sostienen la economía turística luchan por sobrevivir con salarios bajos. Les migrantes, en su mayoría procedentes de Nicaragua, representan casi un 10 por ciento de la población de Costa Rica y mantienen los servicios esenciales que sostienen las formas más privilegiadas de migración en Guanacaste.

Las reformas neoliberales han facilitado enormemente la compra de propiedades en Costa Rica por extranjeres, otorgándoles casi los mismos derechos que a les ciudadanes, sin necesidad de residencia o vínculos a largo plazo. Basta con un pasaporte.

La tierra, entonces, se ha vuelto un activo especulativo, atrayendo el capital inmobiliario hacia las playas y otros espacios que antes eran comunales o públicos.

A lo largo de la costa proliferan ahora condominios privados. A través de Google Maps he contabilizado más de 20 tan solo en Guanacaste. Esto refleja una forma de desarrollo en enclaves, en la que la tierra y la vida cotidiana están determinadas por intereses económicos externos y no por las comunidades locales. Los servicios para migrantes por estilo de vida varían desde complejos turísticos de lujo vinculados a cadenas hoteleras norteamericanas y españolas hasta enclaves residenciales de condominios, campos de golf y puertos deportivos.

Las viviendas construidas para migrantes por estilo de vida siguen invadiendo paisajes vulnerables desde el punto de vista medioambiental, a pesar de los marcos normativos que exigen formalmente la coordinación entre las autoridades centrales y locales, y entre los organismos responsables del agua, la planificación y el medio ambiente, para protegerlos.

El paraíso no está vacío

La vivienda se ha convertido en un foco central de desigualdad para la juventud de toda América Latina, donde su acceso se ve mermado por la especulación inmobiliaria y la limitada movilidad económica. En las regiones costeras de Costa Rica, esta precariedad se exacerba por la llegada de migrantes por estilo de vida.

Patri, una residente local que se vio obligada a trasladarse al interior debido al aumento de los alquileres y que ahora recorre largas distancias para realizar un trabajo mal remunerado, ofreció un crudo relato de cómo es el empleo en Nosara, una ciudad y distrito que se ha convertido en un destino popular para practicantes de yoga.

“Es difícil encontrar vivienda en esta zona? Sí, una vivienda digna y segura cuesta alrededor de 700 dólares”, dijo en una entrevista el 7 de enero en Nosara. “Y eso es lo que gano por mes”. Las dos mujeres que entrevisté en Nosara me pidieron que no utilizara sus apellidos por motivos de privacidad en esta pequeña localidad. 

El desarrollo impulsado por el turismo se basa en la promesa de estimular la economía y crear puestos de trabajo. Pero, en la práctica, crear empleo se convirtió en mantener la infraestructura de la abundancia de otras personas. En Guanacaste, el empleo ha crecido más rápidamente en los servicios de alojamiento y gastronomía, junto con la construcción y el sector inmobiliario vinculados a esta expansión. En 2021, estos sectores dominaban la economía regional. Gran parte de este trabajo se sitúa en el extremo inferior de la escala salarial y los puestos de trabajo más precarios del sector servicios están ocupados principalmente por mujeres.

“Yo tengo una maestría, soy bilingüe y ya venía con años de experiencia”, dijo Daniela, quien trabajaba como profesora en una escuela internacional en Nosara. “Pero cuando llegué acá, choqué con la realidad de que, ya puesto aquí, el salario no era mucho”.

En Nosara, estas presiones son especialmente agudas. La vida cotidiana está marcada por las precarias condiciones laborales. Abunda el subempleo y los puestos de trabajo disponibles marginan a la mano de obra local, mientras que quienes trabajan en el sector de servicios a menudo “se ven como de manos atadas”, según Alcázar Fallas, quien afirma que tienen reticencias a denunciar los abusos por miedo a sufrir despidos o la exclusión de futuros trabajos.

“Nosara es un lugar altamente exclusivo, no para todo tipo de turista. No hay lugares donde se mezclen locales y expatriados o visitantes”, dijo Patri acerca de los efectos cotidianos de esta reorganización territorial. 

Incluso la infraestructura, según Alcázar Fallas, ha sido moldeada por la lógica de la exclusión. “Por mucho tiempo, los mismos locales que ya eran extranjeros, que llegaron en los setenta, estadounidenses en su mayoría, se negaban a que se construyeran calles de otros materiales como concreto o asfalto porque los caminos de difícil acceso permitían mantener ese ‘paraíso’”.

Pero para les trabajadores, la ausencia de infraestructuras supone un riesgo diario. Nosara no tiene servicio de transporte público. “Eso obliga a las personas a adquirir motos sin licencia y sin permisos”, dice Patri. “Como requisito para trabajar piden que puedas llegar al sitio. En Costa Rica, obviamente cada empleado debe poder llegar, pero en Nosara no hay transporte. Esto resulta en muchos accidentes de moto y muertes”.

Lo que se denomina desarrollo reorganiza la vida cotidiana en torno al consumo procedente de otros lugares. La riqueza pasajera circula a través de los alquileres, el turismo y los servicios, mientras que los costos sociales y ambientales permanecen en el ámbito local.

A medida que el capital busca nuevas fronteras, la tierra se convierte en un activo y se integra a mercados lejanos. Los salarios no pueden mantenerse a la par. El precio de las viviendas supera el alcance de la vida cotidiana. La eficacia del sistema también lo hace destructivo, y en ningún otro lugar es más evidente que en el noroeste de Costa Rica.

La victoria de una presidenta populista y de derecha en Costa Rica puede interpretarse como una respuesta a las crecientes desigualdades sociales, condiciones que se analizan en este artículo, que se ven intensificadas por los modelos de desarrollo basados en el turismo que concentran la riqueza y excluyen a muches de los beneficios del crecimiento.

Liz Carrigan

Liz Carrigan es investigadora y escritora que examina el desarrollo y las condiciones desiguales de movilidad ante la crisis climática.

Liz Carrigan is a researcher and writer examining development and unequal forms of mobility in the context of the climate crisis. 

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