Escribir ‘nosotras’ desde los márgenes

Ilustración original para Ojalá por @pazconadie.

Reseña • Gabriela Toro Aguilar • 17 de septiembre, 2026 • Read in English

Llegué al fanzine-libro El taller de escritura, de la escritora ecuatoriana Cristina Burneo Salazar, cuando la editorial independiente mexicana Invertidas me invitó a presentarlo a mediados de junio de este año en Chiapas.

El taller de escritura muestra los distintos momentos y los ejercicios de varios talleres de escritura que dio la autora en el sureste mexicano y en algunas provincias de Ecuador. Las participantes fueron mujeres de raigambre comunitaria, comprometidas con las luchas antiextractivistas de sus comunidades.

Meses antes de la presentación en San Cristóbal de las Casas, la creadora escénica Tamara Guiñansaca hizo en Quito una lectura dramatizada basada en El taller de escritura. Como en el fanzine-libro, hubo diálogos en kichwa, mixe y español.

Como ensayista, Burneo Salazar ganó en 2025 el Premio Casa de las Américas en la categoría Estudios sobre latinos en los Estados Unidos por su libro Dime si son latinxs. Escrituras de la diáspora ecuatorial in the U.S.A. Hace 25 años ya, ganó el Premio Aurelio Espinosa Pólit por El Sueño de Pierre Menard

Su libro de crónicas, Historias de desobediencia, recopila ocho años de historias sobre lxs protagonistas de luchas migrantes, contra el extractivismo y contra la violencia de género en un Ecuador cambiante y complejo. Además, ha publicado tres libros sobre poesía, traducción y genealogías feministas, campos de los que dicta clases. 

A esa escritura, Burneo ha sumado el activismo anticarcelario, transfeminista, migrante y por la libertad académica. En Ecuador y en Chiapas, varias colectivas, organizaciones de base y proyectos la conocen por su acompañamiento en procesos de escritura, justicia y memoria.

Palpar lo múltiple

El taller de escritura es un relato de no ficción, aunque su autora lo define como cuento de no ficción. En mi lectura, un relato no implica un conflicto para el desarrollo de la historia, como sucede aquí. En ese no fijar un género encuentro un coqueteo del texto con distintas formas; es la necesidad de la experiencia la que busca su propio lenguaje. 

Ahí hay una primera clave: la ruptura de ciertas convenciones literarias, como la idea de que la escritura creativa siempre es ficción o de que la voz narrativa es estable. Eso se palpa en los cambios de las voces de la instancia narrativa, van de la segunda persona a la primera persona y a la tercera persona en plural; quien narra lo hace con distancia y cercanía.

La narradora se hace parte de un nosotras-mujeres que escribimos y mira a unas ellas-mujeres que escriben y apela —está muy consciente, pues habita el ejercicio de la escritura junto a otras— a quienes la leen.  En el apartado “Las diosas venden empanadas” nos dice: 

Verás a sus espíritus persistiendo en el tiempo, despiertos tras el autobús, la nevera ambulante o la venta de productos naturales. Verás cómo les hablan sus ríos, que agitan sus lejanos cauces hasta esa calle… Ellas saben bien lo que es este mundo. Y narran para que mañana las niñas de sus ojos dejen de padecer… Llevamos en nosotras algo enmudecido, por largo tiempo represado. Al encontrarnos en la palabra indomada, eso enmudecido se vuelve río caudaloso. (El énfasis es mío)

En el relato están intercalados los 10 ejercicios de escritura. Así, el lenguaje se vale de más registros para contarnos el momento del taller. Por ejemplo, el 5 sugiere: “contar cómo hablamos, cuándo callamos, qué nos ha hecho renunciar a la palabra”; o el 7: “Narrar nuestra historia es también volver a hablar con el mundo de otro modo”. Cada ejercicio, que reconoce el mundo que enfrentan las mujeres, es un llamado a transformarse. 

Arriesgo una interpretación: esas personas gramaticales y los dos registros de escritura (el relato y los ejercicios) aluden a una multiplicidad. La narradora se sabe parte de un todo mientras se descentra en el panorama que cuenta, pues las mujeres que escriben son distintas entre sí, como lo son sus tiempos. Se reconoce, como una impronta cardinal, la heterogeneidad que transita la trama. Los cuerpos que son esas mujeres (de distintas edades, del campo y la ciudad, trabajadoras domésticas, ambulantes, o campesinas) están siempre en un primer plano.

Escribir con el cuerpo

El cuerpo es el hilo conductor de El taller de escritura  —sumado a la escritura en tanto ejercicio colectivo. Es la existencia material y subjetiva que urde los distintos momentos de la historia. 

Por ejemplo, está en el encuentro inicial de lxs personajes en el taller; la indisciplina alegre de su aprendizaje; o cuando reconocen sus distintas lenguas (ahí están los fragmentos en kichwa y en mixe, al lado de la mención a las que no oyen con los oídos pero sí con el tacto, o las que piensan en un tempo distinto al de producción mercantil). 

En la visión que da a conocer la vida en un estado crudo (el empobrecimiento, el despojo territorial, el desarraigo), pero que se transforma con la desobediencia.

El cuerpo en El taller de escritura traza una presencia del disfrute, incómoda, erótica e histórica. “Entre sus senos late el grandioso músculo de la memoria”, escribe, o “No hay lengua mayor entre nosotras”. O también:

Se apagaban nuestras voces, como echar agua sobre una tibia brasa. Renunciamos al grito, la risa o el llanto. A su subversión. Pero el esplendor de una carcajada, el dorado mar de una palabra levantado sobre un campo de silenciamientos, ¿cómo no derramar sobre nosotras esa miel? (El énfasis es mío). 

Esto me lleva a una inquietud: ¿cómo escribir al margen del mercado del arte?, ¿cómo bajar de la acrópolis a ciertas formas de la creación textual y colocarlas al ras de las grutas húmedas del día a día? 

En El taller de escritura vemos a quienes lo están haciendo: a ritmos distintos, pausados, caóticos, dilatados y sorpresivos. Es un tempo entrelazado con las luchas de esas mujeres organizadas en sus comunidades y la persistencia de no diluir sus deseos en los horizontes compartidos.

Otras escrituras

Ser otrx, ser unx y ser muchxs, a lxs personajes lxs habita una multitud inscrita en la memoria. Por eso me es inevitable pensar en La llegada a la escritura de Hélène Cixous y en qué es escribir, qué implica hacerlo cuando se ha negado la palabra a determinadxs actores.

A mis ojos, uno de los mayores aportes de El taller de escritura es plantear otro tipo de escrituras, donde las experiencias de las mujeres y las disidencias no se menosprecian. Más bien, apuesta por una práctica que —sin dejar el ejercicio, la experimentación e incluso el reconocimiento de ciertas tradiciones— dé cabida a nuestros cuerpos. Encuentro en El taller un lenguaje que quiere romper los desgastados, podridos y estrechísimos márgenes de la justicia penal. Así, la obra de Burneo invita a buscar las palabras para señalar el abismo y reírnos de él, estando en su borde.

Gabriela Toro Aguilar

Gabriela Toro Aguilar (Ecuador) estudia el doctorado en Literatura Hispánica de El Colegio de México, es correctora de estilo, periodista independiente, crítica literaria y, sobre todo, apasionada de la locura de la vida.

Gabriela Toro Aguilar (Ecuador) is a Ph.D. candidate in Hispanic Literature at El Colegio de México. She is an editor, a freelance journalist, a literary critic, and, above all, somebody who is passionate about the sheer madness of life.

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