Villahermosa, ciudad cárcel
Un adulto mayor deportado mira el Mundial de 2026 en el Albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco, el 14 de julio, 2026. Foto © Josué Leal.
Opinión • Josué Martínez Leal • 10 de septiembre, 2026 • Read in English
Las personas migrantes que llegan a la ciudad de Villahermosa, Tabasco, no llegan por voluntad propia. Son enviadas al sur de México por el Instituto Nacional de Migración y la Guardia Nacional. Se las envía aquí para aplicar una política de desgaste que las disuada de continuar su paso hacia el norte.
La táctica es deshumanizante, se funda en una lógica de contención, devolución y deportación y es aplicada con todas las arbitrariedades posibles. Para entenderla, es necesario reconocer la relación asimétrica de México con los Estados Unidos que ha transformado a México en su muro, convirtiendo a las personas migrantes en una forma de presión al gobierno mexicano y al mismo tiempo en un ejecutor de sus políticas migratorias.
México se ha hecho cargo de recibir personas deportadas de EE.UU. no sólo mexicanas, sino también de terceros países. Estas políticas tienen como antecedentes directos la primera administración Trump con la implementación de los protocolos del famoso “Remain in Mexico”, que durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (AMLO, 2018-2024) llevó a cabo la recepción de migrantes varadxs en la frontera norte de México.
Poco a poco la externalización de la frontera con EE.UU. se llevó más al sur y a otros rincones de México, que, como Villahermosa, se convirtieron en zonas de contención. A la par de la militarización durante el sexenio de AMLO, la frontera sur también se convirtió en un laboratorio para implementar estos dispositivos de control.
Un migrante hondureño espera la resolución de su caso ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados a las afueras del Albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco, mientras una patrulla de la Guardia Nacional resguarda el lugar el 16 de mayo, 2025. Foto © Josué Leal.
Durante su gobierno este proceso se institucionalizó. Sus brazos ejecutivos son el Instituto Nacional de Migración y la Guardia Nacional. Al contrario del muro fronterizo en el norte custodiado por elementos, cámaras, drones y demás tecnologías de control, la frontera sur, porosa y compleja, llena de vida y naturaleza, vio crecer la militarización en sus arterias, no en el límite.
Militarizaron los caminos, las carreteras se convirtieron en retenes, en puntos de control migratorio. Y sigue militarizado. El modelo ya está: las rutas, los puntos de control. El tema ahora es que hay menos flujo porque desde el sur está más cerrado y el Darién y los países latinoamericanos están ya alineados con la política de control migratorio de EEUU.
El peso político de Tabasco
Toda esa gente detenida y deportada, que proviene de países cercanos y lejanos, tenía que llegar a un lugar, y hoy este lugar es Villahermosa. Tal vez por el contexto político de Tabasco y su cercanía al expresidente López Obrador, quien es originario del estado. Él construyó su carrera política en su tierra antes de partir a la Ciudad de México, dejó la semilla de alianzas y personas afines.
El senador Adán Augusto López Hernández, del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), era gobernador de Tabasco cuando se inauguró la estación migratoria en Villahermosa. Fue llamado por AMLO a ser su secretario de gobierno y, a la par familiares cercanos al expresidente, siguen presentes en la política del estado. Su hermano José Ramiro “Pepín” Lopez Obrador es secretario de gobierno del gobernador de Tabasco, el también morenista Javier May.
Durante el sexenio de López Obrador, su gobierno designó a Villahermosa, la capital de Tabasco, como una unidad concentradora de migrantes. A pesar de encontrarse relativamente cerca de la frontera con Guatemala, Villahermosa no se ha caracterizado históricamente por ser un paso migrante, ni ha sido parte de las rutas empleadas por los millones de personas que migran en dirección a EE.UU.
Un grupo de adultxs mayores deportadxs comparten la comida en la mesa del Albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco, el 29 de mayo, 2026. Foto © Josué Leal.
Hoy se ha vuelto una prisión al aire libre para quienes que huyen de la violencia y de las carencias de sus países de origen y quienes luchan por una vida mejor en el vecino del norte. Sin ser mexicanxs se encuentran varadxs en el estado a modo de castigo.
Pensar una ciudad cárcel se trata de pensar en un territorio habitado por sujetos desechables y por sujetos deportables. Villahermosa es una ciudad donde converge la necropolítica expresada en las políticas migratorias actuales en territorio mexicano y estadounidense. Estas políticas, pensadas y diseñadas para la exclusión y concentración de un grupo particular, guardan reminiscencias con los campos de concentración.
Hoy Villahermosa funge como un espacio geográfico en donde se ha trasladado a personas en contra de su voluntad, cumpliendo con las exigencias de un control restrictivo y punitivo de la movilidad humana.
La luz en el camino
A pesar de la oscuridad, siempre habrá una luz en el camino. Tal vez sea una frase cliché o un pensamiento absurdo, sin embargo es real, y el nodo de esperanza es el Albergue Amparito, único refugio de lxs migrantes que no importan, lxs deportadxs, lxs varadxs encuentran un alivio momentáneo.
Es una vieja bodega ubicada en la colonia Miguel Hidalgo, una ranchería en la periferia de la ciudad, alejada en el otro extremo de la estación migratoria y el aeropuerto donde suelen llegar las personas deportadas y que son trasladas a la ciudad.
Desde hace varios años he formado parte de esta dinámica compleja, cuidando el espacio del albergue y las personas que llegan a él. Llegué hace cinco años como voluntario, con la intención de ayudar en lo que fuera. Poco a poco conocí las dinámicas dentro del espacio y, más importante, conocí a las personas que viven la movilidad en todas sus facetas. A través de ese encuentro con lxs otrxs, reconocí los mecanismos del estado que violentan y vulneran sus derechos y comprendí que el mismo hecho de ayudar forma parte del complejo proceso que es el transitar de las personas. Actualmente soy el coordinador del espacio.
Un adulto mayor deportado duerme en una vivienda improvisada en un estacionamiento público donde trabaja y vive en Villahermosa, Tabasco, el 3 de abril, 2026. Foto © Josué Leal.
El Albergue Amparito está conformado por dos grandes alas, cada una dividida en siete habitaciones con 10 camas cada una. De ellas, cuatro son destinadas a la población en movilidad y tres a pacientes y familiares del Hospital Regional Juan Graham Casasus, que está a un costado.
Entre los servicios que ofrece el espacio se destacan el desayuno y la comida, donde las personas reciben un plato de comida para saciar su hambre. El albergue trata de satisfacer las necesidades básicas como dormir y comer, pero también intenta acompañar el camino con ropa e insumos de índole personal, principalmente objetos para la higiene. Para quienes busquen la ayuda más especializada, tenemos un equipo legal y de psicólogxs, quienes tratan de apoyarles en necesidades específicas de atención psicosocial.
Gracias a las personas que he conocido ahí en el Amparito he podido llegar a esas reflexiones. Las mismas nacen como un intento de explicar la realidad de un macrocosmos, un sistema complejo que tiene que ver con estados, gobiernos e instituciones. Pero no se puede analizar esa enormidad sin lo “micro”, que es esencial: las personas. Con su mera existencia, su experiencia encarnada e individual nos muestra las realidades golpeadas por las desigualdades sociales y las injusticias
Desde que Trump asumió su segundo mandato, las deportaciones presentaron un nuevo reto: la llegada de adultxs mayores de nacionalidad cubana. Cientos de viejos enfermos fueron deportados de EE.UU. al sur de México.
Ahora yo les llamo mis abuelos. Un pedacito del albergue se ha transformado en la “pequeña Habana” al igual que las calles de Villahermosa que para muchxs son la “nueva Cuba”.
Algunos afortunados pueden rentar, tienen apoyo de sus familias en EE.UU. Otros aún con fuerzas trabajan en la informalidad, otros tantos, con viejos conocidos o nuevos amigos, rentan, batallan para reunir el dinero del alquiler, pero ven la forma. Otros más, los más rebeldes y desafortunados, rondan las calles, donde pasan calor, frío y hambre, vagando, varados.
Un adulto mayor deportado sentado en el atrio del Albergue Amparito en Villahermosa, Tabasco, minutos antes de iniciar la misa revisa si algún familiar lo ha contactado por el celular el 29 de mayo, 2026. Foto © Josué Leal.
Muchos de ellos no tienen de otra pues la edad les imposibilita avanzar y sortear los retenes como lo hacen lxs jóvenes. Otros buscan la forma de regularizarse, pedir refugio, no porque vean a México como su nuevo hogar sino porque no hay de otra. Otros quisieran morir en Cuba, pero su patria les dio la espalda. Su futuro es incierto, pero uno que otro sueña con sobrevivir lo suficiente para ver a Trump fuera de la presidencia y solo así tal vez volver a EE.UU., lugar que llamaron hogar por más de 30 años.
Hoy Villahermosa sirve como un laboratorio donde se vaticinan los problemas del mundo actual y futuro. Aquí las prácticas deshumanizantes materializan los discursos de odio y, con el cambio de la pirámide poblacional, tal vez veamos más casos donde las personas de la tercera edad sufran las violencias y la invisibilización de su existencia.
Y a la par de ellos, intentos—desde abajo, con la participación de jóvenes nutridxs de enojo, experiencias y lecturas— de asegurar sus derechos y su dignidad.
Pienso como una necesidad, una exigencia esto último, porque la verdad si tengo miedo de que ya no haya esperanza ni fuerzas para luchar. Veo necesario que lxs de mi generación entiendan el problema y luchen ya para inspirar a lxs las generaciones futuras.

