Vista desde el centro del río Nazas, en el Cañón Fernández, en el municipio de Lerdo, Durango, el 27 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Opinión • Dawn Marie Paley • 6 de noviembre, 2026 • Read in English
A finales de septiembre nadé por primera vez en el río Nazas. Me adentré vadeando por su lecho fangoso de aguas lentas, limosas y frescas. Inmersa hasta los hombros, me quedé de pie observando a las aves a lo largo de la orilla. En las partes más profundas me sumergí, sin poder tocar el fondo. El Nazas fluía imperceptiblemente, manteniéndome casi inmóvil. Aquí, en el Cañón de Fernández en el noreste de México, el amplio cauce del río está bordeado por enormes ahuehuetes, árboles que son ancestros y testigos de tanto.
Mis amigxs trajeron a su perro y pasamos horas sumergiéndonos y flotando en el río. Me quedé impresionada, ya que hasta entonces solo había experimentado la ausencia del Nazas en el lecho seco que delimita los estados mexicanos de Coahuila y Durango.
Recordé algo de lo que había aprendido sobre el Nazas durante los años que pasé investigando en la región. En lugar de desembocar en el mar, el Nazas es un río alóctono que desembocaba en un sistema de lagos y lagunas llamado el Mayrán. Estas crecidas estacionales solían regar decenas de miles de kilómetros cuadrados, fertilizando el suelo con nutrientes ricos.
El control del río Nazas, cuyo nombre proviene de las trampas de pesca utilizadas por las comunidades indígenas seminómadas que vivieron aquí durante miles de años, fue disputado por las élites terratenientes y defendido por habitantes rurales en cada etapa de la conquista y la colonización.
El impulso de expandir el cultivo de algodón y estabilizar el caudal del río al principio del siglo pasado formaba parte de un esfuerzo por disciplinar y controlar a las poblaciones locales. Tras una organización popular sostenida que buscaba consolidar los logros de la Revolución Mexicana, se colectivizó la tierra en toda la región, conocida como La Laguna.
En 1936, comenzó la construcción de la primera gran presa en el río Nazas. Hoy hay 12. El río, a su vez, se convirtió en un gran preso. El otro río principal de la región, el Aguanaval, sufrió un destino similar.
Pero mi trabajo de campo no se centraba en los ríos. Más bien, acompañaba a familiares que buscaban a sus seres queridos en un contexto marcado por miles de desapariciones, la mayoría de las cuales ocurrieron tras la renovación de la guerra contra las drogas en México hace casi exactamente 20 años.
Y mientras que la especialización y los silos académicos nos llevan a fragmentar las luchas y las geografías, para mí los paralelos entre la desaparición del río Nazas y la de lxs residentes locales eran evidentes e inevitables.
Fue en el lecho seco por donde alguna vez corrió el río Nazas donde se arrojaron siete cuerpos a principios de 2008. Lo que pocas personas podrían haber imaginado era que ese acto brutal marcaría el inicio de un proceso sin precedentes de asesinatos y desapariciones en la región.
Tampoco habrían imaginado que, casi dos décadas después, seguirían realizándose búsquedas de fosas clandestinas en las tierras ejidales secas que durante miles de años se regaban con las aguas del Nazas.
Revolviendo tierra seca
Una pequeña bandera rosa marca la presencia de fragmentos óseos en el Ejido Salitrillo, en el municipio de Viesca, Coahuila, el 30 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Unos días después de nadar en el Nazas, bajé de una camioneta que formaba parte de una búsqueda liderada por Víctimas por Nuestros Derechos en Acción (Grupo VIDA). Antes de la construcción de las presas, el agua habría llenado las lagunas aquí, en el municipio de Viesca. Pero eso fue hace generaciones.
La tierra gris y polvorienta bajo nuestros pies estaba cubierta de fragmentos de huesos quemados, evidentes a simple vista. Cinta plástica rosa en postes de alambre improvisados marcaba los restos humanos encontrados aquí en las semanas anteriores.
Comencé a caminar con María del Rocío Hernández Romero, quien ha estado en Grupo VIDA durante 11 años. Ella está buscando a su hermano Felipe Hernández Romero, quien fue desaparecido el 2 de abril de 2011 en Torreón, la ciudad más grande de La Laguna.
“Yo nada más tengo secundaria terminada. Entonces, la autoridad que salía con cada cosa. Y al principio se burlaban de nosotros también. Porque no sabíamos” buscar ni cómo dar seguimiento a las investigaciones, me contó Hernández Romero.
Mientras caminábamos, escudriñaba el suelo y los arbustos que había cerca. Divisó algunos fragmentos de hueso y lo que parecía ser parte de un cráneo humano, y sacó cinta fluorescente de su bolsa de herramientas para marcar el lugar. Era una de las 10 posibles fosas que el colectivo había encontrado en el ejido Salitrillo el mes anterior.
Dijo que años de búsqueda le han hecho darse cuenta de cuánto actúa el gobierno como si respondiera a las desapariciones, cuando en realidad solo hace lo mínimo.
“La mayoría de mi equipo ha sido comprado por mí”, dijo. “Ni la Fiscalía ni a sus peritos los dota de material, de lo mínimo, claro. Entonces, tú como familiar tienes que darle”.
Buscadores trabajan bajo carpas en el ejido Salitrillo, en el municipio de Viesca, Coahuila, el 30 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Más cerca de donde estaban estacionadas las camionetas, se habían montado tres carpas blancas para dar sombra. Debajo de una de ellas, un grupo compuesto en su mayoría por hombres excavaba con cuidado y barría tierra mezclada con fragmentos óseos, colocándolos en baldes. Un joven, recién salido de la secundaria, transportaba los baldes a las otras carpas, debajo de la cual un grupo compuesto en su mayoría por mujeres usaba tamices y filtros para separar los fragmentos óseos de la tierra polvorienta.
A la sombra de una de las carpas, hablé con Óscar Sánchez Viesca, cuya hija, Silvia Stefania “Fanny” Sánchez Viesca de Ortiz, fue desaparecida en Torreón el 5 de noviembre de 2004, cuando tenía 16 años. Su lucha es larga: ayer, la familia conmemoró 22 años sin Fanny con una búsqueda, una conferencia de prensa y una misa en Torreón para pedir por su regreso. Sánchez Viesca fundó Grupo VIDA junto con su esposa, Silvia Ortíz, en 2014, una década después de la desaparición de Fanny. El grupo comenzó las búsquedas en campo al año siguiente.
“Ya cumplimos este enero pasado 11 años de estar trabajando en fosas clandestinas en toda la comarca lagunera, sobre todo el lado de Coahuila”, dijo Sánchez Viesca, con una keffiyeh verde oliva sobre los hombros. Su bisabuelo, Andrés Saturnino Viesca, fue gobernador del estado de Coahuila y expulsó a las tropas francesas que intentaban entrar en la región en 1866, dando su nombre al territorio en el que nos encontrábamos.
Buscadores levantan huesos del suelo bajo una carpa de sombra en el Ejido Salitrillo, en el municipio de Viesca, Coahuila, el 30 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Las diminutas banderas de neón que marcaban la exhumación flameaban con el viento que soplaba con más fuerza. A lo largo de 11 años, Grupo VIDA ha identificado 29 puntos con fosas clandestinas en la región, de los cuales 10 son considerados campos o zonas de exterminio. Entre los más notorios está Patrocinio, uno de los sitios de exterminio más grandes que se conocen en México.
En Coahuila, las búsquedas de los colectivos y la exhumación de fosas comunes hechas por las autoridades han permitido la identificación de 182 víctimas de desaparición a través de pruebas de ADN.
Veinticinco de esas identificaciones, que permiten a los familiares reunirse con sus seres queridos desaparecidos y llorar su pérdida, fueron posibles gracias al trabajo de Grupo VIDA. Una de las identificaciones realizadas a partir de restos hallados en Patrocinio fue la de un hijo de un miembro del colectivo.
Mientras uno de lxs buscadores más jóvenes llevaba baldes con tierra y huesos a la otra carpa, Sánchez Viesca negó con la cabeza. “Eso es de nunca acabar”, dijo.
En esta llanura sedienta de agua, la guerra contra las drogas no es un concepto abstracto ni una injusticia lejana. Es el motor de la violencia que arrebató a miles de personas de sus familias.
Rechazar la erosión de la esperanza y la memoria
Hace 10 años, cuando empecé a participar en las búsquedas con el Grupo VIDA, solía haber un par de camiones llenos de soldados que nos acompañaban. Cuando fui en septiembre, solo había dos policías estatales armados con armas largas y walkie-talkies.
Las fosas comunes que Grupo VIDA está rastreando hoy datan de 2008 a 2016, cuando el grupo paramilitar, ahora extinto, conocido como Los Zetas se expandió por Coahuila y gran parte del noreste de México. Integrado inicialmente por exmiembros de fuerzas especiales de élite, la presencia de Los Zetas contó con el aval de los hermanos Humberto y Rubén Moreira, quienes gobernaron el estado en nombre del Partido Revolucionario Institucional (PRI) entre 2006 y 2017.
Varias fuentes con las que hablé en septiembre sugirieron que ya no hay actividad de los cárteles en Coahuila. Una de ellas me dijo que buscara un artículo ya eliminado de El Universal que describe el motivo: el tráfico de drogas en Coahuila quedó bajo el control de las fuerzas de élite de la policía estatal. Hoy en día, Coahuila es el último bastión del gobierno ininterrumpido del PRI.
Vista hacia las montañas desde el ejido Salitrillo, en el municipio de Viesca, Coahuila, el 30 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Pero una disminución de la violencia no significa el fin de las desapariciones.
Hernández Romero me contó que el año pasado la hija de su prima fue desaparecida tras viajar al estado de Jalisco con la promesa de un empleo como guardia de seguridad. Cuando la policía la encontró viva más tarde —esposada y con signos de maltrato—, fue encarcelada en el estado de Zacatecas, donde permanece hasta el día de hoy.
El 2 de septiembre de 2026, Eduardo Alejandro Rodríguez fue desaparecido y su último paradero conocido fue en Torreón. Desde entonces, su padre y su hermana buscaron a Grupo VIDA. Sin el apoyo de una colectiva de búsqueda, lidiar con la burocracia y la indiferencia oficial en medio de un mar de dolor amenazaba con ahogarlos.
Defender la tierra, a pesar de todo
Quiero terminar esta historia donde la empecé: sumergiéndonos en la corriente del último tramo vivo del río Nazas. Esta zona, conocida como el Cañón de Fernández, se encuentra en el municipio de Lerdo, en el estado de Durango. Cuenta con más de 16.000 hectáreas de monte a ambos lados del río, protegidas a nivel federal bajo la Convención Internacional sobre los Humedales desde 2008.
La noche antes de nadar en el Nazas, me enteré de que está prevista la construcción de una nueva y gigantesca planta de amoniaco justo al lado del Cañón de Fernández. La empresa mexicana Fermachem tiene previsto realizar una inversión de 1,6 mil millones de dólares y afirma que producirá un millón de toneladas de urea granulada para fertilizantes al año.
Vista desde el medio del río Nazas en el Cañón Fernández, en el municipio de Lerdo, Durango, el 27 de septiembre de 2026 © Dawn Marie Paley.
Los detalles sobre la propuesta son escasos. La empresa destaca la conectividad ferroviaria con los puertos y los mercados de México y Estados Unidos, así como la disponibilidad de gas natural, como razones clave para instalarse en la zona. No está de más que el gobierno de Durango parezca haber cedido 150 hectáreas a Fermachem.
Quienes protestaron lo pagaron caro: 28 personas están encarceladas actualmente en Durango por haber apoyado un plantón contra una planta de cianuro propiedad de Dupont Chemicals que se planea construir en el municipio vecino de Gómez Palacio.
Aún así, un grupo llamado La Laguna Sin Amoniaco comenzó a movilizarse de inmediato, habiendo reunido ya más de 180.000 firmas en una petición para detener la construcción. En octubre hablé con una persona de La Laguna Sin Amoniaco, quien mencionó que actualmente hay irregularidades en la Evaluación de Impacto Ambiental y que no se consultó a la población local.
En cambio, se enteraron del proyecto en junio tras leer reportajes en los medios sobre un evento a puerta cerrada para dar inicio a la construcción. El grupo ha bautizado su resistencia a la planta como Aquí Tampoco, en referencia al movimiento contra una planta de amoniaco en Topolobampo, Sinaloa, conocido como Aquí NO.
“Elegimos ‘Aquí Tampoco’ porque son muy similares las luchas y pues las cantidades de amoniaco que quieren producir”, dijo lx representante de Laguna Sin Amoniaco. “El Cañón de Fernández no es una zona de sacrificio y no vamos a permitir que suceda”.
Sapioriz, donde se ubicaría la planta, es quizás más conocido por los Cardencheros de Sapioriz, cuya canción surge de los esfuerzos de sus antepasadxs por mantener viva una tradición de conmovedoras narraciones a capela. Con solo escucharla una vez queda claro que sus raíces en el territorio son tan profundas como las del sur de México.
Le pregunté a esta persona de Laguna Sin Amoniaco qué significa para ellxs la parte que aún tiene vida del río Nazas. “Pues la esperanza de seguir habitando esta región”, respondió.

