Disputar el binarismo a través de la escritura

"Sin título", lápices de cera y bolígrafo sobre papel de algodón. Pieza original para Ojalá © Bhiany Guzmán (@verteselva).

Opinión • Kevin H. Martínez • 27 de febrero, 2026 • Read in English

Todos los días, lxs miembrxs de Ojalá ponemos en cuestión la forma en la que comunicamos. El uso mismo de esa x, además de ser una preferencia propia, revela una pizca de las reflexiones en curso dentro de nuestra colectiva editorial y a lo largo de Abya Yala. 

Nuestras notas se escriben en lenguaje incluyente, también conocido como lenguaje inclusivo o lenguaje no sexista. Este término se refiere a una forma de comunicación que, entre otras cosas, busca retar el binarismo de género que varixs hablantes percibimos en la norma lingüística. 

Dicha decisión está arraigada tanto en lo práctico como en lo ético. Desde que Ojalá fue fundada hace tres años, se propuso rastrear las luchas de las mujeres, disidencias y feministas y sus enlaces con las luchas por la defensa del territorio y las capacidades comunitarias. En los ciclos más recientes de movilización, se ha manifestado la centralidad del trabajo reproductivo, de sostenimiento y de organización de la lucha llevada a cabo por las mujeres y personas no binarias y de género fluido.

En una nota que publicamos el año pasado, la artista mexicana Lorena Wolffer nos apercibió de la importancia de nombrarse transfeminista en un contexto en el cual la trans y la LGBTIQ+ fobia se han convertido en una de las bases de la contraofensiva conservadora.

En Ojalá buscamos que nuestras convenciones de estilo respeten la identidad de nuestrxs colaboradorxs y de las personas sobre las que informamos en los artículos que publicamos, en especial la de personas trans.

En inglés el reto no es igualmente complejo.

En cambio, en la revisión de los textos publicados en español me he encontrado con algunas dificultades al intentar conciliar la norma lingüística con el lenguaje incluyente, en particular el polémico uso de los morfemas -x y -e

La incomodidad del lenguaje incluyente

A menudo, las lenguas parecen algo casi sagrado, de una escala inabarcable como para que podamos cambiarlas a nuestra voluntad. Pero las lenguas sí cambian, a veces a velocidad tectónica, otras en un sobresalto sísmico.

Antes que conjuntos de signos fijos que nos permiten comunicarnos dentro de límites bien definidos, las lenguas son una herramienta que usamos y modificamos según las necesidades que surgen en nuestra interacción con el mundo, necesidades que, evidentemente, también cambian con el tiempo.

Si bien muchas personas estarán de acuerdo con lo anterior, hay partes de las lenguas que nos parecen menos aptas para el cambio que otras. Si unx puede darse el lujo de inventar una palabra —sobre todo un sustantivo o un verbo—, no pasa lo mismo con la gramática. 

Uno de esos lugares que parecen inflexibles al cambio es el sistema pronominal, entre cuyos elementos se encuentran los pronombres él y ella, y los morfemas de flexión nominal -o y -a. 

El uso del pronombre elle y de los morfemas -x y -e —denominado en específico lenguaje no binario o lenguaje neutro— desorganiza este sistema.

Tal vez por entrometerse con rasgos lingüísticos considerados fijos, el uso del lenguaje incluyente, entendido de este modo, produzca tanta angustia. Estas y otras formas no canónicas de expresar o usar el género gramatical para dar cuenta del género social existen y se usan cada vez más a pesar de las inconformidades.

Hasta ahora, dentro del comité editorial no hemos establecido un estilo único para hacerlo. Y tal vez no sea necesario.

¿Cómo usarlo?

El uso del lenguaje no binario o neutro tiene dos objetivos principales: referirse a personas no binarias y sustituir al masculino genérico al hablar de grupos conformados por personas con diferentes identidades de género.

Es importante diferenciar estos dos usos. El primero de ellos es más simple de explicar: el pronombre elle y el morfema -e se han ido consolidando entre personas de identidad de género no binaria para referirse a sí mismas. 

De este modo, retomar este pronombre y este morfema no significa nada más que replicar las formas que les hablantes no binaries usan para referirse a sí mismes. Poco importa que exista o que sea propio, o no, del sistema del español, pues ya es usado por personas del mundo lingüístico hispanohablante y así lo usamos cuando une autore nos indica que estos son sus pronombres. Otro ejemplo similar es el del morfema -oa usado por compañeroas trans zapatistas.

Sin embargo, es el uso del lenguaje no binario para reemplazar al masculino genérico el que resulta más complejo. Tradicionalmente, se ha usado el género gramatical masculino para hacer referencia a grupos de personas compuestos por personas de más de un género. Por ejemplo: en la asamblea había menos de 20 compañeros. Desde hace ya bastantes años, se ha señalado que el uso del masculino como genérico frecuentemente resulta ambiguo, cuando no sexista.

Se han hecho muchas propuestas para remediar esta situación, muchas de ellas arraigadas aún en el binarismo de género. Están los desdoblamientos (nombrar a hombres y mujeres, por ejemplo: ciudadanos y ciudadanas), el uso de paréntesis y diagonales, el uso del símbolo de arroba (@), el femenino genérico (el uso del género gramatical femenino para hacer referencia a conjuntos mixtos, compuestos o no mayoritariamente por mujeres), el uso de los morfemas -x y -e.

En mi experiencia, cada uno tiene sus ventajas y desventajas. En lo particular prefiero la grafía x por parecerme más transgresora, pues de primeras es inaudito que en castellano que una x aparezca entre dos consonantes. 

También porque el morfema -e se va asociando progresivamente con personas no binaries, mientras que el uso de la x, a mi modo de ver, puede tener un efecto más abarcativo en cuanto a las identidades que agrupa. Otro aspecto en su favor es que su uso no vuelve necesario modificar otra letra de la ortografía de las palabras terminadas en -ca, -co, -ga y -go: médicx vs. médique, antropólogx vs. antropólogue

Valen Iricibar, nuestre colega editore, me advirtió, sin embargo, que su uso puede entorpecer el funcionamiento de las aplicaciones de texto a voz usadas por personas con discapacidad visual. Esto representa un punto a favor del morfema -e, pues, en general, a diferencia de la grafía x no es ambiguo en cuanto a su pronunciación. 

Si bien he notado que casi siempre se puede sustituir al masculino genérico satisfactoriamente, existe un caso en el que su uso no termina de persuadirme: cuando es idéntico al masculino genérico y, por lo tanto, indistinguible de este, específicamente en la formación de los plurales (por ejemplo: profesores, estudiantes). 

¿Pero no podría considerarse esta una ventaja al resultar estas formas más familiares para lectorxs menos avezadxs?

En otras ocasiones, sobre todo cuando se trata de colectivos mixtos donde las mujeres son mayoritarias, existe la posibilidad de usar el femenino genérico, sin embargo, su uso entraña la posibilidad de invisibilizar identidades no binarias. ¿No sería entonces más apropiado un triple desdoblamiento: amigas, amigues, amigos? ¿O incluso uno cuádruple: …y amigxs?

Inclusión no monolítica

Existen manuales (y antimanuales) de estilo que abordan esta cuestión de manera seria y crítica, los cuales coinciden en la pluralidad de las estrategias; no existe un solo lenguaje incluyente. Coincido en que resulta difícil darle una solución única, una guía de estilo estricta que pueda aplicarse a pie juntillas, pues cada una es más o menos conveniente dependiendo del caso.

Antes que buscar una solución definitiva que en últimas podría limitarme, considero más apropiado partir del reconocimiento de la pluralidad del género y de los desafíos que plantea al escribir, editar y publicar.

En Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, Brigitte Vasallo, escritora feminista, advierte sobre el peligro de buscar un lenguaje incluyente que incluya a todxs por cuanto puede derivar en una nueva normativización que termine encubriendo identidades. 

Vasallo desconfía de la necesidad de que alguien tenga que sancionar qué uso del lenguaje incluyente es correcto o no, reproduciendo una relación de subordinación y enajenación que separa a la lengua de sus hablantes.

Como hablante del español a quien no le bastan las formas que existen para nombrar apropiadamente a quienes existen en este mundo, me arrogo la potestad que tengo de cambiarlas y de usar diferentes estrategias según convenga, y de acuerdo con los deseos de las personas con las que trabajamos.

Kevin H. Martínez

Kevin H. Martínez. Estudió sociología y lingüística. Le interesa la diversidad lingüística, le gustan los mapas y escuchar historias. Es director de operaciones en Ojalá.

Kevin H. Martínez. He studied sociology and linguistics. He is interested in linguistic diversity, likes maps and listening to stories. He is operations director at Ojalá.

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