Un grupo de jóvenes durante la Marcha por la Democracia en la avenida Paulista, en São Paulo. Convocada por colectivos populares y fandoms, la movilización del 11 de octubre trasladó la presencia de las redes sociales al espacio público en respaldo de la candidatura presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta electoral. Foto © Bia Borges.
Reportaje • Bia Borges • 23 de octubre, 2026 • Read in English
La disputa por el futuro de Brasil está tomando las calles de São Paulo, la mayor metrópoli de América Latina, donde la concentración de la riqueza produce y reproduce profundas desigualdades.
El 4 de octubre, el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, ganó las elecciones presidenciales contra el presidente Luiz Inácio Lula da Silva con una diferencia de apenas 1,87 puntos porcentuales (2,2 millones de votos), con un nivel récord de abstención.
De cara al balotaje agendado para este domingo, hubo movilizaciones en defensa de ambos candidatos en la avenida Paulista, que se convirtió en el escenario de dos proyectos políticos en pugna.
Una simpatizante bolsonarista asoma la mirada por detrás de una bandera de Estados Unidos durante la convención del Partido Liberal, acto en el que se oficializó el lanzamiento de la candidatura del senador Flávio Bolsonaro a la presidencia, el 25 de julio. Foto © Bia Borges.
Luego de la primera vuelta, comunidades juveniles organizadas en torno a artistas de la cultura pop comenzaron a articular convocatorias políticas en las plataformas digitales.
Conocidas como fandoms, estas redes reúnen a seguidores de artistas como Beyoncé, Anitta y grupos de K-pop. Acostumbradas a coordinar campañas, producir contenidos y movilizar comunidades en internet, encontraron en la coyuntura electoral un nuevo campo de acción.
La novedad de los fandoms no residía únicamente en su capacidad de convocatoria. También estaba en la autonomía de una generación que decidió poner sus propias estructuras organizativas al servicio de una causa política, sin depender exclusivamente de las orientaciones de los partidos.
Luiz Inácio Lula da Silva abraza a una seguidora durante la Marcha por la Democracia en la Avenida Paulista, São Paulo, el 11 de octubre. Foto © Bia Borges.
Su aparición evidenció una paradoja: mientras sectores de la izquierda tradicional tenían dificultades para recuperar una presencia cotidiana en las calles, comunidades nacidas en torno a la música demostraban su capacidad para convertir vínculos virtuales en acción colectiva.
Pero romper la burbuja digital tenía también otro significado: escapar de los límites impuestos por las propias plataformas.
Una investigación publicada por la Folha de São Paulo reveló mensajes internos de empleados de Meta que reconocían restricciones perjudiciales para la campaña de Lula en Instagram, mientras el perfil de Bolsonaro recibía recomendaciones algorítmicas indebidas.
El 9 de octubre, la cuenta de Lula estuvo casi 24 horas sin poder impulsar ciertas publicaciones. Su campaña estimó que 1,3 millones de personas dejaron de recibir esos anuncios.
Una multitud compacta con prendas y distintivos en tonos rojos llena la avenida Paulista mientras exhibe un cartel con consignas como “1964 Nunca Mais” (1964 nunca más) en alusión al golpe que instauró la dictadura militar brasileña, en São Paulo. La movilización, realizada el 11 de octubre por la Marcha por la Democracia y grupos de fandoms, vinculó el respaldo a Lula con la memoria histórica de lucha por los derechos y la preservación del orden constitucional.
La empresa atribuyó los episodios a fallas técnicas y negó cualquier intención de favorecer una candidatura. Sin embargo, las irregularidades documentadas llevaron al Tribunal Superior Electoral a exigir igualdad de trato entre los candidatos. El caso expuso hasta qué punto la circulación del debate público depende de decisiones tomadas por corporaciones privadas.
El 11 de octubre, la Marcha por la Democracia materializó esa convocatoria en la avenida Paulista. Lxs organizadorxs estimaron la participación en aproximadamente un millón de personas. Jóvenes se mezclaron con militantes, trabajadorxs y organizaciones populares.
Una semana después, el 18 de octubre, la misma avenida recibió al Bloco do 22 (Bloque del 22), nombre con el que la campaña de Bolsonaro bautizó sus actos electorales itinerantes por Brasil. El formato combina discursos políticos, música y grandes camiones de sonido, conocidos como trios elétricos, habituales en las fiestas populares brasileñas.
Un vendedor infla el muñeco “Pixuleco” de Lula, popularizado en 2013 en manifestaciones de oposición, durante la concentración del Bloco do 22 (Bloque del 22), acto político del senador Flávio Bolsonaro en la avenida Paulista, realizado el 18 de octubre, recurriendo a la agitación visual y la retórica de confrontación promovida por las bases conservadoras. Foto © Bia Borges.
En São Paulo, la convocatoria reunió a más de 70.000 personas y mostró la capacidad del bolsonarismo para mantener una estructura nacional de movilización alrededor del heredero de Jair Bolsonaro.
Las manifestaciones revelaron distintas formas de disputar el espacio público. Detrás de Lula, comunidades juveniles que trasladaron su organización digital a las calles, junto a movimientos sociales y organizaciones populares. Y con Bolsonaro, una campaña de extrema derecha que buscaban preservar y ampliar una identidad política construida durante la última década.
Con el cierre de campaña, la sociedad brasileña no solo decide quién gobernará desde el Palacio del Planalto, sino también bajo qué horizonte de garantías y libertades vivirá el país en los próximos años.

